21 diciembre, 2007

ARREBATO, O EL VAMPIRISMO EN LA IMAGEN




Iván Zulueta, director de esta obra maestra del cine español, se interesa desde pequeño en el arte en general y en la estética pop en particular. Rodeado siempre de gente inmersa en el terreno cultural (su padre fue director del festival de cine de San Sebastián; tiene como profesor a José Luis Borau, una de las figuras del cine español de siempre;…), se especializa en el diseño de carteles, creando las imágenes de algunas películas importantes de nuestro cine, como “Viridiana”, de Luis Buñuel, o “Furtivos”, del citado Borau, así como algunos carteles para varias películas de su amigo Pedro Almodóvar (he aquí parte de la “conexión” entre ambos autores, más allá de las posibles coincidencias temáticas, en menor medida estilísticas, en sus películas).

Nos encontramos, por tanto, ante una persona sin lugar a dudas inquieta, con la necesidad de crear, pero cuya obra en cuanto a lo relacionado con el cine se refiere no es todo lo prolífica que un admirador suyo desearía: realmente sólo tiene otro largometraje además del que comentamos, “Un, dos, tres, al escondite inglés” (1969), y unos cinco cortometrajes. ¿Por qué es esto así? Dejando a un lado la inequívoca independencia (en todos los sentidos) de sus trabajos, que le dificultan sobremanera llegar a un público amplio (y, por ende, a un productor razonablemente emprendedor), el problema, o problemón, ante el que se topa es a todas luces (re)conocido: drogas. La consumición y adicción le resultan inevitables en aquel ambiente en el que todas las nuevas posibilidades estaban al alcance de la mano (y no en menor medida para él…), y en el que se tienen las ganas de “probar” y experimentar lo desconocido, lo inalcanzable hasta ese momento. Y, precisamente, de las drogas y de otras adicciones se habla en “Arrebato”, envolviéndose así realidad y ficción de manera irreversible y quedando el espíritu del instante muy presente en el film.

Porque, sí, “Arrebato” es una película sobre la adicción y sus riesgos; oscura a menudo, optimista y feliz en algunos momentos, inquietante siempre, absurda y surrealista a ratos, y terrorífica al final, muy próxima al más gélido escalofrío. Pero, ante todo, es una película, dejémoslo meridianamente claro, rara, muy rara, que apenas encuentra parangón internacional (quizás un David Lynch podría asomársenos al pensamiento, pero no debemos olvidar que éste realizó su debut en el largo con “Cabeza borradora” justo al tiempo que nuestro Iván rodaba su rareza…; ¿coincidencia caprichosa del destino, el juntar a dos genios con similares inquietudes artísticas, en un mismo tiempo?), y que resultó incomprendida para el público de la época y fue apenas valorada por ciertos sectores críticos, siendo muy difícil de ver desde entonces (algún pase aislado sin más en algún festival), forjándose por tanto una fuerte estela de película de culto que ha permanecido con el paso de los años. Por fin su edición en DVD, por parte del diario “El País”, permitió su deseado (re)descubrimiento.

Resulta poco menos que un despropósito el contar su argumento, pero se intentará: José Sirgado (Eusebio Poncela) es un director de cine (de cine, por decirlo de alguna manera, también “raro”) que se encuentra en una crisis, se intuye creativa, pero sobre todo personal y sentimental. Continuas broncas y desapegos con su pareja Ana (Cecilia Roth) le traen por el camino de la amargura, a lo cual hay que añadir su enganche a la heroína, así como, por si fuera poco, la inquietud que le supone el recibir paquetes de un antiguo conocido admirador suyo que se hace llamar Pedro (Will More), obsesionado con el medio cinematográfico y su perfección. Todo lo que pudiera contar a partir de aquí carecería de un sentido más o menos decente, puesto que la película deviene en una espiral de rareza, inquietud, terror, fascinación, o, en resumidas cuentas, cuelgue (una palabra que le viene muy al pelo) de mucho cuidado; sin embargo, comentaré las que, a mi modo de ver, son sus líneas más destacables.

La película contó con un muy bajo presupuesto (el mismo director ha reconocido que lo calculó exactamente en función de los rollos de celuloide que utilizaría), y durante el rodaje parece que existió un colegueo muy “sano”, donde todos eran amigos. Esto, unido al personal mundo creador de Iván, dio como resultado una película donde se puede palpar el espíritu a todas luces independiente en el que se forjó; un mundo completamente nuevo y, sobre todo, muy extraño y misterioso, al cual no podemos dejar de mirar, absortos por las tibias imágenes que pasan fugaces ante nuestros atónitos ojos.

