07 diciembre, 2007

VIGALONDO (2007) CRONOCRÍMENES DE LOS NACHO




Cerezo 1: ¿Y este imagen? Si está obsoleta, ¿no?
Cerezo 2: Con el link que pondremos al final, tendrá sentido.
Cerezo 3: ¿Ein?
Cerezo 2: Bueno, qué, ¿nos ha gustado o no?
Cerezo 3: Sin spóiler que, mirad a la derecha, aquí hay peña escuchando.
Cerezo 1: Pues yo estoy algo desconcertado, ¿eh?
Cerezo 3: ¿Por?
Cerezo 1: Joder machos, porque la economía de medios a veces le hace pupa, ¿eh? La fotografía en el plano de...
Cerezo 2: No jodas tío, por ese lado no, que es Nacho, coñooooooooooo. Además, lleva el rollo serie Zetosa, feísta y todo eso que...
Cerezo 3: Mala defensa es ésa...
Cerezo 2: Bueno, pero el SONIDO es acojonante.
Cerezo 1: Eso sí, ¿ves? Los fueras de campo que se apoyan en el sonido dejarían en pelota a su adorado Mctiernan, a cocina vista.
Cerezo 2: Y la música del Mira, a mí me ha molao, ¿eh?
Cerezo 3: Tiene momentos que son bastante de "levantar la ceja" y un "do malvado", ¿eh?
Cerezo 1: Pfffffff, bueno, pero se apoya en el rollo Zetoso y feísta ése, pega. Además, tiene texturas y efectos que son realmente desasosegantes. El mejor trabajo de Mira hasta la fecha es la banda sonora de Los Cronocrímenes, y se acabó.
Cerezo 2: Sí.
Cerezo 3: Sí.
Cerezo 2: Oye, y qué tetas la Goenaga, ¿eh?
Cerezo 1: Para mí, ese momento entronca directamente con la antología que os apetezca.
Cerezo 3: Un gran logro, qué duda cabe. Y espléndida Bárbara ahí, muy sobria.
Cerezo 1: Y no sólo ahí, eh, la tía está muy contenida en toda la película. A mi es la que más me ha gustado.
Cerezo 2: Sí, porque el Karra, pufffffffffffff
Cerezo 3: Pero está doblada casi toda la película, ¿no?
Cerezo 1: No sé, pero en general me ha sonado todo como demasiado falsete, muy a, b y c en todas las citaciones del texto.
Cerezo 3: No te pongas soplapollas. A mí Karra, con toda su mímica de acción, me ha cumplido.
Cerezo 2: Y Nacho, creo que es su mejor papel, ¿eh?
Cerezo 1: En cualquier caso, se ha puesto bien a cubierto. Realmente Nacho es él mismo, dirige la operación y dirige la película. Metalenguaje puro.
Cerezo 2: Sí, cumple, cumple.
Cerezo 3: Oye, la que hace de mujer de Karra no me ha gustado nada, ¿eh?
Cerezo 2: Ni a mí.
Cerezo 1: Es insalvable, qué duda cabe.
Cerezo 2: En los aspectos que NO tienen que ver con Nacho, yo me quedo con el sonido, sin duda.
Cerezo 1: Ya, pero...
Cerezo 3: Porque el guión es una jodida reflexión acojonante, os habrá encantado, ¿no?
Cerezo 2: Me pasa igual.
Cerezo 1: Sí, lo noto.
Cerezo 3: Es que no se me ocurre otra manera mejor de debutar quedándote a gusto: ¿qué homenaje al cine es mejor que una peli de viajes temporales? El cinematógrafo siempre será para todos una maldita máquina del tiempo. Para los que lo ven, para los que lo hacen.
Cerezo 1: Sí, bueno, pero además al Vigalondo es un tema que le encanta.
Cerezo 2: Y no sólo él hace papel de su alter ego, sino que encima Karra hace de espectador, director y guionista de la historia, en cada tramo.
Cerezo 3: Hostias, y ese plano que se sientan "a ver qué pasa".
Cerezo 1: Por no hablar del maldito plano final, que creo que es ése. ¿Cómo lo ha hecho el mamón?¿Cómo "han volado" así?
Cerezo 2: No sé, pero también tiene grandísimos momentos, como La momia rosa autodescubriéndose en el espejo retrovisor del coche.
Cerezo 3: Ostia puta, sí, y realmente eso explica toda la película. Los soplapollas que dicen que hay un fallo en el bucle porque no saben cuándo empieza deberían estudiarse ese momento...¡VIVA LA FICCIÓN Y LOS NO PORQUÉSES!
Cerezo 2: ¿Qué fallo?
Cerezo 1: El mismo que te hará creer que un hombre puede volar, no te jode. Fallo, fallo...
Cerezo 3: El guión es como un post muy inspirado en su blog, ¿eh?
Cerezo 2: Sí, es que la peli es muy Nacho Vigalondo.
Cerezo 1: Sí, y Darkman.
Cerezo 3: JAAJAJAJJAJAJAJAJAJAJ
Cerezo 2: AJAJAJAJAJAJAJAJJAJAJ
Cerezo 1: ¿Qué?
Cerezo 2: El "busco referencias, luego existo" no lo emplees con nosotros, amigo. Que nos (te) conocemos.
Cerezo 1: Joder, pero las vendas y...
Cerezo 2: JAJAJAJA, las vendas dice. Cállate la puta boca.
Cerezo 3. La película es personal de cojones, digo. Y Nacho hace lo mismo que Sánchez Arévalo con su AzulOscurocasinegro, dejar atrás la cinefilia para firmar la película con pluma y espada. Es que la cinefagia mata, todos los cortometrajistas están debutando del mismo palo: "mi película será una referencia a tal, o cuál". Y claro, de eso no se entera ni Dios, y les salen mojones.
Cerezo 1: Y qué tetas la Goenaga, ¿eh?
Cerezo 2: Si, buen trabajo.
Cerezo 3: Secundo.
Cerezo 2: Oye, entonces...¿nos gusta?
Cerezo 1: Nos gusta, sobre todo de texto. Es una película muy remitida a su texto, muy confiada. No quiere estorbar con otros elementos.
Cerezo 3: Coño, sí nos gusta, sí.
Cerezo 2: Es que la debería adorar todo cortometrajista. Es un ejemplo claro de cómo debutar sin dejarte de lado a ti mismo ni a la cinefagia. Y que ésta última encima no moleste a tu película.
Cerezo 1: Eso es.
Cerezo 2: Oye, ¿y por qué no se vende en España entonces?
Cerezo 1: Bueno, ya sabes. Hazlo.
Cerezo 3: ¿Ya?
Cerezo 1: Ya, hazlo.
Cerezo 3: PUES LINKEMOS

