30 marzo, 2012

Entrevista con Tonio L. Alarcón

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El zoom erótico ha querido entrevistar a Tonio L. Alarcón a propósito de la publicación de su nuevo libro. Se trata posiblemente de un top 5 en la crítica española y de una persona a tener siempre en cuenta. Os adjuntamos aquí la información esquemática de su carrera y la primera de las tres entrevistas que le haremos.

Tonio L. Alarcón (Barcelona, 1976) es periodista y crítico de cine.

Licenciado en Periodismo por la Universidad Autónoma de Barcelona. Escribió sus primeras críticas para la revista on-line Joined! y el programa radiofónico Fora d’Hores. Desde 2005 su trabajo aparece regularmente en las revistas cinematográficas Dirigido por e Imágenes de Actualidad, en la cual actualmente se encarga de coordinar la redacción.
Escribe críticas y reportajes cinematográficos en las revistas DeCine, Scifiworld Magazine, Miradas de Cine y Numerocero. Ha escrito también sobre cine en el suplemento Cultura/s de La Vanguardia, en la revista [Oxígeno] y en las páginas web Supernovapop y We Love Cinema. Participa de forma habitual en las publicaciones del Festival de Sitges y de Donostia Kultura (Semana de Cine Fantástico y de Terror de San Sebastián y ciclos Nosferatu). Ejerce, además, como profesor de los Estudios de Crítica Cinematográfica de la escuela La Casa del Cine, realiza cursos monográficos para la tienda The Cine, ha intervenido como ponente en el Máster en Producción y Comunicación Cultural de la Facultat de Comunicació Blanquerna, ha colaborado en las ediciones en DVD de Avalon Productions y Versus Entertainment, y ha trabajado en diversos proyectos para Friki Films.

A partir de aquí, la primera entrevista que le haremos, realizada por Henrique Lage.

¿Está afectando la profusión de crítica amateur on-line al respeto y confianza en el crítico profesional y los medios escritos?

Afecta en la misma medida que la aparición de los medios on-line ha provocado un auténtico terremoto en el mercado de las publicaciones escritas que, además, se ha agravado con la crisis económica que estamos sufriendo. Me refiero que a la gente tiende cada vez más a “lo gratis”, sobre todo ahora que hay que apretarse el cinturón casi hasta el ahogo. Así que llevar revistas al kiosco cada vez es menos rentable: veremos si, en un margen de uno o dos años, no caen algunas cabeceras cinematográficas con cierto renombre.
Y en cuanto al surgimiento de nuevos críticos, lo cierto es que siempre he visto la multiplicación de las revistas de cine on-line como un fenómeno paralelo al de los viejos fanzines. Todos hemos de empezar por algún lugar, y es lógico y, de hecho, muy sano, que vayan surgiendo recambios para los críticos más veteranos.

¿Cómo puede adaptarse el crítico al nuevo superespectador, tan consciente e informado gracias a la red?

Estando a su misma altura. Creo que uno, como crítico, no puede dejar nunca de ser curioso, ni de renovarse continuamente, para no quedarse anclado en el pasado. Por desgracia, a mi alrededor veo muchos veteranos que se han acomodado en su poltrona y que se dedican a ver pasar el cine moderno con una ceja levantada... No se puede vivir siempre mirando hacia atrás con nostalgia, de la misma manera que tampoco se debe darle la espalda a toda la tradición cinematográfica, porque entonces tus reflexiones siempre van a ser mucho más pobres de lo que podrían llegar a ser. Cuando algunos lectores me han calificado de “moderno” por hablar de Judd Apatow o por defender a Zack Snyder, y me lo tomo como un piropo, la verdad.

A la vista de casos como la crítica de David Denby al Millenium de Fincher, ¿están resultando los embargos y exclusividades la única solución a la crítica cinematográfica, en una relación simbiótica que se traduce en ejercicio publicitario a los grandes estudios?

