10 diciembre, 2011

El acertijo de acero


Con el monomito, se ha ido interpretando el viaje del héroe como una constante en la cual las diversas etapas, motivaciones y consecuencias de las aventuras se repetían hasta el hartazgo. No vamos a decir ahora que hay algo nuevo por inventar en este apartado, pero sí se puede uno mantener fiel a esos esquemas a partir de motivaciones más sugerentes.

Me gusta mucho defender "Conan el bárbaro" (John Milius, 1982) como una gran película de aventuras. Independientemente de las diferencias que hay entre la adaptación cinematográfica y su original literario en manos de Robert E. Howard - o de sus versiones en comic en manos de John Buscema o Roy Thomas - uno encuentra una pureza en la versión que Milius hace del personaje cimmerio. Aquí está presente su mismo guión para "Apocalypse Now" (Francis Ford Coppola, 1979) y su veneración por los caóticos líderes de los pueblos “bárbaros”, como en "El viento y el león" (John Milius, 1975), todo ello vinculado a su confesa admiración a Hassan bin Sabbah, el lider de la secta de los asesinos que vivió en la Persia del siglo XI. Esa fijación por el lider le ha llevado a adaptar una nueva motivación para sus personajes, más allá de salvar su pellejo, de la gloria, el deseo carnal, las riquezas o el poder. En otras palabras, Conan, como muchos personajes de Milius, persigue, ante todo, un fin intelectual.

Y es que aunque lo que marque en un principio la búsqueda de Conan sea la venganza y más tarde la riqueza, pronto vemos como la fascinación por el personaje de Thulsa Doom se mueve pareja al influjo que este tiene sobre sus seguidores. Milius introduce en el personaje hedonista de Howard una coartada erudita - El acertijo del acero - como principal motivación. Así, el personaje no se construye con el goce como único objetivo, si no con ese goce como consecuencia ante filosofía vital. Solo cuando Conan ha alcanzado todo lo que desea (riquezas, amigos, comodidad, una mujer que daría para otro artículo y quizás sea el próximo) es cuando la gran aventura de su vida empieza por fin. En el mundo creado por Howard los dioses no responden a los humanos, son crueles y brutos, y solo miran con interés a aquellos que, independientemente de sus circunstancias vitales, han obrado con valor y coraje. Thulsa Doom es más interesante como villano porque tiene sus motivos, sus razones y estas nos tientan por sus razonamientos, de ahí que nuestra oposición, cuando se debilitan nuestros motivos, se vuelva aún más agresiva y satisfactoria cuando vencemos.



 De ahí nace mi admiración por una película como esta, frente a otras cintas de aventuras donde la acción puede situarse mejor o la trama se desenvuelve de un modo más orgánico. Milius tomaba buena nota de directores humanistas como Akira Kurosawa o Masaki Kobayashi, y tomó esa filosofía oriental del sacrificio sin pecado para moldear la respetabilidad de sus protagonistas. Esa es la esencia de muchos otros personajes carismáticos, de la empatía que sentimos por aquellos que aún pueden mantenerse fieles a sus principios - incluso cuando no tenemos porqué compartirlos - porque entendemos ese sacrificio, ese esfuerzo a mayores por renunciar a todo por una idea más elevada de uno mismo. Y a eso, lo llamamos héroe. 

by Henrique Lage

02 noviembre, 2011

Disquisiciones sobre "8" de Raúl Cerezo: El cortometraje como liberación narrativa



Gran parte del concepto de posmodernidad actual nace no tanto del reciclaje de los autores como de la evolución del espectador hacia el reconocimiento de las bases genéricas. En otras palabras: el espectador se ha acostumbrado a ciertos códigos que ya no necesita que sean explícitos, por lo que asume con mayor facilidad y por tanto, se vuelve más exigente. Esa exigencia ha llevado al género del terror a fracasar en un intento de repetir éxitos pasados, sin saber cómo destilar las esencias de aquellos modelos que pretenden reflejar.

Por otro lado, el mundo del cortometraje en España ha dado un extraño vuelco. Desde finales de los 90 hasta bien entrados los noughties, ha dado una cantera, criada bajo el reflejo de Amblin o las esperanzas puestas en directores españoles como Álex de la Iglesia, que se ha volcado en el cine de género y ha quitado argumentos a los fervientes detractores de la industria española. Esa cantera, a su vez, ha inspirado a los venideros cortometrajistas que, sin embargo, se han tenido que enfrentar a una más agresiva democratización del audiovisual y a una crisis que ha terminado por crear mayor competencia justo cuando más escasean los recursos económicos que los sustentan. A veces esto se ha traducido en soluciones con ingenio, pero mayoritariamente ha generado su propia regla de Sturgeon: el exceso de morralla que ya, ni tan siquiera, es capaz de diferenciarse*. No es raro pues, que la mayoría de las propuestas que ahora interesan en el mundo del cortometraje vengan de gente que pertenece a la generación previa pero que por un motivo o por otro, aún no han dado el salto a las portadas de semanarios.