03 diciembre, 2007

CHARLOT Y CHAPLIN:EL NIÑO-HOMBRE Y EL HOMBRE-NIÑO




Antes de que la mafia se hiciera con el control de la producción industrial de mitos, existió un tiempo en que estos aparecían por pura necesidad de los sistemas sociales, casi como surgen las revoluciones. El primer mito propiamente cinematográfico en aparecer fue (como siempre son los mitos, quieran o no hacerlo evidente) no una persona, sino un personaje: Charlot. A su aparición era el primer hombre real que proyectaban los cinematógrafos, empeñados hasta entonces en la absurda creencia de que el cine sólo podía ser arte si convertía las grandes obras literarias en melodramas con malos y buenos de cartón piedra. La poética del cine surge del referente literario, pero también de la comedia muda, del trastazo, del circo, del espectáculo infantil. ¿Quién no desea ser un niño, reírse como un niño, disfrazarse, golpear, jugar impunemente, como un niño? Charlot lo consiguió en sus películas, y desde su carácter de creador, Chaplin también. Pero algo debe quedar meridianamente claro: Charlot no es Chaplin. Salta a la vista, con sólo revisar la biografía del genio, que él era un hombre que quería ser niño. Y quizá como medida terapéutica autoimpuesta, creó a Charlot, un niño que quería ser hombre.

Un rápido repaso a la filmografía del personaje y a la biografía de su creador explicará esta oposición de caracteres con más elocuencia: una filmografía y una biografía en franca coherencia con el tiempo en que transcurren, debido a lo cual resulta inevitable la división en tres etapas especialmente emblemáticas del siglo XX: los años veinte y los posteriores a la crisis del 29: la década de los 30 y de los 40.

Charlot nace al largometraje quizá con la vuelta de tuerca más compleja a su personaje: “El chico” (The Kid, 1921). También acaban de nacer los años veinte, y con ellos la especulación optimista y el insolidario desenfreno festivo de Grandes Gatsbys. Pero Chaplin es un burgués que odia a los burgueses, porque comprende que no hay nadie mejor a quien odiar que a uno mismo. Quizá se siente un traidor. De ahí su filiación a los marginados, de ahí su apego a los niños huérfanos, los seres más indefensos de la naturaleza. Tras experimentar el amargo trago de la muerte de su hijo al poco de nacer, Chaplin descubrió al niño Jackie Coogan, y encontró en él a una especie de alter-ego en quien depositar su afecto paternal frustrado. Así nace su primer largometraje: como una disección implacable de su momento vital, es el retrato de un niño que cuida a otro niño. Porque la convivencia de Charlot con el huérfano al que encuentra por accidente sólo tiene un patrón de conducta: el padre adoptivo permite al niño hacer todo lo que un niño permitiría a otro. Esta relación de franca igualdad se opone frontalmente a la opinión que Chaplin y Charlot tienen de la ley: sus agentes, más que personas, son ruedas pertenecientes a un engranaje que no responde a razones. Cuando el vagabundo encuentra al niño y el policía lo culpa del abandono, no intenta siquiera explicarle el malentendido: sabe que sus decisiones, aún basadas en el error, son inapelables. Más adelante descubriremos otras ruedas del engranaje del sistema, igualmente definitivas en la historia: los dickensianos agentes del orfanato, que intentan arrebatarle a su hijo por el capricho de la adinerada y ridícula madre biológica que lo abandonó en un paroxismo de melodrama (de nuevo la parodia literaria, la configuración en imagen cómica de aquello que en palabras resulta augusto). La paradoja y la crítica son aquí patentes: el mismo sistema que le ha obligado a adoptar a un niño pretende arrebatárselo cuando la relación entre ambos se haya consolidada. La mezcla insólita de drama (literatura) y comedia (circo, vodevil, cine) en tan ajustada proporción se da aquí por primera vez en la historia del cine, pero este cóctel genérico no es casual, porque en esta película el mundo infantil se opone y trenza al adulto como la comedia al drama. No hay más que recordar la secuencia que establece paralelismos entre la pelea de los niños y la de los adultos. Charlot descubrirá el mundo exterior al microcosmos de su vecindad debido a la irrupción del mundo adulto, y una vez derrotado en su deseo más íntimo sólo le quedará disfrazar la realidad de cielo cursi plagado de ángeles.