El (vergonzoso) caso de Denby es muy sintomático de la esquizofrenia que sienten, ahora mismo, tanto productoras como distribuidoras. El negocio del cine están en proceso de cambio, todavía no sabemos hacia qué, pero todo el mundo está acojonado y no sabe muy bien a qué atenerse. No hay más que ver los bailes de fechas de estreno que hay últimamente. Frente a todo ello, la verdad, los críticos somos como motitas de polvo dentro del engranaje industrial. No creo que tengamos poder real alguno, y tampoco creo que sea nuestra función: sé que a todo el mundo le gusta el tema de las estrellitas, porque es visual, y permite observar con un solo vistazo qué opinamos de una película, pero la crítica debería ser una fuente de reflexión a posteriori, una forma de enriquecer el visionado de la película. No una recomendación de amiguetes.

Ante la polémica de cómo han tratado los principales medios de este país el periodismo cultural. ¿Qué responsabilidades se les puede exigir a los críticos frente a sus lectores?

Hay que exigirles honestidad. A partir de ahí, creo que cada uno tiene que hacer su trabajo como quiere y puede: si no te gusta Boyero o te aburre Jordi Costa, es tan fácil como no leerlos. Por eso mismo, a quien también creo que habría que exigir honestidad es a los lectores, sobre todo cuando tienen cierto peso industrial. Usando un símil futbolístico, con la idea de simplificar un poco las cosas, si yo quiero leer artículos que hablen bien del Barça, no me voy a comprar el As o el Marca, y sobre todo no organizaré una carta colectiva quejándome de que estén siempre hablando del villarato o defendiendo a Mourinho. Ya sé que lo hacen, porque tienen un público que piden eso, así que ¿por qué cogerlos si no quiero cabrearme, si encima voy a estar dándoles más lectores? Creo que hay oferta suficiente en el mercado, tanto en papel como on-line, como para no tener que leerte las crónicas de Boyero. Yo, personalmente, no lo hago nunca.

¿Están ejerciendo algunos pensamientos críticos una presión que ya no consiste en dar a conocer a autores significativos, sino en “crearlos”?

Claramente. Determinadas tendencias críticas buscan, de forma un tanto obsesiva y, a veces, bastante artificial, crear corrientes de opinión, para poder liderarlas y extraer rendimiento intelectual de las mismas, ya no sólo dentro de las publicaciones que las albergan, sino también en ramificaciones diferentes. Es una forma, he de reconocerlo, muy inteligente de decir “Eh, aquí estamos”, y al mismo tiempo ganarte un cierto peso dentro de la industria cultural del país. Quizá es que yo soy muy naïf, pero a mí me parece mucho más honesto mirar a tu alrededor y destacar lo que te parece interesante (aunque te equivoques: yo he defendido a muerte a Alexandre Aja, y ahora me doy cuenta de que quizá no era para tanto), sin tener en cuenta si con eso vas a conseguir que te den palmaditas en la espalda o te inviten a dar conferencias en una universidad afín a tu forma de ver el cine.


¿Cómo surge la escritura de Superhéroes: Del cómic al cine y qué proceso seguiste para llevarla a cabo?

Surge del impulso de dar el paso a la escritura de mi primer libro de cine en solitario. Y de la necesidad de buscar un tema comercialmente atractivo, y con el que me sintiera cómodo... Hice un listado de los mismos y lo moví por varias editoriales, hasta que a Miguel San José Romano, de Calamar Ediciones, le llamó la atención el tema de los superhéroes y decidimos llevarlo adelante. A partir de ahí hice un esquema de trabajo, que se ha mantenido casi inamovible durante todo el proyecto, y lo que hice, básicamente, fue realizar toda una recogida de datos masiva, así como un repaso rápido de todas las películas y series de animación de las que tenía que hablar. En realidad, tenía muy claro todo lo que quería decir, y de qué manera, pero me vino bien refrescarlo todo. De hecho, el proceso de escritura fue bastante rápido.

¿Es posible un cine de superhéroes que no renuncie a la evolución del género dentro del cómic o que no recicle estrategias editoriales (reboots, crosoovers, etc)?