Lo que ocurre con Raúl Cerezo es que su ambición le lleva a entender el cortometraje no como una plataforma de salto al largo o como un lugar de experimentación, sino como un fin en sí mismo, como recoge su tendencia evidente a seguir vinculado a este mercado, ya sea mediante festivales como Escorto, muestras como ¡Córtate! o el blog que aquí da entrada. Esa carrera, que ya se extiende por más de tres lustros, ha tenido sus dos grandes hallazgos en dos obras muy peculiares: “Escarnio” y “8”.

Antes de hablar de “8” hay que hablar de “Escarnio”, no solo para trazar una línea de evolución muy patente – o unas similitudes autorales – sino para entender las pretensiones de su director. Se presentaba Escarnio en dos claves, la primera, como adaptación del relato de Horacio Quiroga “La gallina degollada”, que enraizaba en una cultura literaria de la que hacía su leiv motiv. Considerada esta declaración de intenciones, la segunda clave era más explícita si cabe, al ser denominado el proyecto como un “cuentometraje” que escarbaba en la idea de la independencia del cortometraje como formato del mismo modo que el relato corto o el cuento se diferencian de la novela sin que ello suponga una categoría inferior. Así pues, Quiroga era una elección perfecta en la que reflejarse, como podría haberlo sido – aunque por motivos estéticos más dispares – Salinger, Poe, Borges, Cortázar o Perrault.

Escarbaba entonces Cerezo en las raíces paganas del cuento de hadas, en la figura divina del Sol, en la vinculación de la fertilidad femenina con la Tierra, en Ricitos de Oro y su tradición oral. El cortometraje como preservación audiovisual del relato. “8” no es distinto, como insiste que de nuevo rechace la categoría de simple cortometraje para ser referido como musicometraje, en un ejercicio de limpieza de formas que acercan los hallazgos ya presentes en “Escarnio” a un lenguaje más universal, en una huida de los referentes que arraigaban en la aún latente tierra carpetovetónica de su anterior trabajo. Aquí, el abrazo a la cultura pagana es más notable y refleja en sí una visión del cortometraje como un lugar al margen de la industria – esto es, de los modales y costumbres socialmente aceptados – y por tanto, su ejecución como un rito que se hace a escondidas, en privado, con fines puramente hedonistas y por tanto, satánico. Donde allí se rendía el culto al Sol y el polvo aquí domina la luna y la niebla.

Pero va más allá, y aquí los poderes demiurgos – y por tanto, perfectos – no están para sellar un destino, sino que son los hombres – y mujeres – los que osan jugar con la naturaleza y esta evade el camino marcado. Es un acto de rebeldía, es una represión. Las figuras familiares siempre aparecen retratadas de un modo negativo ante los ojos de esos niños abiertos por fin ante la violencia del mundo adulto. Las muertes sacan a la luz los secretos familiares, sus puntos más débiles, y rompen con la unidad aparente al dejar al descubierto el lado oscuro que la sociedad no ve. Los ojos inocentes de sus protagonistas no quedan mancillados, se mantienen puros y expectantes aun cuando para ellos se ha acabado el camino que discurrir.

La latente tensión que maneja aquí Cerezo tiene más del sádico y refinado humor negro de Polanski que del moralismo de Rod Serling. Poco a poco “8” va desencadenando su sucesión de imágenes, su montaje en paralelo para desenmarañar un relato que termina por liberarse en un único intercambio de miradas, libre ya de sus propias ataduras formales para encontrar con el espectador un momento de respiro que, paradójicamente, te hace mantener la respiración. Mención aparte el trabajo fotográfico de Ignacio Aguilar, que se ajusta a los deseos de Cerezo con un anhelo más clásico que nostálgico, más centrado en lo perdurable de los trabajos en los que se inspira que de añoranza de esos tiempos pasados, separando el grano de la paja. Esta suma de voluntades demuestra las intenciones de Cerezo de considerar el cortometraje como un camino perfectamente válido en el que dar rienda a la imaginación sin ataduras y donde reconciliarse con el espectador más exigente.