Este temor al mundo adulto es también el principio del comportamiento de Charlot en “La quimera del oro” (The Gold Rush, 1925). Tras ser emboscado en una trampa perpetrada por la joven actriz de la película (Lita Grey) y su madre, el director hubo de casarse con ella y sustituirla en la ficción por otra. De nuevo Chaplin, el hombre, quiere volver a ser aquel niño huérfano que en su día quiso ser adulto para poder controlar su propia vida, y aún adaptando del original literario de Jack London con distintivos propios de comedia, le sale una película sobre el desengaño en la que Charlot, el niño, busca la madurez a través del oro prometido de Alaska para terminar encontrándose en un mundo de clima inhóspito, hombres gigantescos y mujeres insensibles, donde el canibalismo es una opción, el asesinato una costumbre y se da la bienvenida al año nuevo con disparos de revólver. En semejante infierno, el hombrecillo indefenso es un inadaptado: la mujer a quien ama juega con él sin remordimientos y se mofa de su inocencia con otras mujerzuelas, y a nadie le importa la poética pureza de la nieve, sino el implacable valor económico del oro que esconde. Por eso la película se cierra con optimismo, en un final en que el oro y el amor conviven sin incongruencias: Chaplin sabe que, de no ocurrir en la ficción, no ocurrirá de otro modo. No son la época ni el lugar adecuado.

En su siguiente largometraje, “El circo” (1928), Charlot se aleja de la literatura, y es significativo que destile su estilo cada vez más fílmico a través de la representación de un espectáculo como el circense. De nuevo en la confrontación de Charlot contra el mundo vuelve a oponerse la infancia a la madurez, en un duelo metahumorístico no exento de cierta hipocresía: humor espontáneo (niñez, comicidad, circo) contra humor meditado (madurez, seriedad, literaturización). En la cinta, la cualidad cómica de Charlot es descubierta accidentalmente por el severo dueño de un circo en cuya pista el hombrecillo irrumpe acosado (una vez más) por la persecución policial. Convencido de su futuro en el espectáculo, el dueño decidirá someterlo a una prueba de ingreso en su negocio. Pero este examen, articulado en torno a diversos gags tópicos e iniciado con un absurdamente imperativo “¡haz gracia!”, no dará los resultados esperados en un Charlot cuyo humor radica única y puramente en su inocencia. Precisamente lo que ocurre en las bambalinas de la prueba (la confusión de sillas entre Charlot y el irascible dueño del circo) será más humorístico que la prueba misma. Sin duda esta sensación de objetivismo humorístico, como apuntábamos antes, no salva la hipocresía inmanente a toda ironía metaficcional, pero mantiene intacta la brillantez con que aquí se nos habla de la decepción del espectador natural del circo (el niño) al presenciar la paradoja que supone el humor como negocio: el dueño malvado, la bailarina hambrienta, los payasos tristes. La presión neurótica del que tiene que ser gracioso. El adulto, en su ambición desmedida por controlar, somete incluso la sonrisa de un niño a su particular tiranía del dinero. Y Charlot es engañado como un niño desvalido, utilizado, domado por el domador de leones, como lo fue Chaplin por Lita Grey y su augusta madre: el dueño lo contrata como utillero sabiendo que, por menos dinero, su torpeza natural derivará inevitablemente en el espectáculo que todos desean ver. Pero aún le queda otro sapo que tragar: la bailarina de la que se encuentra enamorado ama a su vez al nuevo equilibrista (con esa voluntad endogámica de los siempre itinerantes). Por eso Charlot ríe cuando el funambulista está a punto de caer desde lo alto. Ríe la inminencia de la desgracia como un niño cruel insatisfecho en su deseo, y se duele de que esta no suceda... y lo mejor de todo es que consigue que nosotros riamos con él, que odiemos con él, como en Monsieur Verdoux conseguirá que matemos con él.

