02 marzo, 2015

Entrevista a Natxo López


Nuestro bienamado líder Raúl Cerezo ha tenido el placer de entrevistar a Natxo López, director y guionista conocido sobretodo por su participación en series como "7 vidas", "Con el culo al aire", "Gran reserva" o "Periodistas". Aparte de esto ha participado en Bloguionistas y cuenta en su haber libros como "Manual del Guionista de Comedias Televisivas" (Editorial T&B) o "Historias del desconcierto" (Ed. Deabruak). 

Disfruten...

1. ¿Crees que la definición de guionista como tal está devaluada? 

Sí. Y creo que está distorsionada. Se le da mucha importancia al guión, pero muy poca al guionista. A veces da la impresión de que escribir un guión es algo no demasiado complicado, un paso ineludible que precede a la labor realmente importante y trascendente, que es la producción, el rodaje. Se considera al guionista como una figura necesaria pero que debe estar separada del proceso posterior a la pura escritura, lo que obviamente es una necedad, y una manera de actuar que hace inevitable que los directores tengan que meterse a reescribir en un determinado punto (porque es obvio que un guión no está terminado del todo hasta que no está terminada la película). 

Por otra parte, la consideración del guionista como artesano que sabe ejercer correctamente un oficio está muy bien, y es importante, pero se echa en falta un mayor hincapié, también, en la figura del guionista “creador” capaz de parir ideas propias, no sólo de darle forma a las de otros. Esa deficiencia se hace palpable en la ausencia de un verdadero mercado de guiones en nuestro país, donde la mayoría de los proyectos surgen a partir de intuiciones de productores o directores que contratan a guionistas para que plasmen por escrito lo que ellos han imaginado. 


2. ¿Está maltratado el guionista en la industria? 



Aquí hay que hablar generalizando porque hay casos de guionistas muy bien tratados y valorados. Pero en el cómputo total, sí, creo que hay muchos aspectos a mejorar en el trato a los guionistas. Nosotros participamos en el momento del proceso más delicado, cuando todavía, a menudo, no hay financiación ni recursos para levantar un proyecto. Eso nos obliga a “invertir” con nuestro trabajo en muchas ocasiones sin recibir remuneración, o sin recibir una remuneración adecuada al esfuerzo que realizamos. Esa inversión a veces se ve recompensada (si la producción sale adelante y el productor es honesto), pero muchas otras veces no. Tanto en televisión como en cine se nos pide a veces desarrollar o proponer ideas con la esperanza de obtener una recompensa si el proyecto prospera. Pero se supone que ese riesgo deberían asumirlo los productores, no nosotros (a no ser que se nos considere también productores, algo que no sucede casi nunca). 

Y luego está además el asunto de cómo y quién valora nuestro trabajo. Entre las virtudes imprescindibles del guionista está la paciencia, la perseverancia y el tener una piel dura ante las críticas, porque los guiones son leídos y evaluados por mucha gente muy diferente que quiere aportar su visión y que demanda cambios que a veces son incluso contradictorios. Los productores quieren una historia de costes asumibles, los directores buscan la excelencia visual, los actores quieren representar personajes con los que poder lucirse, los directivos de las cadenas buscan la comercialidad… Todos ellos tienen todo el derecho a opinar sobre un guión, pero en última instancia es el guionista quien debe ponerse ante el teclado, y una multiplicidad de indicaciones en distintas direcciones puede provocar un resultado caótico, sin una visión definida del proyecto, y de cuyo mal resultado el principal responsable no va a ser otro que el propio guionista. Esto no sólo pasa aquí, por supuesto. En EEUU, por ejemplo, esta batahola de cambios es muy habitual en la industria, pero allí están mucho más estipuladas las retribuciones acordes a cada versión de guión. Aquí, muchas veces ni siquiera consigues firmar un número máximo de reescrituras a partir del cual tienen que pagarte más si quieren que sigas escribiendo. 



3. ¿Crees que el intrusismo del director en el oficio de guionista tiene sentido? 

El director es la figura fundamental en una película. Tiene tantas responsabilidades y poder que es impensable que no pueda opinar y aportar al guión. Pero lo que debería ser una colaboración fructuosa con el guionista destinada a solucionar problemas y resaltar los aciertos del guión, a menudo se convierte en mero avasallamiento, por el simple hecho de que, efectivamente, el director tiene mucho más poder y es lógico que lo ejerza, ya que se lo dan. Y es tanta su implicación que es inevitable que, en un cierto punto, no piense en la película como en “su” película. Ahí pueden entrar en conflicto dos visiones diferentes de la historia, y el director, ahora mismo (al menos en cine), siempre va a tener las de ganar. Es una situación permitida e incluso auspiciada por los productores, heredada de la idea de autor surgida de la Nouvelle Vague, y que ha ido en detrimento del valor del guión y del guionista. No se trata de que el guionista “mande más” que el director, pero sí de que su voz se escuche más, porque es él quien desde el principio tiene la historia en su cabeza. La única excepción a este desfase en la correlación de fuerzas empieza a verse en la televisión, donde la propia estructuración del proceso de trabajo, y las tendencias que nos vienen de fuera, están logrando que los guionistas empiecen a tener responsabilidades narrativas por encima de las de los directores (aunque esto varía mucho dependiendo de productoras). 

Obviamente, también hay casos muy diferentes dependiendo de qué tipo de producciones se esté hablando. En producciones comerciales de mayor presupuesto es donde más definidas están las funciones de cada profesional y donde se suele tratar mejor al guionista (aunque se le maree hasta la extenuación con las versiones y siga estando muy por debajo del director). En el cine “de autor” o menos comercial, apenas hay grandes figuras del guión que no sean también directores, porque son éstos los que impulsan los proyectos y los que quieren contar sus historias. Se produce así la paradoja de que la única manera de que un guionista “puro” pueda tener mayor reconocimiento y respeto a su labor, es desarrollando ideas ajenas destinadas a un público mayoritario. Salvando honrosas excepciones, el “guionista autor” sólo puede existir si es, además, director. 



4. ¿Piensas que ese intrusismo afecta a la calidad final del cine actual? ¿Las majors se aprovechan de ese intrusismo? 



Ese desequilibrio entre la figura del director y del guionista no implica per sé que el resultado empeore. Hay muy buenos directores que salvan guiones mediocres. Pero, de nuevo hablando en lineas generales, sí que pienso que esa situación afecta a la calidad final de muchos filmes. A menudo, por ejemplo, se dedican grandes esfuerzos humanos y económicos a resolver en el rodaje y la postproducción problemas narrativos que se detectan en los primeros montajes, cuando se podrían haber solventado fácilmente invirtiendo algo más en el desarrollo del guión, o valorando más detenidamente los aciertos y los problemas sobre el papel. Y ése es fundamentalmente un trabajo de guionistas. Las majors conocen perfectamente las debilidades del gremio y la competencia feroz que hay en él, y se aprovechan, por supuesto, para pagar mucho menos de lo que deberían e invertir lo menos posible en los procesos de escritura. Hace diez años se pagaba por un guión de largometraje hasta el doble de lo que se suele pagar ahora. 

Por supuesto puede haber -y hay- malos guionistas, ojo. Pero la contratación de unos u otros es responsabilidad directa de las productoras, son ellas las que deberían cribar y buscar al mejor profesional posible. Antes o después vas a necesitar a un buen guionista que sepa encauzar el guión a partir de las valoraciones que puedan hacer los analistas y productores. Pero hay que dejarle trabajar, claro. Y hay que pagarle bien. A la larga será un dinero bien invertido. 


Raúl Cerezo