Lerink.


* Nota al pie: Eso no quiere decir que no haya aún talentos por descubrir y grandes cortometrajes salidos de la nada, pero es inevitable que, entre el cierre de festivales, la escasez de ayudas y la normalización mal entendida del mercado - abriéndolo a propuestas de amateurismo rampante - los vicios de lo que ya era un mundo endogámico se han multiplicado.

05 septiembre, 2011

Cosas que pasan

P.T. Anderson es uno de esos directores que podrían entrar en la categoría de megalómanos, ciertamente obsesionado por las grandes historias corales, pero artesano relojero capaz de encajar las más finas ruedecillas. Esta es la historia de uno de sus films, y quiero pensar que no es simplemente una casualidad...

A pesar de las múltiples referencias al azar, el destino o la religión, esos que muchos consideran grandes pensamientos de la humanidad, siempre he considerado Magnolia como una película que habla de la soledad.


Con un principio directo, la narración inicial bombardea historias aparentemente casuales, situaciones imposibles que parecen fruto del azar, sin embargo el propio narrador acaba concluyendo que no pueden ser fruto de la casualidad, que no pueden ser "una de esas cosas". Un narrador que indirectamente nos habla del destino, un destino unido para todos los personajes, un camino de vidas cruzadas que además se convertirá en un camino de redención y expiación personal, la búsqueda del amor y el perdón necesario para escapar del uno.

Es la canción de Aimee Mann la que pone en perspectiva esta situación mientras se nos presentan los personajes, sin necesidad de definirlos en su totalidad, solo con pequeñas pinceladas que sugieren de forma simple como se podrán entrecruzar sus caminos. Siempre me ha parecido magnifico el uso de las canciones de Mann para esta película, canciones que existían antes de la misma y que gracias a Anderson completan el significado de algunos de los momentos principales, algo como si fuese la historia la que envuelve las canciones y no al revés.

Pocas historias pueden permitirse el lujo de tener un clímax central tan largo y no sufrir las consecuencias, pero el goteo constante de momentos que se sucede desde que empieza el concurso (precedido de un plano secuencia magistral) se presenta de forma que no hay opción. Stanley, su problema de incontinencia y posterior discurso (no soy un juguete) en el mismo escenario que Jimmy Gator y su desmayo en antena. Jim y Claudia en una escena romántica de bizarrismo absoluto (que recuerda en pequeño a Punch-Drunk Love) y que acaba más tarde con Jim perdiendo su pistola. Frank enfrentándose a los fantasmas del pasado en manos de su entrevistadora. Phil luchando por encontrar a Frank, el hijo "perdido" de Earl. Donnie y su declaración en el bar. Y Linda, que siempre fue mi personaje favorito (a pesar de lo llamativo de Frank), pidiendo no ser juzgada en la farmacia, intentando renunciar a su testamento y posteriormente lanzándose al suicidio incapaz de soportar su pasado... Clímax que además representa el centro de unión de sus caminos, es el momento donde sus vidas están más juntas (y donde se cae en la cuenta que Earl es el productor del programa de Gator, el eslabón final), y sin embargo, es también el momento donde están más solos. Un momento de soledad que empieza con el enfrentamiento final de Earl ante la muerte y sus remordimientos. Un momento coronado por otro espacio musical, una de mis escenas favoritas de siempre... El lugar donde se asume otra vez en letras de Aimee Mann que hay que despertar, que todo va a seguir igual y que en ultima instancia, lo mejor es rendirse...

What am I doing? I'm quietly judging you.

Es ese destino que no todo el mundo acepta, el mensaje de rendirse para que todo pare. Es el momento de descubrir que no es la única salida, asumir los propios actos, abrazar la alternativa de aprender a vivir con las consecuencias. Un momento de aceptación representado por una lluvia de ranas, no tanto por un significado bíblico del castigo sino como momento de purificación, la hostia en la cara que te devuelve al camino y te hace despertar. La catarsis colectiva de todos los personajes...

Y solo falta cerrar el círculo, un epílogo que vuelve a recorrer las casualidades y rematado por la sonrisa a cámara de Claudia, un detalle que no estaba en el guión pero que encaja perfectamente con el monólogo inicial de Jim al espectador, ese Jim que nos instaba a intentar hacer el bien y ese Jim que finalmente lo consigue en manos de Claudia, como no, envuelto en otra letra de Aimee Mann pidiendo por la salvación.