“Luces de ciudad” (City Lights, 1931) será su última película en la primera de las dos etapas en que hemos dividido nuestra clasificación, y que culminan con la muerte definitiva de Charlot (que no de Chaplin, insistimos). Ha ocurrido ya la crisis del 29, y los Estados Unidos se hayan sumidos en las consecuencias de sus propios excesos. En esta dependencia del exceso, el millonario suicida del film constituye el motor de la acción por cuanto de su situación etílica depende la aceptación o el desprecio hacia Charlot: ebrio, le regala un coche, le colma de atenciones y se constituye en deudor de su vida; sobrio lo hace ahuyentar de su casa como una enfermedad. Suele decirse que los niños y los borrachos poseen la verdad, y la sobriedad del caballero sólo puede interpretarse como la sublimación económico-esquizoide del carácter contradictorio de los adultos.

Pero no cesa aquí esta dualidad. También el propio Charlot, en su relación con la chica ciega que lo confunde con un caballero acaudalado, ha de dejar a un lado el niño y comportarse como un adulto, intentando disfrazar la realidad a una inocente empleando la fabulación y el trabajo, “literaturizando” su vida en la asunción de cuentacuentos, como décadas más tarde, aprendida la lección, haría Benigni en su “La vida es bella”. No deja de ser un presupuesto pesimista el identificar ceguera con inocencia, y sin duda dice mucho de lo que a partir de ahora serán los valores a explotar en la filmografía de Chaplin. La contradicción de esta doble vida de niño-adulto dará con los huesos de Charlot en la cárcel cuando, al intentar impedir el robo en casa del millonario, este recupere la consciencia y lo acuse, obligándole a escapar (una vez más de una policía que no atiende a razones) con el dinero y ofrecerlo a su amada invidente para que recupere la vista y contemple por fin las luces de la ciudad, aunque sea sin él.

Existe ya cierta amargura en el final de “Luces de ciudad”, porque en una época como esta ya no hay cabida para finales felices, para el engaño. De ahora en adelante, los films de Charlot no serán los de siempre, sino los de un Charlot que agoniza entre crisis económicas, bélicas y cinematográficas (la irrupción del sonoro). Porque si bien Chaplin nunca se había mostrado indolente ante la insalvable paradoja clasista en la llamada “sociedad de las oportunidades”, a partir de ahora su cine será progresivamente más oscuro, ácido y duro que nunca: el niño se muere. Y la pesadilla kafkiana del siglo XX comenzará con “Tiempos modernos” (Modern Times, 1936).

Woody Allen nace de “Tiempos modernos” en “Bananas”, aplastado por una maquinaria avasalladora de musculación inapropiada para su débil cuerpo, y se desarrolla en su posterior filmografía convirtiendo este mecanicismo inflexible en presión social, y su cansancio en neurosis. Resulta significativo que el mejor cineasta humorista de los últimos 35 años sea precisamente un niño que no ha sabido crecer. Porque eso, y no otra cosa, es Charlot en “Tiempos modernos”.

La película comienza con una crítica decidida al modelo taylorista de producción, desde una perspectiva cercana a (aprendida de) obras literarias previas sobre futuros distópicos, como el “1984” de Orwell o “Un mundo feliz” de Huxley: Charlot es un obrero anónimo en un sistema sin margen a la improvisación, que con sus dos manos ha de apretar sendas tuercas por plancha metálica que desfila ante sus ojos (rentabilidad inhumana de la morfología humana). El asfixiante carácter serial, lineal de su trabajo, anula todo pensamiento ajeno al sistema, de modo que un molesto abejorro puede provocar un paro decisivo en la producción. Incluso la “hora del bocata”, el único posible resquicio de libertad, está prevista por este mecanicismo destructivo en una máquina que, sin embargo, no prevé la humanidad del comensal. El carácter espantosamente alienante de su trabajo, obliga psicológicamente a Charlot a estallar en una crisis nerviosa que arrasa con todo y con todos, que destruye máquinas, que aprieta tuercas que no existen, que embadurna de aceite a los impecables directivos de la empresa. El hombre industrial, un ser tan útil para todos que resulta inútil para sí mismo, encuentra su catarsis en el comportamiento infantil, en lo imprevisto, en lo no programado.

Al ser expulsado de la fábrica, descubrimos con Charlot un mundo aún peor de lo que ya imaginábamos: la oposición ideológica lo domina todo. Ser adulto salva y condena al mismo tiempo. Incluso la chica (Paulette Godard), una huérfana adicta a los plátanos, ostenta un aspecto más resabiado y sexual de lo que venía siendo habitual en las actrices de Chaplin. Será en ella en quien encuentre la estabilidad emocional que busca, y formarán una pareja que se desmarca esencialmente de los crudos acontecimientos de su entorno. Juntos aprovecharán cualquier oportunidad para disfrutar de lo poco que queda de inocente en el mundo en que viven (como la juguetería de los grandes almacenes en que Charlot entra a trabajar como vigilante), y en una choza medio derruida harán planes de futuro como jugando “a las casitas” entre máquinas y revoluciones.