Es difícil por una cuestión: que las adaptaciones siempre tienen muy en cuenta, quizá demasiado, a los aficionados a determinados personajes o grupos, sobre todo desde que están consiguiendo unos éxitos de taquilla tan brutales. Así que, en general, están hechas con un punto de respeto excesivo que acartona las propuestas más de lo que debería. Quizá la solución sería, como hacía DC en su momento, diferenciar entre acercamientos mainstream a los superhéroes, y luego propuestas más personales e independientes, que se atrevieran a renovar un poco el panorama. Pero, viendo cómo funciona la industria del cine, y que la cosa no está para experimentos, veo difícil que la cosa evolucione, al menos a corto plazo.

¿De dónde crees que surge la ausencia de un cine de superhéroes español? ¿Es consecuencia del descreimiento, la falta de una base en el tebeo o la dejadez de la industria por cierto cine de género?

Surge de lo mismo que la ausencia casi absoluta de cine de ciencia-ficción: por un complejo de inferioridad extraño con respecto a industrias del cine más desarrolladas, sobre todo la americana. Hay que pensar que, hasta hace apenas un par de décadas, la industria española no se consideraba capaz de hacer ni escenas de acción decentes, ni efectos especiales con cara y ojos, y toda una nueva generación de directores ha demostrado que todo aquello no eran más que complejos, lo que precisamente ha derivado en un cierto boom del cine de terror. Así que imagino que es cuestión de tiempo, y que alguien se atreva, como Nacho Vigalondo con Los cronocrímenes y Extraterrestre, a quitarse las tonterías de encima y a acercarse, primero, a la ciencia-ficción, y luego, al cine de superhéroes, con honestidad y con un punto de vista personal y autóctono.

18 marzo, 2012

Quédate conmigo

Esta vez no se me pasa, antes de empezar a soltar spoilers, dejaré un enlace con el corto para que podáis verlo antes de seguir leyendo...

Aquellos que, con paciencia infinita, hayan seguido mis andanzas en este blog desde que empecé a escribir en él, puede que recuerden las epifanías donde con ciertos textos de Foster Wallace concluía, o mejor dicho, llegaba al punto en el que daba más importancia a la forma que al fondo. En realidad, por recordarlo un poco, venía diciendo que el "mensaje" está interpretado muchas veces en el receptor y no en el emisor.

La primera vez que vi Quédate conmigo fue en el Córtate rodeado de gente y hubo muchas risas. Risas que, en pequeña confesión de Zoe a una de las personas de mi grupo, no eran especialmente buscadas. La conclusión de que el corto parecía mayormente comedia se acabó imponiendo.

Un tiempo después he podido ver otra vez el corto sin presiones ambientales, solo en casa y con la posibilidad de revisar y volver a ver escenas. La sensación es diametralmente opuesta. Es muy evidente que esto no es humor, quizá existe una confusión con el humor porque la situación es muy extrema y, hasta cierto punto surrealista. Existe confusión porque algunas frases destilan cierto cinismo, pero ahora mismo la sensación final tampoco es humor.



Quédate conmigo tampoco me parece terror a pesar de tener zombies y algunas escenas de estas de mal rollo muy bien ejecutadas. Igual que, por ejemplo, la buena ciencia ficción, el escenario es un poco lo de menos porque lo importante viene marcado por esa historia de pareja, odio e infidelidad definida por el hecho de que la novia muerta acaba volviendo a la vida para acabar continuando un poco el status quo de amor-odio y perpetuar la maldición de seguir juntos a pesar de todo...

Y al final todo se define en una historia de desamor y de dos personas que no pueden vivir juntas pero tampoco separadas.

A nivel narrativo Quédate conmigo consigue un ambiente que roza lo enfermizo y sin embargo es capaz de conjugarlo con una melancolía extrema. Incluso en los momentos más radicales de violencia emocional, hay un punto de asociación hacia la felicidad.