Este particular asombro nos lo brindan en bandeja los personajes, haciendo mención especial al interpretado por Will More, Pedro, la muestra perfecta de lo que es un “freak”: un personaje genuinamente raro, extraño, pero igual de fascinante, por cuanto la, en principio, incomprensión de su mundo particular se nos plantea; sin embargo, poco a poco y a medida que avanza la historia, cada vez se nos “acercará” más, brindándonos así la posibilidad de sonsacarnos un cierto “cariño” hacia él. No deja de ser un personaje aislado en sí mismo, incapaz de adaptarse al convencionalismo de la vida tal cual, que se niega a acatar los síes ortodoxos de la existencia para poder evadirse hacia lo que él más ansía en su vida: el cine y el intento más próximo posible de atrapar con su cámara la esencia del mismo. Pero para mí no es un loco, en absoluto; es más bien un apartado (en esta ocasión casi por sí mismo, por decisión propia) que busca “la verdad”, su verdad. No deja de resultar curioso, a este respecto, que cuando se mete coca al cuerpo, salga de su estado infantil para presentársenos como una persona más o menos razonable, capaz de emitir y valorar juicios ajenos… Evidente metáfora planteada por Zulueta, rebelde siempre. Por cierto, que por lo que se ha podido saber, el propio Will More no distaba mucho de su propio personaje en la película, de hecho fue una elección personal de Zulueta, amigo suyo, que siempre lo vio en el papel y no se imaginaba a otro que pudiera interpretarlo mejor…; de nuevo aparece aquí la fina película separadora de ficción y realidad.

Y la valoración de Pedro nos lleva irremisiblemente a la comparación con su admirado José Sirgado (Poncela), puesto que éste también busca “algo” en el cine, intentando hacer películas de manera más o menos personal pero no obteniendo nunca nada; o al menos no se nos da la impresión de que sea feliz con ello, apareciendo apático y decaído desde el principio. Al contrario que Pedro, José es incapaz de evadirse a su mundo particular con lo que hace, aunque ese mundo pudiera derivar en algo aparentemente absurdo y banal, y por ello no tiene otra salida que la autodestrucción que le supone la heroína. Pero es justamente cuando recuerda su encuentro con Pedro (a través de la prima de éste, y amiga suya, interpretada por la siempre entusiasta Marta Fernández Muro), en una casa en el campo a las afueras de Madrid -simbolizándose así una posible vía de escape, o libertad-, cuando comienza su progresiva inquietud y fascinación hacia él y su universo particular, así como hacia su visión y obsesión por el cine, llenándole de alguna forma, dándole que pensar, y preocupándole también sobre lo inexplicable del contenido de las cintas que le envía…

La película roza la ciencia ficción cercana al terror por momentos, como cuando conocemos a Pedro y éste es capaz de “arrebatar” no sólo a José ante una serie de imágenes aceleradas en una pantalla de televisión, sino también a nosotros mismos, al espectador, alucinado ante lo que observa, inquieto y cuestionado sobre ese ambiente enrarecido constantemente respirado en el film; una de tantas muestras sobre la capacidad de seducción de esta película, de puro hipnotismo ante sus imágenes (muchas veces a priori inexplicables, pero siempre verdaderamente fascinantes).

Pero no todo es misterio y cripticismo aquí, también existe el cariño más puro. La contemplación sincera, el disfrute despreocupado y feliz, aparecen claramente reflejados en algunos de esos momentos de arrebato que nos brinda el entrañable Pedro. Momentos como la fascinación de José ante el álbum de cromos de “Las minas del rey Salomón”, o de Ana (C.Roth) ante un sencillo muñeco de Betty Boop (convirtiéndose posteriormente en ella y brindándonos un baile muy especial y sintomático sobre la ilusión y optimismo natural del personaje), o del mismo Pedro cuando corretea entusiasmado y alegre alrededor de su cámara tomavistas del paisaje soleado; instantes que nos remiten a la infancia, a la pureza y al corazón mismo de los personajes. Es el optimismo del que hablaba anteriormente, no todo es negrura.