Magnolia no es solo una historia de historias, más allá de todas sus interpretaciones bíblicas y caminos redentores, es un ejercicio de estilo espectacular. Toda la megalomanía de Anderson y su obsesión enfermiza por el plano secuencia presente en prácticamente todo el metraje, los momentos de metalenguaje donde se habla directamente al espectador, el monólogo de Phil haciendo referencia a los momentos de las películas donde se pide ayuda mientras él pide ayuda, hacen una obra faraónica que, a pesar de sus (no demasiados) defectos, crea un conjunto global que entra en la categoría de cine con mayúsculas.

Quizá no sea del todo objetivo con esto porque Magnolia es mi película casual, es la que vi de casualidad en la tele y me aburrió, y a la que di una segunda oportunidad única y exclusivamente por Julianne Moore. Una segunda vez que, ahora sí, consiguió hipnotizarme. Es la película por la cual mire con otros ojos a Cerezo cuando todo el mundo le llamaba troll allá en ciertos foros. Una persona con tanto amor por lo mismo que yo debe tener algo de razón, y gracias a eso probablemente he acabado escribiendo aquí. Es por eso que Magnolia es y casi seguro será por muchos años, mi película favorita.

Y es por eso que al final he decidido cerrar mi círculo y dedicarle un texto, no tanto por ser algo novedoso o porque crea haber escrito cosas nunca dichas, sino porque simplemente es algo que le debía desde hace tiempo.

Porque creo que Magnolia no es solo algo que simplemente pase...

Pedro Pérez (aka Findor)

02 septiembre, 2011

El enemigo está dentro




Aparece la noticia hace algunos meses de que Scott está decidido en ahondar en los origenes del primer Alien, y nosotros nos preguntamos si es necesario. Ha sido una saga que ha contado con un sin fin de secuelas de calidad decreciente en la que se intentaba expandir la mitología del primer film, en algunos casos incluyendo crossover con olor a chotuno por los cuatro costados. El film del 79 sigue tan vigente como entonces con ese huevo amenazador sobre fondo negro dándonos la bienvenida al espacio exterior. El público ya no es tan inocente como entonces, no me imagino lo que sería para el espectador de entonces enfrentarse al film sin información por trailers youtube y con dos líneas de sipnosis.

Proyecto lleno de sinergia juvenil aprobado por la Fox en plena vorágine de Star Wars sin saber muy bien que tenían entre manos, un guión con mil referencias a scifi de los 50, Lovecraft, 2001, y todo lo que tuvieran a mano, que en garras de Scott y su equipo se convirtió en una ópera de horror y muerte en tres actos. En primer lugar lo que sorprende del film es la tenebrista foto a cargo de Derek Vanlint, esta vez no es ese espacio ideado por Lucas un par de años atrás lleno de lásers de colores y naves, sino un espacio negro sin apenas estrellas y unos pasillos lóbregos y apenas iluminados de una vieja barcaza con pinta de catedral que avanza lentamente hacia nosotros, el film ha sido descrito como un cuento con castillo encantado.

La historia es tan vieja como el propio cine, un grupo de siete miembros enfrentados a una bestia en un escenario claustrofóbico, lo que es moderno es el tratamiento formal que se da a esos mimbres, no hay otra película igual a esta y posiblemente nunca la habrá. Los verdaderos protagonistas del film son ese Nostromo sucio lleno de pasillo laberinticos, un ente vivo que incluso palpita, y el otro es esa criatura de aspecto fálico diseñada por H.R. Giger, se dice que Scott quedó prendado de la sexualidad perturbadora de su obra gráfica Necronomicón y acabó reclutándolo. Una nueva raza de criaturas cambiante y letal, como indica el logo de los créditos, con una extraña obsesión por reproducirse y por exterminar a todo aquel que se cruce en su camino, en el colmo del humor negro una serie de arquetipos humanos que responden a una serie de debilidades típicamente humanas: curiosidad, indecisión, miedo...a los cuales, para sorpresa del espectador, se va cargando sin respetar rangos principales (nadie se espera lo de Dallas) imperando la sensación de pesimismo durante todo el metraje.

