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18 diciembre, 2012

Carpinteros y otros artesanos


Siempre he considerado básico para el análisis de ciertas obras un mínimo de dos o tres pasadas, preferentemente separadas por un tiempo prudencial. Dentro de este comportamiento, suelo considerar interesante la revisión de obras completas, algunas de ellas con la perspectiva del conocimiento añadido durante los años. Suelo hacerlo con Kubrick especialmente para descubrir como siendo alguien que me ha gustado casi desde siempre, he cambiado la manera de enfocar sus obras, de manera que ahora mismo las admiro por cosas radicalmente diferentes a las que admiraba hace años.

Dentro de este modelo de revisión y aprovechando algunas reediciones en Bluray, he decidido ponerme con John Carpenter, y curiosamente el otro día (quien dice día, dice mes, que he tenido poco tiempo para escribir) le tocó a They Live!. A pesar de su tosqueza visual a momentos, algunas de las cosas que vi me hicieron tener ciertas inquietudes por el Carpenter comunicador más que por el Carpenter cineasta. They Live! empieza en un mundo aparentemente de crisis donde una grupo de alienígenas disfrazados controlan económica y socialmente el país, todo dentro de ese tono Carpenter, pero de repente, y es algo que apenas recordaba, me encuentro el siguiente discurso:

...our impulses are being redirected. We are living in an artificially induced state of consciousness that resembles sleep... ...the movement was begun eight months ago by a small group of scientists who discovered, quite by accident, these signals being sent through television... ...the poor and the underclass are growing. Racial justice and human rights are nonexistent. They have created a repressive society and we are their unwitting accomplices... ...their intention to rule rests with the annihilation of consciousness. We have been lulled into a trance. They have made us indifferent, to ourselves, to others, we are focused only on our own gain. We ha... ...please understand, they are safe as long as they are not discovered. That is their primary method of survival. Keep us asleep, keep us selfish, keep us sedated... ...they are dismantling the sleeping middle class. More and more people are becoming poor. We are their cattle. We are being bred for slavery.

Indiferencia, rebaño, pobreza extrema, destrucción de la clase media, represión... Es difícil ver el mundo en que vivimos actualmente sin asociarlo con alguno de estos términos. A pesar de que todo esto parece que sea algo de la reciente crisis, hablamos de una película que tiene casi 25 años, ¿es posible que me acercase a Carpenter por sus temáticas y de repente me haya perdido algo importante?

Leed el Zoom Erótico!
A Carpenter se le llama el maestro del terror, considerado autor de culto (eso que a veces parece sinónimo de "cine cutre pero que mola"), pero es su faceta como narrador la que me estoy redescubriendo y la que me llama más la atención. Considerando su carrera así a grosso modo, Carpenter encaja dentro de los cánones marcados por la literatura clásica de ciencia ficción. Quizá no consiga la excelencia técnica de los grandes, pero su faceta de comunicador funciona de forma casi perfecta.

Una de las cosas que siempre me llamaron la atención de la literatura de ciencia ficción es la manera de presentar crítica social en escenarios imaginarios. Es evidente que esta característica no es exclusiva, pero curiosamente muchos de mis libros favoritos son de este género. Desde cómo se afronta la pobreza y la separación extrema de clases en Gateway (Frederik Pohl), las sociedades represivas de 1984 o Fahrenheit 451, pasando por Asimov, Clarke, Heinlein y un largo etcétera de autores que usan la ciencia ficción como espejo y que se atreven, no solo a afrontar los problemas del presente, sino sus consecuencias futuras.

Carpenter presenta una distopia parecida en They Live!, una sociedad extrema con pobres muy pobres y una clase alta, alienígena en este caso, que usa mensajes ocultos para controlar a la sociedad. Es la metáfora de las gafas que hacen ver la realidad la que me parece maravillosa a pesar de su evidencia, es el esfuerzo de ponerse las gafas y querer ver lo que despierta a la gente, pero incluso así, es algo que no todo el mundo hace, de hecho nadie parece querer hacerlo. Quizá por ser Carpenter (maestro del terror) o ser ciencia ficción (que quiera o no parece considerarse un género menor), no es una película de las que aparezca en las listas de crítica social, y sin embargo funciona perfectamente como símil de lo que estamos viviendo en los últimos años. No es la única aproximación de Carpenter a futuros distópicos, ya es algo que aparecía en su primera película, Dark Star (1975) y que llevó a un extremo todavía más evidente en Escape from New York (1981) donde el grado de nihilismo y desolación, a pesar de parecer una película de aventurillas en un futuro cercano, es enorme.

La representación del ser humano en situaciones extremas es algo que lleva haciendo Carpenter desde sus inicios y es algo que realmente me fascina de su forma de narrar, desde el grupo de héroes imposibles superando todas las posibilidades de Assault on Precinct 13 (1976) hasta la deconstrucción perfecta del héroe de Big Trouble in Little China (1986), una de sus mejores películas por su forma de combinar elementos de múltiples géneros y de hacer un análisis de la imagen del héroe americano y su mitología creando la antítesis perfecta del concepto que se manejaba en el cine de la época.