Aunque al final sí es cierto que todo resulta muy negro, negrísimo. La progresiva consumición de los personajes se hace cada vez mayor, obcecados por el medio fílmico y sus más profundas entrañas, llevándonos a momentos a la par inexplicables y terroríficos. Imágenes que nos cuestionan acerca del propio medio, de su capacidad de vida propia, de la toma de partido del propio cine; un ejercicio de metalenguaje auténtico llevado al extremo, al límite de lo concebible y tolerable para el espectador, que sufre ante lo que ve, cuestionándose si se lo cree o no, pero que, sobre todo, permanece increíblemente perplejo, retenido, absolutamente arrebatado ante la pantalla, cual José Sirgado ante la inefable cámara en los instantes finales. Es entonces cuando cobra pleno sentido la famosa frase pronunciada por él al principio de la película, ataviado con unos prominentes colmillos postizos: “no es a mí a quien le gusta el cine, sino al cine a quien le gusto yo”…

Una exploración, en definitiva, de la imagen y su impacto en el vidente, de su efecto fascinador e inquietante, de su intrínseco sentido ambivalente. Y una exploración nada convencional, absolutamente despeinada de todo, al margen, radical, independiente; libre, al fin. Un cine que permanece fresco con el paso del tiempo, un cine necesariamente distinto para salir de la vulgaridad comercial estandarizada -en menor medida entonces; de manera lamentablemente presente y constante ahora-. Una película de merecido culto. Cine atrevido a crear.

Roberto García-Ochoa Peces

19 diciembre, 2007

Teaser trailer de "Santiago de sangre".


Diseño de vestuario de uno de los personajes del corto

El realizador Francisco Calvelo, autor de los cortometrajes "Con tu cara" (2004), "Crisálida" (2006) y "Go' el" (2007), acaba de estrenar la página web oficial de su último proyecto, un guión de Raúl Valcárcel para Perro Verde Films. Tomando como referencia a directores de la talla de David Lynch, Abel Ferrara y Nicolas Roeg, y sobre todo, a la estética impuesta por el ilustrador Suehiro Maruo, narra como la ciudad de Santiago de Compostela es, oculta a ojos mundanos, una prisión para vampiros, donde la lluvia es agua sagrada que les quema la piel. El protagonista es Gabriel, un vampiro que parece inmune a las adversidades sacras de la ciudad y que comete viles asesinatos y orgías con total impunidad. Calvelo ya había adelantado en este mismo blog la existencia de este proyecto y su trayectoria previa ha sido frecuente en nuestras páginas, ahora se enfrenta a su proyecto más ambicioso y promete desvelar algunas sorpresas poco a poco.

Más información: www.santiagodesangre.com

17 diciembre, 2007

Sicko de Michael Moore: Sistema enfermo




Michael Moore utiliza la imagen como arma y los testimonios de los que se alimenta su último documental como puntas de lanza a favor de una cruzada cuyos epítomes se basan, como casi siempre, en la irracionalidad de un sistema, a todas luces, dependiente de los inversores que lo financian. Equivoca los modos, como casi siempre, resolviendo su exégesis con soluciones harto demagógicas (especialmente hilarantes en el affaire cubano), pero no el tema, una disección crítica y cínica sobre el sistema de salud estadounidense, ni sus texturas (deudoras del documentalismo en primera persona que ya caracterizó su brillante primer trabajo, Roger and me) ni tampoco su vocación, eminentemente inconformista y provocadora.



El cineasta de Flint categoriza el contenido temático de Sicko partiendo de una exposición de intenciones que explicita aquello de lo que no habla el documental, la situación de los no asegurados, con testimonios especialmente dramáticos (como el del tipo que tiene que elegir la reimplantación de uno de sus dos dedos amputados en función de su potencial económico-afectivo) para después indagar en el origen del negocio (Richard Nixon habemus) en el que se ha convertido un sistema de salud cuyos pasivos no son sino aquellos sujetos cuya enfermedad comporta un déficit empresarial, y en lo mal que aguanta la comparación con respecto a algunos países de su entorno como Canadá o Cuba, o aquellos que han hecho de la gratuidad de su sistema de salud su principal seña de identidad, como Francia o Gran Bretaña.