El ambiguo final de “Tiempos modernos” no hace sino ratificar la complejidad que ya se apuntaba en “Luces de ciudad”. La película concluye con el vagabundo y la huérfana encaminándose al horizonte, felices... pero perseguidos. Charlot va ahora acompañado, pero con alguien que arrastra tras de sí las iras del propio sistema. Ya no podrá nunca más dar una patada al destino, como hacía en sus anteriores películas. Ha madurado a un precio muy alto. Es la hora de morir.

Puede considerarse “El gran dictador” (The Great Dictator, 1940) como un cierre estrictamente consecuente al personaje de Charlot: en primer lugar, porque Chaplin supo ver que el vagabundo no debía envejecer (no hay nada más incoherente que un mito viejo); en segundo lugar, porque sabía que cuando Charlot hablara, dejaría de ser Charlot. Y así fue. Tanto, que al término de la película el vagabundo adopta otra personalidad, la del poderoso Hynkel, para proferir un mensaje de paz en el mismo tono agresivo que utilizaba el beligerante tirano.

La película parte del cimiento común a las últimas películas de Charlot: vagabundo inocente (aquí debido a su amnesia) enfrentado a un mundo en un aterrador proceso de cambio (el ascenso de los fascismos). Pero pronto comprobamos que aquí no hay adultos y niños, no hay responsables e irresponsables: en sus servicios a la patria en la Primera Guerra Mundial, Charlot, fiel a sí mismo, se rebela como un redomado torpe, y uno de sus superiores le espeta un severo “¡Esto no es un juego!”. Pero sólo bastarán unos minutos de metraje para conocer los bastidores de las guerras, las decisiones de los grandes gobernantes, y dudar de la veracidad de esta afirmación: en realidad todo el mundo juega, solo que a juegos distintos. Hynkel juega con su esfera planetaria a ser soberano del mundo, a investirse César con una túnica, y contra Napoloni a disputarse territorios como niños enrabietados. Mientras tanto, el “doble” vagabundo que regresa del hospital al mundo real, sufrirá el escandaloso oprobio de la discriminación (el hecho de que los dos sean exactamente iguales es una de las más contundentes ironías de la película). Los agentes nazis, “niños matones” del patio de recreo (los policías más aterradores del cine de Chaplin por cuanto tienen de amoral) dejan poco margen para jugar a aquellos a quienes detestan. Pero lo verdaderamente terrorífico aquí es que, quien dictamina qué niños deben ser detestados, es el propio director del colegio. Se trata del relativismo en estado puro, que también afectaría a Chaplin al estreno de la película: los Estados Unidos, siempre tan seguros en sus creencias, cedieron sin embargo a las presiones nazis que decretaban no estrenar la cinta en Europa, dado que de hacerlo cerrarían el paso a cualquier película estadounidense, con el consiguiente desastre para la industria de Hollywood. Harto de la deshonestidad política, sin un asidero ideológico al que recurrir, Chaplin decidió matar a Charlot. Acaso no quería que su hijo siguiera creciendo en un mundo como aquel, quizá prefería seguir siendo un hombre en busca de su infancia perdida. Y lo mató del único modo en que podía hacerlo en aquellas circunstancias: convirtiéndolo y convirtiéndose en un asesino.

Tras la utopía de “El gran dictador”, “Monsieur Verdoux” se nos presenta como el canto definitivo al cinismo. Si los Estados han perdido sus principios, ¿por qué no puede perderlos el individuo? Si alguien que mata a cientos de personas en una guerra es condecorado, ¿por qué un asesino en serie es ejecutado? De esta brillante premisa parte la película que constituyó el funeral con velas (pero sin plañideras) de Charlot, sobre un metódico francés que, expulsado de su trabajo, decide montar por su cuenta un particular negocio de engatusamiento y asesinato de viudas acaudaladas. Lejanamente inspirada en los crímenes de Landrú, la película, como antes apuntábamos, nos invita a matar con el protagonista. A fin de cuentas (nunca mejor dicho) el dinero que consiga de sus gestiones será destinado al mantenimiento de su mujer paralítica y su angelical hijo, únicos soportes morales en la por lo demás amarga vida de Verdoux. He aquí al Chaplin protector de la infancia y del desvalimiento, el Chaplin que cuida de aquello que desearía ser, el Chaplin que, desencantado del giro de la historia (o tomando conciencia de lo que siempre ha sido) desea abiertamente, honestamente, hacer de la moral un servicio, y del medio un mero instrumento para obtener sus propios fines.