En primer momento de violencia física justo antes de la muerte, que transcurre junto a fotos de mejores tiempos y una música mucho más reposada. En detalles como el baño o el vídeo del parque uno ve la realidad de dos personas que, a pesar de todo, no quieren darse por vencidas, y que, incluso sabiendo que no tienen futuro, ni la muerte les impide separarse…

Este ambiente minimalista y la sensación de angustia se ver perfectamente reforzado por la interpretación de Macarena Gómez y Pablo Turégano, y se complementa con el punto final donde ambos se ven destinados a seguir juntos en la muerte, el contrapunto agridulce a todo lo demás.


Uno de los pequeños problemas que tengo con el corto es la inclusión de alguna escena más digna de REC que de una historia romántica. No es que sean momentos que no funcionen, al revés, lo hacen porque los FX son espectaculares, pero me resultan un poco fuera de lugar en el ambiente general del corto y su realización sobria. Pero incluso así, no dejan de ser anécdotas en el cómputo general, que sigue siendo excelente.

Zoe Berriatúa me parece mucho más discreto como director que algunos de los analizados anteriormente, pero no en un sentido despectivo, sino en el hecho de que parece que no quiera hacerse notar mucho. Aun así, ciertos juegos de cámara me parecen fabulosos, como el contrapicado en la cama, la escena al despertarse, o esos primeros planos a partes de la supuesta amante que delatan al protagonista. Sin embargo es en el montaje y sobretodo en la conjunción musical donde Quédate conmigo me parece que va por delante.

En definitiva, un corto más digno de elogios y que demuestra que el cine en nuestro país tiene mucho más talento del que se le reconoce.

Pedro Pérez (aka Findor)

29 enero, 2012

70m2

Nota: Este texto contiene algunos spoilers del corto, dado que actualmente está disponible en Youtube, es recomendable verlo antes.

Añadido: Dado que el corto está en Youtube, que menos que dejar un enlace al mismo para verlo.

Una de las mayores dificultades que existen a la hora de enfrentarse a una narración es la "verosimilitud", o más concretamente, lo que estamos dispuestos a dejarnos engañar, también llamado normalmente suspensión de incredulidad.

Digo que es difícil porque normalmente no es una decisión consciente, y depende en mucho grado, de la capacidad de identificarnos con el protagonista y su entorno. A veces parece más fácil creerse una película de Bay que una de Hitchcock precisamente por la intención del segundo de ser más realista…


Mientras estaba viendo 70m2, dirigido por Miguel Ángel Carmona, una parte de mi cerebro no podía parar de pensar en lo absurdas que me parecían algunas situaciones o decisiones y la cantidad de cosas que yo hubiese hecho de forma diferente a la hora de enfrentarme a la situación de Iván (Alberto Amarilla).

El grave problema de esta aproximación es que la situación de Iván y todo lo que le pasa es algo con lo que dudo que tuviese que enfrentarme yo aunque viviese mil años…

Pero esta sensación de amor-odio y, sobretodo, la indignación a nivel de levantar los brazos y casi gritar a la pantalla no es algo tan negativo como uno pueda pensar porque en el fondo implica una conexión emocional, significa que uno siente empatía con el personaje y se ve lo suficientemente identificado como para ponerse en su lugar. No gusta lo que hace porque tememos que el resultado no sea bueno, en el fondo, como espectadores, queremos que las cosas salgan bien.


La historia que cuenta Carmona, empieza como una bonita historia de amor y lo que debería ser un día magnífico para Iván acaba convirtiéndose en una, como podría decir Lemony Snicket, serie de catastróficas desdichas… Carmen (Isabel Estévez), inquilina del piso decide volarse la tapa de los sesos enfrente de Iván dejando encerrado a este en el apartamento… Mientras Iván busca la manera de salir, aparece Julio (Carlos Álvarez-Nóvoa), el que parece novio de Carmen para intentar reconciliarse…

Todo este absurdo malentendido y esa indignación de la que hablaba al final dejan de tener sentido si la historia encaja y si las decisiones producen un resultado satisfactorio, no tanto en el sentido de felicidad moral como en un sentido más puramente narrativo, como hace en este caso. Las consecuencias de esas acciones o de esas situaciones inverosímiles son las que provocan este resultado y desencadenan la capacidad del corto de crear expectativas sin caer en la previsibilidad.