Tal y como ocurría en Bowling for Columbine, el contraste sociológico le sirve a Michael Moore para refrendar la validez de su tesis de partida así como para vertebrar lúcidos episodios en los que los protagonistas de este lado del atlántico se sorprenden, al igual que nosotros, de los modos de proceder de las aseguradoras. En torno a esta idea, Moore va exponiendo situaciones cada vez más provocadoras según va avanzando en su viaje comparativo, hasta llegar a Cuba y Guantánamo buscando los servicios médicos gratuitos del ejército para atender a alguna de las víctimas y/o cooperantes del 11-S que, en un giro de guión sorprendente (¿o no?), encuentran al otro lado de la alambrada, en las habitaciones de un hospital cubano, a un precio módico y convincente, aquello que le deniega su propio país, en un conjunto de secuencias preñadas de una gran emotividad.



Moore no lo tiene fácil en esta cruzada. Su último trabajo no trata de demonizar a Charlton Heston ni a la industria armamentística a la que representa, sino a todo un sistema de valores plenamente arraigado que desprecia cualquier intervencionismo estatal incluso por encima del respeto a las personas. Sorprende, por marcianas, de cara al espectador europeo, alguna de las historias que cuenta: como la de la anciana enferma abandonada en mitad de la calle con la bata de un hospital cuyos gastos (médicos) se niega a sufragar. Y es que es ahí, en la denuncia del trato que las corporaciones (entidades jurídicas) dispensan a las personas (entidades físicas), donde encuentra la cinta de Moore su principal activo y sentido, en último término, su carácter necesario y reivindicable, incluso en sus observaciones más cínicas e insinceras.



Como ocurre en el resto de su filmografía, Sicko ofrece algunos fragmentos cómplices enterrados entre otros más dramáticos cuya intensidad se subraya con la eficacia del montaje y del buen nivel de la producción en general, que vuelve a tener como protagonista, no ya a la oronda figura de Moore, sino a sus afiladas y atinadas observaciones. Pero esta vez el mensaje se nos muestra de un modo más duro de lo habitual (especialmente en el testimonio de una de las médicas de una aseguradora que, en primera persona, admite haber facilitado la muerte de un asegurado para ahorrar gastos a la compañía) y convierte a Sicko, una de las películas más militantes de Moore, en un auténtico puñetazo contra el estómago de una sociedad que confunde libertad con falta de solidaridad y esfuerzo colectivo.



Ahora mismo salgo para el dentista. Prometo hablarle de Sicko. Si me veis con una bata en mitad de la calle solo podrá significar una cosa: que no ha pillado la indirecta.


J.P.Bango

14 diciembre, 2007

CHICHANDO (2 DE 2)



¿QUIÉN PUEDE MATAR A UN NIÑO?

Esta película se contrapone de una manera evidente al establecido prejuicio de terror igual a oscuridad más sustos (y, opcionalmente, música pseudo-satánica y derivados, tal y como suele darse en las películas de género que se hacen en estos tiempos…); aquí ocurre todo lo contrario: el terror viene derivado de la (supuesta) inocencia de los niños y todo acontece en medio de la claridad, luz y sofocante calor del día. Ante todo la originalidad y lo atónito como premisa principal, pocos clichés establecidos (salvo el evidente y principal sobre el que se atreve a jugar a romper el director), y dureza, mucha dureza para un film que rompe moldes e (infranqueables) muros como pocos se atreven a hacer.

Ya el prólogo refleja una buena declaración de intenciones por parte del autor. Acompañado por el tema musical principal de la película (algo así como pequeños y dulces tarareos de niños, concluidos con una, digamos, “extraña” sonrisa final por parte de los mismos…) se nos muestra una dura serie de imágenes de archivo con parte de los más importantes “puntos negros” de la historia reciente: guerras, catástrofes y semejantes desastres por el estilo avasallan al espectador con escalofriantes imágenes, indicándole las tristes cifras de desaparecidos como consecuencia de las respectivas iniquidades y dejando clara la primera conclusión: los grandes perjudicados son y siempre serán los niños, los inocentes y desvalidos niños. Pues bien, es a partir de este momento y durante los cien minutos siguientes cuando el director uruguayo se dedicará a desmontar ese tan establecido valor universal que es la infancia, esa tan feliz y desdichada etapa de la vida representada por esos “adorables” chiquillos que tanta felicidad causan a su alrededor… Y lo hará, cómo no, usando sus mejores armas para tan cruel propósito: el terror, el más puro terror, entendido éste como el mayor miedo que una persona puede sentir hacia algo, más aún si ese algo es (supuestamente) bello e incorrupto…