No hay maldad en el personaje de Verdoux: al final de la película se ejecuta a un inocente, y con él los pocos vestigios que ya podían quedar de Charlot: el último alejamiento del personaje en el horizonte se da en dirección al patíbulo, como fiel testimonio de la muerte definitiva del niño. Verdoux desea únicamente la muerte de las viudas por lo que le reportará económicamente, el odio no tiene cabida en sus actos. De hecho, una vez muertos su mujer y su hijo, y con ellos su propia inocencia, se entregará voluntariamente a la policía, porque ya no le queda nada. Tampoco a Chaplin le queda nada por hacer en los EE.UU., un país sumido en el disparate del macarthismo que, tras la proyección de esta película, lo expulsa por considerarlo “militante comunista”. Nadie entiende nada: una vez más, los ignorantes expulsan al genio.

Porque Chaplin fue y será ya por siempre el primer genio del cine. Alguien que supo ver que para ser original había que volver al origen, que para hacer cine había que volver a lo literario y reinterpretarlo, ser niño otra vez y para siempre. Aunque el niño sea, hoy por hoy, sólo una silueta vagabunda alejándose en el horizonte.

PRÓXIMAMENTE: Ahora sí, el Viernes 7 de Diciembre: Los cronocrímenes de Nacho Vigalondo, según Raúl Cerezo.

30 noviembre, 2007

2 AÑOS (y un mes), 100.000 visitas (y dos mil más) y UNA PROMESA















Pues sí, aquí, como lo hacemos
todo tardío, celebramos las 100.000
visitas y los dos años cuando ya nos
pasamos bastante, pero aprovecharemos
la coyuntura para hacer una promesa.


Vosotros, fieles individuos, habéis seguido
dándonos 200 visitas diarias en un blog
que uno ya no sabe si es de cortos, de largos,
de medios o de cuartos...
...y eso merece una promesa. Una promesa de cumpleaños.


Bien, pues nos comprometemos, a partir del lunes de la semana
que viene, a tener las dos actualizaciones semanales
aseguradas. Y, por supuesto, estrenaremos la deuda con la prometida
crítica de Los Cronocrímenes.

JURÓLO.

22 noviembre, 2007

LA GUERRA DE LOS FORMATOS

-3ª PARTE-
(¡Aleluya!)