El film podría ser tomado como una de aquellas viejas historias medievales sobre cazadores de dragones, si no fuera por su escenario postmoderno y por la inusitada astucia de su bestia, un ser polimorfo que va adoptando diferentes roles a lo largo del film, podría ser aquel abismo que nos devolvía la mirada según Nietzsche, pero nos niegan hasta la posibilidad de mirarlo a los ojos, lo que si vemos fugazmente es una sonrisa babeante y dentro de ella como un macabro juego de muñecas rusas, otra boca. En palabras de algún personaje se nos dice que es un feroz hijo de puta, una abstracción de nuestros miedos más primitivos, esa sombra negra que aparece donde menos te lo esperas, incluso fundido con la propia nave extendiendote la mano, incluido dentro de ti.

El climax final del film es el triunfo de la princesa asexuada contra el monstruo fálico, hasta llega a ponerse armadura y coger la ballesta, a todos nos encantó verlo por primera vez.


By Valek.

12 agosto, 2011

Cualquier tiempo pasado fue anterior

Empiezo parafraseando a Les Luthiers y recordando además un concepto de Cerezo que siempre habla de “nostalgia podiosera y falaz”… Sí hijos, me apetece hablar de la nostalgia…

Algún día todos seremos el abuelo de Werther's

Siempre me ha parecido curioso cómo funciona la nostalgia y los recuerdos cuando se aplican al cine o la televisión. Cierta generación suele recordar Mazinger Z como una grandísima serie, con una animación espectacular y acción trepidante. Cuando uno ve Mazinger de mayor descubre algo totalmente diferente, sin embargo conozco a bastantes personas que no van a renegar de su amor por Mazinger así como así, a pesar de haber cambiado…

Digo que es curioso porque me da la impresión que el apego a estos recuerdos funciona de forma diferente en cine y televisión. No conozco a muchas personas que sigan profesando admiración por el Padre Abraham y sus pitufos, Enrique y Ana o Parchís y quieran venderlo como música maravillosa al nivel de los nocturnos de Chopin. Muchos jugamos de pequeños con ositos de peluche, con Scalectrix o el fabuloso TCR que cambiaba de carril cuando le salía de las narices, pero los “descartamos” (aunque haya gente que haga modelismo, que siempre parece una versión más “adulta” aunque no lo sea, como las películas de Nolan). Podría decir que, estadísticamente, la mayoría de la población mundial debe haber pasado sus momentos más felices con alguna clase de engendro de relleno espumoso, pero prácticamente ningún adulto juega con peluches si no hay alguna clase de sexo asociado al hecho…

Sin embargo cada día entiendo menos lo de disfrutar como un niño. La vida es un cambio constante, mientras no se siente ningún apego con gran cantidad de cosas en la vida y se descartan, parece que el cine debe sufrir un inmenso síndrome de Diógenes y hay que apegarse cual mejillón a la roca a las cosas que uno vio de niño o a ese tipo de cine que le retrotrae a uno a un feto con cerebro del tamaño de una nuez. Tampoco entiendo lo de “no quiero analizar porque disfrutaré menos del cine” (también llamado “ni sé de cine ni me interesa porque entonces dejaré de ser feliz”). Podría hacer un ejercicio con alguien de estos y seguro que por cada película que disfrute y yo no soy capaz de encontrar una película que yo disfrute y él no. No hablamos para nada de dejar de disfrutar sino de cambiar el objeto con el que se disfruta, un intercambio de cromos que todo el mundo ejecuta en su vida con otras cosas, incluyendo amores.

Yo soy una persona que tiene miedo al cambio, socialmente me traumatiza que mi alrededor se mueva demasiado rápido, el nombre clínico para ello es metathesiofobia, sin embargo encuentro el mundo del cine el medio ideal para enfrentarme a ello, no me da miedo reconocer que he perdido muchas horas de mi vida viendo mierda o que me he gastado mucho dinero en dvds y blu-rays que ahora no usaría ni de posavasos, no me da miedo admitir que en un periodo de unos años he cambiado mis gustos y que ahora disfruto de otro tipo de cine, no más ni menos, otro tipo, y veo la misma cantidad de películas que hace unos años. Quizá esta posición me hace ser más intransigente con los que se apegan a lo de no analizar cuando probablemente la realidad es que no lo han probado.

No entiendo ese miedo a levantarse un día y pensar “mierda, ya no me gustan los Goonies, ahora me gusta Haneke” o “mierda, ya no podré ver Sucker Punch y sentirme cerebralmente como una ameba”.

Todo el mundo siempre piensa en dar saltos, en arriesgarse en la vida, en ir a mejor, en venderlo todo, abandonar su país, sus amigos, a su mujer y a su hijo y montar un chiringuito en Copacabana… Eso sí, llevando el DVD de Juegos de Guerra siempre en la maleta…

Pedro Pérez (aka Findor)