Y en este caso los desdichados sufridores de la perversa y retorcida mente del genio son una pareja de turistas ingleses -ella en estado, para más inri-, los cuales llegan a una población costera española en pleno verano, con un calor de justicia, contentos y esperanzados de poder pasar una agradable estancia en tan (en principio) idílico lugar. Y todo va sobre ruedas: el pueblo está en fiestas y reina la alegría, los niños juegan a romper la piñata (terrible paralelismo de imágenes con algo que se verá posteriormente) y el alborozo es general, contagiando así a nuestros queridos compañeros de viaje. Lástima tener que experimentar las chirriantes sirenas de las antiguas ambulancias (precisamente ahora se cumplen 30 años del estreno del film) y el espanto general causado por la aparición de diversos magullados cadáveres en el agua…; no todo podía ser tan ensoñador para los amados veraneantes. Ante la estupefacción y el mundanal ruido del lugar, la pareja decidirá entonces moverse a una cercana isla que es donde se desarrollarán los hechos siguientes.

Todo empieza a enrarecerse nada más pisar el nuevo suelo, cuando se comprueba cómo aquí, en este igualmente caluroso lugar (excelente fotografía de Jose Luis Alcaine, que refleja a la perfección lo pegajoso, sofocante e incómodo de la estancia, todo ello de manera natural y limpia, sin ningún tipo de artificio propio de este tipo de producciones), reina una inquietante tranquilidad y sólo se observa vida en todos los niños que reciben alegremente el bote de la pareja, todos salvo uno: éste pesca aislado y despreocupado, y es cuando Tom, el protagonista, se acerca a saludarle, cuando nos percatamos de la tibia mirada del niño, seguro en sí y absolutamente reacio a sus intentos de acercamiento, provocando ya cierta inquietud y miedo en el espectador. Son los primeros síntomas de la maldad. A este ambiente de extrañamiento general contribuye sobremanera la dificultad extra de la comunicación idiomática, que aunque sea poco necesaria en general, es cuando se precisa -la imposible conversación con la holandesa es el ejemplo claro- cuando realmente se refuerza la idea del aislamiento total de los protagonistas: están en medio de la nada más amenazante sin posibilidad además de comunicación clara alguna.

Podría destacar a ése incómodo pequeño actor en particular, pero realmente sería una evidente injusticia, ya que son absolutamente todos los niños que participan en la producción los que dan vida y pavor a la misma; es la masa nunca mejor entendida, un ente extrañamente interrelacionado y conexionado que, lógicamente, no tendría valor ni mérito sin un atento director y equipo detrás de las cámaras. Es realmente complicado manejar a tan amplio grupo de chavales y hacerles creer lo que se quiere contar, pero créanme que aquí se logra eficientemente.

La película y su ambiente se enturbian progresivamente, a los hechos me remito: la sucesión de terribles acontecimientos (a cada cual más cruel, doloroso, increíble y sádico) se torna explícita y produce un verdadero sentimiento de incomprensión, odio y rabia contenida en el espectador, que, abatido, acompaña en sus penurias a los protagonistas y que, finalmente, terminará por empatizar con los abruptos métodos empleados por Tom, rompiendo así definitivamente con la utopía inicial propuesta por el realizador. Una vez más Chicho nos la vuelve a jugar y se sale con la suya.

Podría obtenerse una lectura derivada hacia la ciencia-ficción para intentar explicar determinados comportamientos y situaciones, pero probablemente cometeríamos un error, ya que “¿Quién puede matar a un niño?” debe entenderse como una retorcida e hiperbólica parábola acerca de la dificultad de comprensión externa hacia esta época de la vida, de la complejidad de la educación en la misma, de las (tan habituales) concesiones paternas que provocan la creación de un espíritu rebelde e inconformista hacia la sociedad y lo establecido por parte de los imberbes. No se entienda esto como una inclinación reaccionaria por parte del autor, pues nada más lejos de la realidad: es sencillamente un terrorífico aviso.