Con la sustitución del VHS por el DVD hace ya unos 10, 9, 8, 7, 6, 5 años.. (las transiciones llevan su tiempo), se había consumado el paso de lo analógico a lo digital. Ahora, en la siguiente fase, pasaremos de la definición estándar a la Alta Definición o HD (High Definition), por lo que entraremos en la 3ª generación de vídeo doméstico. 1ª: VHS 2ª: DVD 3ª: ¿HD DVD ó Blu-ray? He ahí la cuestión. Pero para poder sacar alguna conclusión, explicaré antes las características de, y las diferencias entre, ambos formatos.
El soporte físico elegido en ambos casos fue, como siempre, el disco, en plan CD y DVD pero con la diferencia de que ahora no usan el habitual rayo láser rojo de 650 nanómetros de grosor sino un láser azul-violeta (de ahí "Blu-ray") de 405 nm, lo que les permite meter más información en el mismo espacio. Concretamente 15 Gigas caben en un HD DVD y 25 GB en el Blu-ray Disc; en una sola capa, claro. Los hay de dos capas, con el doble de capacidad en cada caso, y están desarrollando discos de tres capas, y hasta de cuatro, y a saber cuántas más... Pero no creo que eso importe tanto, ya que tan sólo el HD DVD de una capa, con sus "modestos" 15 GB es capaz de almacenar unas 4 horas de vídeo en alta definición, y los 25 GB del Blu-ray reproducen unas 6 horas; es decir mucho más que una película convencional. Por tanto no deberían vendernos la moto con esa moda de los formatos súper memoria; lo que importa es el resultado, o sea la calidad, no la cantidad. Pero el caso es que Sony también supera a Toshiba con respecto a la velocidad de transferencia de datos y es que el Blu-ray puede correr no sólo a 36,5 Megabits por segundo, como el HD DVD, sino también a 54 Mbps (1,5 veces más rápido); pero incluso hay prototipos Blu-ray del doble de velocidad, a 72 Mbps. Claro que todo esto es en la teoría pues, en la práctica, todo depende de la utilización que cada uno haga de sus capacidades, que casi nunca van a tope de sus posibilidades y suelen utilizar su memoria para meter, a veces con calzador, muchos extras en lugar de destinar el espacio para la propia película. En todo caso, Blu-ray tiene a su disposición la posibilidad de grabar una misma película con menos compresión (más calidad) que HD DVD y, además, sobrarle más espacio que a éste para extras.
La resolución de ambos formatos llega a los 1920 puntos de ancho por 1080 de alto, frente a los 720x576 del DVD (en PAL). Además, pueden estar no sólo en entrelazado 1080i sino también en progresivo 1080p que, para no liarnos, diremos simple y llanamente que.. "p" es mejor que "i". Para hacernos una idea, vale con saber que los estudios de cine utilizan esta misma resolución para sus masters digitales, lo que significa que, gracias al Blu-ray y al HD DVD, podremos ver en nuestra casa (y con un equipazo, claro) la película tal cual fue creada; bueno, casi casi, ya que la compresión de vídeo es mayor en los formatos domésticos. Lo que sí no cambia nada es el sonido, que se mantiene idéntico, bit a bit, al máster original, gracias al Dolby TrueHD y al DTS-HD Master Audio, con sus 7.1 canales sin compresión.
En cuanto al precio (¡muy importante!), el HD DVD se lleva la palma porque es más barato de producir ya que no es más que la evolución directa del DVD, y por tanto su fabricación requiere de pocos cambios en las maquinarias. Al contrario le ocurre al Blu-ray Disc, que es un sistema totalmente distinto al DVD y tecnológicamente más complicado, sobre todo gracias a una capa de protección contra rayas y suciedad que el Blu-ray ostenta. Esto hace que necesite, en principio, de una mayor inversión en la producción de sus reproductores y discos. Sí, lo mismo que le pasó con el Betamax, que era un aparato superior... demasiado quizás. Y en los reproductores actuales se nota el mayor precio de los Blu-ray frente a los HD DVD; donde no se nota nada es en los discos, ¡que valen lo mismo! Y eso que un disco HD DVD lleva casi la mitad de tiempo de fabricación que un Blu-ray. Bueno, habrá que tomárselo como una pequeña propina que le ofrecemos al HD DVD... Comparémoslo con en el canon de la SGAE y todo quedará en una pequeñez sin importancia.
El HD DVD está comandado por Toshiba, en colaboración con NEC, Sanyo, Hitachi, Mitsubishi, Kenwood, Canon, Intel y Microsoft, entre otras. Este último supone incluir el imperio Windows, o sea, la inmensa mayoría de usuarios informáticos, pero también el apoyo mediante su consola XBOX 360 con reproductor HD DVD, aunque, eso sí, como accesorio aparte...
Por otro lado, el Blu-ray, a las órdenes de Sony, contraataca respaldado por su inseparable Philips, y seguido de Panasonic, Dell, TDK, Samsung, Sharp, LG, Pioneer, Hewlett-Packard (HP), Apple,... Y también tenemos en este bando una consola que avala el formato, la PlayStation 3 de Sony, que incluye, de serie, el reproductor Blu-ray.
Cabe mencionar el apoyo del DVD Forum a favor del HD DVD, lo que significa todo el repertorio que lo forma y las facilidades que ello le otorga; sin duda se trata de un enchufe importante a tener muy en cuenta. En cualquier caso, hasta aquí la cosa está bastante igualada; se ve que Sony ha sabido enmendar el error del pasado de no "compartir" su Betamax y quedarse sin aliados.
Quizás más importante son los contactos que cada uno de ellos tiene con el mundo cinematográfico. En el lote HD DVD entran compañías como Universal, Paramount, Dreamworks, Warner,... Y con Blu-ray están la todopoderosa Disney, Columbia, Fox, New Line, Paramount (sólo las pelis de Spielberg), Warner,... Y en el caso de Warner, por ejemplo, empezó exclusivamente para HD DVD, pero luego decidió pasarse también a Blu-ray; y esto mismo sucederá con otras compañías para bien de una u otra. Lo que quiere decir que, evidentemente, la decisión real está en el cliente final, quien podrá decantarse por Blu-ray o HD DVD según le parezca. También hay una tercera elección: no quedarse con ninguno y continuar con el económico DVD; de hecho será ésta la opción mayoritaria durante mucho tiempo. Y no es de extrañar, pues lo mismo ocurrió con el paso del VHS al DVD. Si todavía hoy somos muchos los que aun utilizamos el VHS para grabar de la tele, con tal de no aguantar al urólogo (tocapelotas) DVD y sus +R, -R, RW, 1 capa, DL, dos caras, zona 2, multizona, 16X, esta marca no la admite, ésta sí, RAM, ROM,....... ¡Viva el progreso!
A pesar de los problemas habituales de pasar del robusto analógico al frágil digital, las mejoras también fueron enormes: ya no había posibilidad de elegir mal (¿VHS o Beta?) porque sólo había un formato, era más ligero y manejable,
un empeoramiento nulo con los múltiples visionados gracias al láser, calidad de imagen y sonido muy mejorados, acceso directo a escenas sin rebobinados, adiós al tracking, menúes interactivos con contenidos adicionales, múltiples idiomas y subtítulos,... Si aun con tantos avances tecnológicos nos costó años decidirnos por completo, ¿cuántos años de decisión nos llevará introducirnos en un formato que en realidad sólo aporta una nueva tecnología (mayor calidad de imagen y sonido) y que nos obliga además a elegir entre dos formatos? Sin duda nos queda DVD para rato... Y quizás deberíamos llamar a ésta la Guerra de los 100 Años. ¿O quizás no?
Y es que por otro lado, dando una vuelta más de tuerca (de 180º) al asunto, podríamos razonar la cuestión desde el punto de vista de la revolución tecnológica, y concluiríamos diciendo que, este ritmo tan acelerado que llevamos supondrá, en dos o tres años, que todos tengamos un televisor HD en casa y que ya uno de los dos formatos de alta definición esté en clara decadencia respecto al otro. ¿Quién ganará? La verdad, no me importa. Prefiero fantasear pensando en cual será el formato de 4ª generación, que está a la vuelta de la esquina. A mí se me ocurre uno, del que os hablaré el mes que viene; un nuevo formato más pensado en la estética del propio formato y no tanto en su capacidad de memoria, y que es la única solución a uno de los problemas más en boga, boca, actualmente. Lo dejo ahí, en el aire...

