29 diciembre, 2007

NO DIGAS NADA

La inocencia del asesino en serie


No digas nada es, según dicen, el filme del escándalo. A punto de ser tachado con la temida X en la calificación por edades por apologético de la violencia, irónico y mordaz desde su mismo título, defendido como un sano divertimento sin prejuicios por unos, dilapidado como un atroz sintagma de diabólica influencia por otros… lo cierto es que su letal reflexión ética funciona más allá de una mera crítica a la pérdida de los valores en la actual juventud. Como enunciaba el Marqués de Sade en La filosofía en el tocador, “Nada hay más contagioso que el mal”. Con esta premisa devastadora y certera, el argumento soslaya cualquier planteamiento paternalista, para exponernos con limpieza la propagación imparable, en un instituto de provincias, de una noticia más que jugosa (el asesinato de dos personas a manos de una compañera), encendida como una mecha de dinamita, que acaba tomando la forma de aberrante cónclave de asesinos y mutuos cómplices.

A pesar de beber de la comedia estadounidense más gamberra y sin pretensiones, el artefacto de negrísimo humor de No digas nada (tan sólo desfavorecido por un primer tramo algo indeciso y poco congruente, ampliamente superado al poco de avanzar el relato), tiene mucho de español. Y entiéndase “español” como goyesco contraste de tan inquietantes actividades con el descacharrante y cercano entorno de una comunidad de barrio. Un negrorrealismo que ya quedara desempeñado en la colisión “pena de muerte-entorno turístico” que tenía lugar en la Mallorca de El verdugo (Luis G. Berlanga, 1963), y que se ratifica en la presencia constante de personajes que, amparados en su condición de individuos prejuzgados, corrientes, esconden (entierran) algún tipo de secreto: desde la pareja de maduros profesores amantes en la clandestinidad, hasta los basureros gays, pasando por una no reconocida relación interracial, la “vergonzante” pérdida de la virginidad o las tretas para escabullirse del trabajo del propio detective encargado del caso. Pero la cinta no descubre únicamente lo hilarante del contagio masivo del mal (identificado en todo momento con revancha o perversa forma de justicia) en un ámbito más o menos inmediato: también descubre la comicidad absurda del muerto, del cuerpo sin vida cayendo con su peso en la fosa, sin más. Del “señor que se ha muerto”. Con un humor irreverente por despreocupado y amoral (cercano incluso, en su concepto del humorismo deshumanizado, al absurdo más mihuriano), No digas nada no busca la identificación facilona con el público adolescente basándose, como sus homónimas americanas, en la explotación del consabido tono erótico-festivo: más bien entronca con un deseo más íntimo que el de las epidérmicas revoluciones hormonales propias de aquellos maravillosos años. Concretamente, con el ansiado mito del crimen impune.


Todos hemos deseado que las barreras morales desaparecieran durante el tiempo suficiente como para vengar (definitivamente) las pequeñas mezquindades de la vida diaria; máxime en unos años traumáticos como los de la adolescencia, en los que el descontento con la propia identidad y los intrincados vericuetos de la diferencia nos llevan al camino de la frustración. No sólo Silvia, la homicida original, es incapaz de evitar (siempre entre llantos) ser la protagonista de una escalada delirante de violencia y muerte al revelarse contra aquello que detesta: también sus compañeros, desde la joven que descubre en sí una sexualidad que todos juzgan excesiva, hasta el mismo protagonista, líder natural pero incapaz de interesar a la chica que le atrae, constituyen una galería de embrionarios monstruos cotidianos, que en su inocencia transitan de la lealtad al crimen despiadado, sin apenas percibir el dislate de semejante conversión.

Y es que, si hay un descubrimiento en la película, es el doble significado asignado al término “inocencia”: está claro que los protagonistas son “culpables” de horribles crímenes, pero su culpabilidad se debe a la administración lógica de una naïf candidez. Alejándose como decíamos de planteamientos hipócritas y gazmoños (no sin por ello renunciar a importantes dosis de simpatía y ternura), la película plantea una inquietante paradoja: sólo el deseo de violencia nos equipara. Nada hay más distante en un aula que los personajes-tipo interpretados por Jimmy Barnatán (como el violento y entrañable Rodrigo, un fumeta bastante pasado de vueltas) y Darío Paso (en el sensible y oscuro papel de Joaquinito, el empollón de la clase); sin embargo, el interés común por el crimen y la venganza les llega a unir en un pacto de lealtad apenas identificable con la naturaleza del mal. Diríase que Jiménez Luna ha conseguido un paso más allá del que diera Alfred Hitchcock en su Psicosis (1960). Y entiéndase la comparación en su justa medida: allí la protagonista, ladrona coyuntural de 40.000 dólares, quedaba eximida de culpa debido a sus particulares circunstancias personales, y definitivamente santificada de cara al público por el asesinato en la ducha; tras esto, Norman Bates era seguido por una audiencia temerosa de su destino, a través de la cuidadosa ocultación de las huellas del crimen de su madre; pero aquí es el mismo crimen el que queda perdonado (incluso secundado) a los ojos del espectador, con un tono más cercano al Arsénico por compasión de Capra (1944) o al Monsieur Verdoux de Chaplin (1947), que a su referencia más evidente en Escuela de jóvenes asesinos (Michael Lehmann, 1989). Todo ello gracias a un insólito e inteligente empleo de los mecanismos del pacto de ficción y un exclusivo diseño del punto de vista, que hace del casting coral un sólido mecanismo, apenas disuelto en alguna ocasión con la voz over del obligado protagonista teen.


En cualquier caso, y a pesar de estériles polémicas y malintencionadas críticas deseosas de convertir esta pequeña joya de humor negro y surreal en toda una sangrienta apología de la violencia, nos encontramos ante una ópera prima que deslumbra por su riqueza y complejidad de conceptos antes que por sus resoluciones (que por lo demás son más que decentes). Un ejemplo claro de que Felipe Jiménez Luna es alguien llamado a ser uno de los grandes. Porque sabe darle al público lo que quiere. Y porque sabe que el público no tiene ni un pelo de tonto.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

por qué hablais de una españolada?

vais a ir por este camino a partir de ahora?

la he visto dijo...

que dices yo he ido a verla y no tiene nada que ver con españoladas ve a verla es brutal no parece española, is very stronggggg