Una de las cosas más interesantes de 70m2 es la mezcla de géneros, comedia, suspense y drama, pero sobretodo el cambio progresivo que plantea entre ellos, sin mezclar en ningún momento ni volver sobre sus pasos, con una dirección a seguir de forma clara, y sin necesidad de caer en explicaciones innecesarias. Simplemente la cosa se deja fluir y son los sentimientos propios los que hacen que la cosa encaje. En última instancia, la narración realmente no necesita explicar los motivos de los personajes porque no influyen en el resultado final que nos debe provocar.

Es difícil encontrar cosas negativas en la parte técnica, tanto la fotografía como el trabajo de cámara de Carmona son excelentes, dando muchas posibilidades al movimiento de cámara y buscando siempre variedad de ángulos y encuadres. Entiendo que el cortometraje, como género, muchas veces tiende a la narrativa visual mucho más nerviosa en comparación al cine, que se puede permitir ser mucho más reposado, pero al final la sensación visual que provoca 70m2 no es para nada forzada y refleja la sobriedad de una persona de esas que son capaces de hacer cine grande.

Pedro Pérez (aka Findor)

14 enero, 2012

G... Je, je...

(Nota: Este texto contiene spoilers sobre el desarrollo y alguna foto que puede destripar parte del corto, avisados quedáis por si no lo habéis visto)

Una de esas frases de la vida y que se aplica muchas veces al cine dice que es más difícil hacer reír que hacer llorar, a pesar de que la comedia, como género, esté más depreciada que el drama delante de la crítica. No es que ninguno de los dos géneros me parezca mucho más difícil que el otro, pero prefiero matizar y decir que lo complicado de ambas disciplinas acaba siendo, como muchas otras veces, hacerlo BIEN. En realidad cualquier Ron Howard puede meter unos perritos abandonados entre violines en un trozo de celuloide o cualquier Farrelly soltar unos pedos y hacer gente que se caiga en montañas de mierda. Eventualmente alguien llorará o se reirá... O viceversa, para que engañarnos.

Pero hacerlo bien sin caer en lugares comunes o convencionalismos absurdos es rematadamente difícil. Es por eso que ahora, en perspectiva, después de revisarlo y destriparlo como es debido, G me parece todavía más soberbio que en aquel primer pase del Córtate.

Lo mismo te compro un pollo que te asesino a uno

Partiendo de una idea bastante simple, Diego Puertas consigue lograr lo que para mi es un punto clave de este tipo de historias, la naturalidad. Hasta cierto punto, la historia es lo de menos, ya sea el topo o la doble vida de G, se pueden dejar un poco de lado porque todo lo demás fluye de forma suave. Primero por los diálogos, que nunca dan la impresión de estar forzados, a lo que contribuyen los actores principales de forma evidente (ahora mismo me costaría pensar en otros actores que pudieran encajar mejor que José Luis Gil y Beatriz Carvajal en sus respectivos papeles), y segundo, por un muy buen sentido del ritmo narrativo. Todo esto hace que G escape de lo que suele pecar el mundo del cortometraje en general y sobretodo su vertiente humorística en particular, que es de su excesiva dependencia al chascarrillo. Puertas consigue que la "broma" final sea un colofón a algo que ya funcionaba por si sólo sin crear un corto con la broma como único objetivo.

El hombre en la sombra

Siempre he sido defensor del cortometraje como lugar ideal para experimentar, y en este sentido Diego también hace un muy buen trabajo detrás de la cámara. Me gusta mucho como juega con algunos planos, la cámara que se mete por la ventanilla en el parking y el súbito cambio de foco con el disparo, poner la visión encima de la mesa durante la comida, variaciones entre planos picados y contra picados, crean una dinámica muy interesante a la hora de narrar sin hacerse notar demasiado y sin caer en la monotonía. No me convence tanto la cámara al hombro durante la secuencia del parque, un poco brusca para mi gusto, pero personalmente nunca he sido muy fan de este recurso, aún así, se usa en un momento bien escogido para dar la sensación de observador externo. Cada pase he ido viendo detalles nuevos, algo como lo que me pasó en 8, pero lo mejor es darse cuenta que incluso viéndolo 3 o 4 veces en unos días y casi sabiéndoselo de memoria, no te importa ponerlo otra vez y que además, te seguirá sacando una sonrisilla aunque sepas lo que va a pasar.