Texto: Roberto García-Ochoa Peces


11 diciembre, 2007

CHICHANDO (1 DE 2)



LA RESIDENCIA

Esta película de 1969 es una joya del terror patrio. Y existen no pocos motivos para semejante afirmación; el más evidente de ellos es el hecho de qué persona está detrás de las cámaras: el gran Narciso Ibáñez Serrador, “Chicho”; sinónimo de calidad en la realización de obras de ambiente siniestro e incómodo, temas reflejados a la perfección en esta angustiosa película.

El film está ambientado en una antigua mansión de la Provenza francesa, lugar de bonita naturaleza y espléndido sol, nada más contrapuesto al ideal profundamente oscuro propuesto en la cinta, es lo que tiene Chicho: la búsqueda del contraste como medio ideal para la reflexión (ésto más claramente expuesto en su posterior “¿Quién puede matar a un niño?”), una reflexión vital ambientada en un lugar tan aparentemente idílico como majestuoso; pero nada más lejos de la realidad: una vez adentrados en los recovecos de este viejo caserón ya nada será igual: la luz, en todos los sentidos que se le quieran dar al término, ya no volverá a aparecer…

Así, la historia comienza con la llegada (magnífico el plano con el cual acaban los créditos: el candado del recinto cerrándose, muy indicativo de lo que se verá más tarde…) a esta mansión, que sirve de residencia a chicas con problemas de educación y derivados, de una nueva inquilina: la angelical Teresa. Una chica que parece no haber roto un plato en su vida y que, en cambio, es traída a este lugar para así reformarla. Y es que de “reformas” (nunca mejor puestas las comillas) sabe mucho la señora Fourneau, la institutriz de la residencia. Espléndida interpretación de Lilli Palmer para dar vida a esta conservadora, estricta y dominante mujer; perfectamente trazada por el director desde su primera aparición: dictando un texto acerca de Molière y el reflejo de caracteres en su obra, creando así un paralelismo de personalidades entre la mujer y el escritor: a la vez que se nos define al mismo, se nos define a la institutriz; y es que cuál mejor manera de “esbozar” el carácter de alguien que empezando por mostrarle haciendo un dictado a una concurrencia…

En el arte de la sugestión y el suspense existen pocos como Chicho, y es que en estas primeras secuencias del film, cuando la regidora enseña la mansión a la nueva chica, se nos dan ya pequeños y punzantes momentos de terror (a los cuales ayuda, por supuesto, la excelente música ambiental): una mano que aparece por allí, una puerta que se cierra por allá, un tiesto que se cae por otro lado…todo esto en una atmósfera aparentemente de lo más tranquila y cuando el film aún no ha acabado de arrancar, avisándonos así el director de que el ambiente que seguirá no será precisamente de ese estilo y que, probablemente, el personaje de la chica no lo pasará muy bien en estas sus nuevas estancias. Una excelente declaración de intenciones.

Pronto conoceremos a otros personajes relevantes en la historia, como Irene, la protegida de Fourneau: su prolongación en las residentes, la (atractiva, por qué no) “señorita de hierro”. A destacar, ineludiblemente, la secuencia de la primera cena de Teresa junto a sus compañeras: ese plano en el cual la cámara va aproximándose poco a poco hacia Irene, que come una manzana con inigualable osadía y superioridad, resulta poco menos que avasallador en la descripción de la personalidad de ésta; quedando claro quién es la chica a temer (y a odiar) por parte de la inocente y bondadosa Teresa y el resto de sus compañeras. Además, posteriormente, esa superioridad en este caso psicológica, se manifestará superioridad física mediante otra crispante secuencia en la que Teresa es humillada por Irene de manera aberrante.
Igualmente espléndido pero, me temo, mucho más cruel y sádico, es el momento del azote a una desobediente residente, su “pecado”: no querer copiar el dictado de Fourneau, o, lo que viene a ser lo mismo, rebelarse contra la jefatura y mando de la institutriz, obteniendo como resultado una malsana secuencia lésbico-sadomasoquista de igual magnetismo y repugnancia, remarcada por una excelente fotografía oscurantista, dejándose de esta manera a las claras la idiosincrasia de determinadas personalidades. Además, y para acentuar aún más el poderío y deísmo de la institutriz sobre las residentes y sus comportamientos, se muestra esta misma parte montada en paralelo junto con otras imágenes en las que, a la vez que la rebelde es azotada, las demás residentes rezan el padre nuestro para no ser castigadas por “dios”…

