14 diciembre, 2007

CHICHANDO (2 DE 2)



¿QUIÉN PUEDE MATAR A UN NIÑO?

Esta película se contrapone de una manera evidente al establecido prejuicio de terror igual a oscuridad más sustos (y, opcionalmente, música pseudo-satánica y derivados, tal y como suele darse en las películas de género que se hacen en estos tiempos…); aquí ocurre todo lo contrario: el terror viene derivado de la (supuesta) inocencia de los niños y todo acontece en medio de la claridad, luz y sofocante calor del día. Ante todo la originalidad y lo atónito como premisa principal, pocos clichés establecidos (salvo el evidente y principal sobre el que se atreve a jugar a romper el director), y dureza, mucha dureza para un film que rompe moldes e (infranqueables) muros como pocos se atreven a hacer.

Ya el prólogo refleja una buena declaración de intenciones por parte del autor. Acompañado por el tema musical principal de la película (algo así como pequeños y dulces tarareos de niños, concluidos con una, digamos, “extraña” sonrisa final por parte de los mismos…) se nos muestra una dura serie de imágenes de archivo con parte de los más importantes “puntos negros” de la historia reciente: guerras, catástrofes y semejantes desastres por el estilo avasallan al espectador con escalofriantes imágenes, indicándole las tristes cifras de desaparecidos como consecuencia de las respectivas iniquidades y dejando clara la primera conclusión: los grandes perjudicados son y siempre serán los niños, los inocentes y desvalidos niños. Pues bien, es a partir de este momento y durante los cien minutos siguientes cuando el director uruguayo se dedicará a desmontar ese tan establecido valor universal que es la infancia, esa tan feliz y desdichada etapa de la vida representada por esos “adorables” chiquillos que tanta felicidad causan a su alrededor… Y lo hará, cómo no, usando sus mejores armas para tan cruel propósito: el terror, el más puro terror, entendido éste como el mayor miedo que una persona puede sentir hacia algo, más aún si ese algo es (supuestamente) bello e incorrupto…

Y en este caso los desdichados sufridores de la perversa y retorcida mente del genio son una pareja de turistas ingleses -ella en estado, para más inri-, los cuales llegan a una población costera española en pleno verano, con un calor de justicia, contentos y esperanzados de poder pasar una agradable estancia en tan (en principio) idílico lugar. Y todo va sobre ruedas: el pueblo está en fiestas y reina la alegría, los niños juegan a romper la piñata (terrible paralelismo de imágenes con algo que se verá posteriormente) y el alborozo es general, contagiando así a nuestros queridos compañeros de viaje. Lástima tener que experimentar las chirriantes sirenas de las antiguas ambulancias (precisamente ahora se cumplen 30 años del estreno del film) y el espanto general causado por la aparición de diversos magullados cadáveres en el agua…; no todo podía ser tan ensoñador para los amados veraneantes. Ante la estupefacción y el mundanal ruido del lugar, la pareja decidirá entonces moverse a una cercana isla que es donde se desarrollarán los hechos siguientes.

Todo empieza a enrarecerse nada más pisar el nuevo suelo, cuando se comprueba cómo aquí, en este igualmente caluroso lugar (excelente fotografía de Jose Luis Alcaine, que refleja a la perfección lo pegajoso, sofocante e incómodo de la estancia, todo ello de manera natural y limpia, sin ningún tipo de artificio propio de este tipo de producciones), reina una inquietante tranquilidad y sólo se observa vida en todos los niños que reciben alegremente el bote de la pareja, todos salvo uno: éste pesca aislado y despreocupado, y es cuando Tom, el protagonista, se acerca a saludarle, cuando nos percatamos de la tibia mirada del niño, seguro en sí y absolutamente reacio a sus intentos de acercamiento, provocando ya cierta inquietud y miedo en el espectador. Son los primeros síntomas de la maldad. A este ambiente de extrañamiento general contribuye sobremanera la dificultad extra de la comunicación idiomática, que aunque sea poco necesaria en general, es cuando se precisa -la imposible conversación con la holandesa es el ejemplo claro- cuando realmente se refuerza la idea del aislamiento total de los protagonistas: están en medio de la nada más amenazante sin posibilidad además de comunicación clara alguna.

Podría destacar a ése incómodo pequeño actor en particular, pero realmente sería una evidente injusticia, ya que son absolutamente todos los niños que participan en la producción los que dan vida y pavor a la misma; es la masa nunca mejor entendida, un ente extrañamente interrelacionado y conexionado que, lógicamente, no tendría valor ni mérito sin un atento director y equipo detrás de las cámaras. Es realmente complicado manejar a tan amplio grupo de chavales y hacerles creer lo que se quiere contar, pero créanme que aquí se logra eficientemente.

La película y su ambiente se enturbian progresivamente, a los hechos me remito: la sucesión de terribles acontecimientos (a cada cual más cruel, doloroso, increíble y sádico) se torna explícita y produce un verdadero sentimiento de incomprensión, odio y rabia contenida en el espectador, que, abatido, acompaña en sus penurias a los protagonistas y que, finalmente, terminará por empatizar con los abruptos métodos empleados por Tom, rompiendo así definitivamente con la utopía inicial propuesta por el realizador. Una vez más Chicho nos la vuelve a jugar y se sale con la suya.

Podría obtenerse una lectura derivada hacia la ciencia-ficción para intentar explicar determinados comportamientos y situaciones, pero probablemente cometeríamos un error, ya que “¿Quién puede matar a un niño?” debe entenderse como una retorcida e hiperbólica parábola acerca de la dificultad de comprensión externa hacia esta época de la vida, de la complejidad de la educación en la misma, de las (tan habituales) concesiones paternas que provocan la creación de un espíritu rebelde e inconformista hacia la sociedad y lo establecido por parte de los imberbes. No se entienda esto como una inclinación reaccionaria por parte del autor, pues nada más lejos de la realidad: es sencillamente un terrorífico aviso.


Texto: Roberto García-Ochoa Peces


4 comentarios:

Amneris F. dijo...

Me encantan.
La pelicula y el comentario que has hecho de ella, ambas cosas.
Para mi, por ahora (soy joven y con poca idea de cine) una de las mejores de su género.

Descubrí el blog por el anterior comentario, el de La residencia, pero vistos la calidad de ambos le echaré un ojo a todo ;)

Un saludo y seguid así
(Soy Malvada, del foro)
Besotes

Anónimo dijo...

Cierta noche Escortiana ponían esta peli en la tele y la vi con Eli Martín en nuestro bungalow. Qué jodíos los niños...

Anónimo dijo...

Gracias por vuestros comentarios, chicos; siempre son de agradecer.

A ti, Amneris, decirte que tenemos la suerte de compartir en el foro líneas con el maestro Diodati, así que a seguir aprendiendo de ahí ;).

Y, Asensio, no tenía ni idea de que que pasase tal cosa, justamente durante el festival, qué curioso. ¿Por qué no me avisáaasteis?

Un saludo,

Roberto.

Anónimo dijo...

no dudo que el que ha echo la critica no se ha visto la pelicula porque falla en lo de que va