Cuantas veces piensa uno en esto a lo largo del día...

Como conclusión, me gustaría hablar del subtexto, porque aparte de su vertiente humorística, G esconde un drama, el drama de todos esos hombres felizmente casados que luchan contra esa sombra maligna que representa la madre de su mujer. G también juega con ese deseo oculto de todos esos hombres de matar a su suegra, algo evidente en G, pero que consigue crear una identificación mayor con el protagonista por parte del público masculino...

Queda por confirmar si esto es una visión autobiográfica de Diego Puertas o simplemente algo que le pasa por la cabeza de vez en cuando como a todos los demás.

Pedro Pérez (aka Findor)

PD: Sí, el título del post es de juzgado de guardia y merezco la muerte por ello, o si no es la muerte, al menos una buena temporada de agonía...

08 enero, 2012

La crisis es una historia de (des)amor





Michelangelo Antonioni dirigió en 1961 “El eclipse” como cierre a su Trilogía de la Incomunicación de la que formaban parte “La aventura” (1960) y “La noche” (1961). La película, protagonizada por Monica Vitti y Alain Delon, ganó el premio del jurado de Cannes en 1962 y en su documental “Il mio viaggio in Italia” (1999), Scorsese definió sus últimos siete minutos como la prueba palpable de que todo es posible en el cine.

La película narra como Vittoria (Monica Vitti) abandona a Riccardo (Paco Rabal) después de una discusión que ha puesto punto y final a su relación. Insegura, Vittoria se refugia en su amiga Anita y en su madre, que acude con frecuencia a la Bolsa de Roma. Allí Vittoria conoce a Piero, un cínico agente de bolsa. Piero, al conocer que Vittoria está soltera, comienza a cortejarla; su interés por ella le lleva a descuidar su trabajo durante uno de las mayores golpes a la economía italiana.



Dice David Saul Rosenfeld que “El eclipse” empieza por el final, con una ruptura. De hecho, la describe como la narración de un final. Antonioni no es ajeno al paisaje apocalíptico, siendo ejemplos de ello “El desierto rojo” (1964) o “Zabriskie point” (1970) y esta película está dominada, como es habitual en su director, por un paisaje de ciudad desértica, de construcciones solitarias y abandonadas. Los lugares en construcción se contraponen al lugar de trabajo de Piero, la impresionante Piazza Affari, un auténtico templo de las finanzas en su sentido más estético, y el principal bolsa de valores de Italia. El aire catastrofista que inunda todo viene puntuado por un cadáver dragado del río.

Piero, el hombre de los mercados, intenta conquistar a Vittoria, la mujer que ha sido engañada otras veces y que no quiere que le hagan daño de nuevo. La insistencia de Piero mantiene un frágil equilibrio en la vida de ambos, pero hay una necesidad de que se encuentren. Cuando Piero consigue toda la confianza de Vittoria, queda con ella en una cita, a la que Piero jamás acude.



Y entonces, la ciudad, el paisaje de fondo, se revela como el lugar más frío, anodino y terrible posible. Pero el único existente, el único donde puede tener lugar la acción.

De ese modo, Antonioni diseña una advertencia, la amenaza económica, con sus “altos y bajos” como llega a defender Vittoria, con sus “eclipses”, equiparándolo a las relaciones personales, a la constante inseguridad de vivir pendiente de tantos factores, a entregarse ciegamente al otro, solo para descubrir que no solo seremos engañados, si no que nos dejaremos engañar una vez más.

by Henrique Lage