Pero aún queda un personaje clave más: el escondido hijo de la institutriz, Luis. Recluído en una habitación de la parte superior de la mansión por orden y castigo de su madre, se nos muestra a un chico con ganas de vivir e imposibilitado a ello, con ganas de relacionarse con las chicas y vetado a la única relación posible que le queda: la más que proteccionista materna, cuyo yugo pesa en forma de imposición: “ninguna de esas chicas te conviene; algún día encontraremos una mujer para ti, una mujer que te quiera como lo hago yo…”, le dice. De esta manera, se forma un ser que sólo es capaz de vivir “retales” de vida, trozos sueltos e inconexos formados a su manera, incapaz como le ha sido impuesto de formar uno solo y coherente…

La película avanza inexorablemente y los sucesos se desencadenan sin remisión: el terror y el componente sexual desvirtuado (muy presente e importante a lo largo de todo el film) se hacen cada vez más evidentes e imponentes. A este respecto existe otra magistral secuencia en la que las chicas van a ducharse. Lo tienen que hacer vestidas y con un fino y transparente atuendo, a la vez que la recta institutriz se pasea mirando y controlando la situación, dictando los tiempos y los errores. Se crea así un ambiente de excitación, morbo y, sobre todo, sexualidad reprimida cumbre en la película.
Servidor es una de las escenas más abiertamente lésbicas y de auto-censura y represión sexual que haya visto. Todo esto con la presencia del coartado Luis haciendo de “voyeur” invisible y atrapado, como cual cucaracha que observa y pasa desapercibida.

Uno de tantos otros aspectos remarcables de la película es la gran fotografía de Manuel Berenguer, que consigue reflejar fielmente esa atmósfera opresiva y hostil general en el film mediante el uso de tonos oscuros y apagados, dejando los claros básicamente para exteriores y secuencias interiores concretas como, por ejemplo, la mencionada de las duchas, primando en esta ocasión los cálidos, que se adaptan adecuadamente con el momento. No se puede ni se debe obviar tampoco, por supuesto, la extraordinaria banda sonora de Waldo de los Ríos, que en ocasiones crea sensaciones realmente angustiosas y cargantes, acordes al sentido de la cinta.

No podré terminar este comentario sin dejar de remarcar las extraordinarias secuencias de asesinato presentes en la película. Me es ineludible puesto que ahí es donde, verdaderamente y por encima de cualquier otra cosa, queda expuesta la absoluta maestría de Chicho en el arte de crear terror y angustia. Ambas son consecuencia de un cuchillo. En la primera de ellas la víctima anda pululando desprevenida cuando, de repente, aparece por detrás y por un momento la sombra del asesino; instantes después el fatal cuchillo se clava infaliblemente en la víctima en varias ocasiones, mostrando apenas sangre y sí la expresión desencajada del apuñalado, reflejada en el cuchillo; todo esto con una ralentización de la imagen. La secuencia va acompañada del motivo musical principal del film, una suerte de canción a la par melancólica y triste, por lo que adaptada a este momento nos traslada la pesadumbre de la víctima y su sentimiento de final, con la peculiaridad de que en última instancia, cuando se asesta la puñalada definitiva, el tema se desvirtúa y suena por un momento como rayado, dando así por finalizada la secuencia y también una vida. Algo magistral y fuera de lo normal.
En la segunda, un personaje intenta escapar de la mansión cuando, justamente en el momento que la música va “in crescendo” tensionándonos aún más, aparece la mano que abre la puerta a través de la cual entra el asesino; entonces la cámara vuelve a enfocarnos a la temerosa y desesperada víctima para que, un segundo después, vuelva a aparecer la mano que anteriormente había abierto la puerta, esta vez sujetando el cuchillo que siega el cuello del desorientado, quedando congelada en ese momento la imagen y sonido durante un par de segundos. La sensación de desasosiego, pesimismo y entristecimiento en el espectador queda marcada a fuego. Sencillamente antológico.

En fin, se podrían comentar muchas cosas más (como por ejemplo su grandioso, sorpresivo, degradante pero consejero final), sin embargo seguirían siendo insuficientes para hacer mérito a esta obra maestra del cine de terror nacional. Quizá se podría mencionar como aspecto negativo ciertos abusos en la caracterización de algunos personajes, pero aún así no es algo que pueda restar importancia a la calidad del filme. Y es que Chicho es mucho Chicho.