ME-MANIA


MUY PRONTO: Los Cronocrímenes obligan a arremangarse a Cerezo.

04 noviembre, 2007

LA GUERRA DE LOS FORMATOS

-2ª PARTE-

Durante los 80's el VHS ya se había hecho con el mercado del vídeo, y fue entonces cuando todos se pusieron a trabajar en el siguiente reto, el vídeo digital. De nuevo se formaron dos bandos, por un lado el líder Toshiba, acompañado de Time-Warner, Thomson, Hitachi, Mitsubishi, Matsushita, Pioneer y JVC, crearon el soporte SD (Super Density disc), con 5 GB de memoria. Por otro lado los amigos Sony y Philips inventaron un sistema llamado MMCD (MultiMedia Compact Disc), con capacidad para 4,7 GB pero con gran resistencia a los inevitables toqueteos y arañazos.
El señor IBM quiso poner paz en lo que parecía el comienzo de una nueva guerra de formatos, así que propuso a los dos grupos que unificaran sus fuerzas, y ellos, como niños buenos, así lo hicieron. Philips y Sony aceptaron tomar como base el SD de Toshiba, pero incorporándole el sistema de codificación del MMCD, que soporta mejor el trato diario (polvo, huellas,...), sacrificando así la mayor capacidad del SD y asesinando su menor robusteza.
De esta unión nació el omnipresente DVD (Digital Versatile Disc) a finales de siglo, y también su consorcio DVD Forum, que en la actualidad está formado por más de 230 empresas, además de las 10 mencionadas que lo fundaron. El objetivo de esta organización es la de mantener a sus miembros informados sobre las investigaciones que llevan a cabo entre todos, así como la de establecer las especificaciones técnicas oficiales; o sea, lo que haría cualquier empresa de electrónica, sólo que aquí trabajando en grupo (¡hasta Sony!). Y ésta es precisamente la razón de su enorme éxito mundial porque, al estar involucrada prácticamente toda la industria en un mismo formato, no había realmente nadie contra quién competir. Estaba el Video CD (1993) pero, a pesar de su bajo coste, la calidad (como la del VHS) no era apta para el exigente público del nuevo siglo, y nunca llegó a salir masivamente de Asia, donde por supuesto fue pirateado a mansalva, como todo producto de bajo coste. O sea que no había todavía ningún otro disco específico para vídeo y en alta calidad... ¿o sí?
Lo cierto es que existía un formato de disco óptico desde hacía ya 20 años. Creado por MCA (Music Corporation of America) y Philips, el primer disco óptico de la historia es lanzado al mercado en el 78, faltando aun 5 años para el nacimiento del CD. Se trata del LaserDisc, que es como un Compact Disc gigante, tan grande como un disco de vinilo y que, como éste, también es de doble cara. Pero lo más curioso no es su tamaño sino el sistema reproducción, que es analógico! Como lo estáis leyendo, el LaserDisc no es un formato digital como sus primos CD o DVD, sino que se trata del único disco óptico (que se lee con láser) y analógico en el mundo. Esta característica hace que algunas personas, entre las que me incluyo, prefieran la calidad analógica del LaserDisc frente al digitalizado DVD; a pesar de los inconvenientes que el LD presenta, tales como la necesidad de darle la vuelta cada 30 minutos o una hora (dependiendo del tipo de disco), o su fragilidad general frente a problemas técnicos. Pero es que por mucha más resolución y mil cosas mejores que tenga el moderno DVD, aun así, al igual que ocurre con el cine analógico frente al digital, o el vinilo frente al CD, también es una opción a preferir el artesanal y cálido LaserDisc ante el pixelizado y frío DVD; sobre todo en los 01101001011101 mundos que corren.
El LD ha coexistido junto al VHS durante los ±25 años que ambos han sobrevivido, por supuesto el LaserDisc siempre en un nivel muy inferior de ventas, y pensado para esa gente exquisita con especial interés por la tecnología y el cine (que no son pocos). En Europa no funcionó mucho que digamos, pero sí que lo hizo en USA y sobre todo en Japón, donde ayudó bastante la publicación masiva de anime (animación japonesa) y la posibilidad de editar carátulas y diseño gráfico en el gran espacio del que disponían los LD, lo que siempre es de agradecer y más tratándose de un formato adoptado casi únicamente por videófilos (con perdón de la palabra).

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