Soy un patán pero molo
Aunque parezca la elección evidente, The Thing (1982) sigue siendo mi película favorita de Carpenter, que no veo tanto como un remake de la producción de Howard Hawks The Thing From Another World (1951), como una readaptación de la historia original “Who goes there?” de John W. Campbell, Jr. No solo representa un hito técnico en efectos y creación de monstruos por parte de Rob Bottin, la situación de paranoia y desconfianza está representada de forma excelente y crea un ambiente de desasosiego y desconfianza que su precuela/secuela moderna no puede ni soñar en alcanzar, por mucho avance tecnológico que disponga. Carpenter considera esta película como la primera de lo que llama "La trilogía del apocalipsis", completada por Prince of Darkness (1987), con una atrevida aproximación a temas peliagudos como la fe y la religión y finalizada por In the Mouth of Madness (1995).

In the mouth of Madness es una película que forma parte del mi top particular de Carpenter por varios motivos, su aproximación al horror cósmico al estilo Lovecraftiano (también presente en Prince of Darkness) pero sobre todo por el uso maravilloso de la narrativa no lineal y la distorsión del tiempo y el espacio. Dentro de la esquizofrenia y confusión de realidad y ficción aparece también la autoconsciencia del film por la narrativa del cine de terror y sus paradojas, idea reaprovechada por Craven y su Scream poco después y por la reciente Cabin in the Woods.

Pasando el sábado por la tarde de tranquis
Dentro de casi todas las disciplinas artísticas existen los pioneros, los artistas, y existen los artesanos, que en general aprovechan lo creado por otros para generar su visión. No tengo nada en contra de los artesanos (de hecho yo soy un poco así porque dudo que mis reflexiones sean para nada novedosas) ya que de hecho las cimas suelen ser alcanzadas por ellos, suelen ser los que evolucionan la técnica hasta la excelencia, pero muchas veces a costa de tapar a los verdaderos pioneros. Carpenter es un pionero, un tipo arriesgado y no siempre con el beneplácito de la crítica y el público, pero en el fondo es uno de los elegidos que, con su particular visión, han creado en parte lo que ahora mismo es el arte del cine.

Pedro Pérez (aka. Findor)

13 mayo, 2008

EL RITMO MALDITO


Un sombrero, una cazadora de cuero y un látigo: así se visten los héroes de los años 30, 40 ó 50: Charlton Heston en El Secreto de los Incas, Humphrey Bogart en El Tesoro de Sierra Madre o Gary Cooper de Por quien doblan las campanas. Su atuendo los delata como aventureros colonialistas, levemente misóginos, intelectualmente dominantes. Integristas en su desprecio absoluto hacia la antropología, aunque sobre su rostro puedan sostenerse unas gafas, en sus hombros un traje y en su cuello, enredada como una soga patibular, una corbata; coartadas testimoniales de quienes dicen ser profesores universitarios en invierno y luego se dedican a asaltar tumbas en las colonias en verano, con la arqueología como pretexto inspirador.

Indiana Jones no solo hereda la vestimenta de los ídolos de juventud de George Lucas sino también su apostura, insolente y cínica. Desprecia la Historia y a quienes la juzgan, no así los objetos fantásticos que la definen. Sus intereses son tan oscuros como los de cualquiera de sus contrincantes, si bien éste suele tener al espectador como noble y cómplice aliado, y también a la chica de la película. Incluso si da gritos, serpiente en ristre, o se sabe una cantante de cabaret perdida en la selva, con un loco trotamundos como compañero de aventuras.

Las acciones de Indiana Jones las caracteriza el peligro y el peligro, en el Cine, tiene el apellido de Cliffhanger: una situación de máximo riesgo cuya resolución se postergaba una semana. Una suerte argumental, heredada de los seriales de entreguerras, que Spielberg evoluciona convirtiéndola en excusa para poder seguir disfrutando del resto de una película donde solo queda un horizonte previsible o banal, incluida la conclusión feliz de la historia. Lo que importa, entonces, no es que se consiga el objetivo prefijado, sino los acontecimientos que suceden hasta que cristaliza dicha conclusión, fundamentalmente si se resuelven dentro de los márgenes de la espectacularidad. Al menos así lo era hasta El Templo Maldito. Por cierto, la primera película de la Tetralogía que vi. También, la película que he visto más veces.

La crítica nunca la defendió de forma tan entusiasta como sí lo hizo con En busca del Arca Perdida o, incluso, con La última cruzada, si bien sobre esta última los críticos se dividieron en dos bandos: los nostálgicos (que ambicionaban tiempos pasados, siempre mejores) y los que no lo eran (que, pese a todo, advertían el fin de la fórmula). Ambos, en todo caso, subrayaban el carácter crepuscular de la historia. Hoy estamos viendo que exageraban. O que, al menos, subestimaban la naturaleza del marketing, siempre dispuesto a encontrar un hueco para otra secuela. Pero yo insisto: admiro notablemente El Templo Maldito a pesar de sus imperfecciones y de sus fallos de racord, incluso a pesar del pequeño Shortie, que ya es decir. Y siempre he pensado lo mismo: los que la subestiman son los que se lo pierden.

Le atribuían a Goldwyn una máxima que decía que una película debía comenzar con un terremoto y luego ir más allá. El Templo Maldito se sale de los márgenes: el protagonista huye del Shangai ocupado, perseguido por las deudas y los gángsteres, y va a parar a la India donde tras infiltrarse en la secta Thuggee, cuya naturaleza y formas se exageran convenientemente para la ocasión, consigue rescatar a una comuna de niños esclavos para regresar después, camino a Delhi, radiante y feliz con el tesoro que buscaba bajo el brazo. Claro que sus propósitos no son altruistas y que el antihéroe, a fuerza de querer serlo, se convierte en héroe y, por tanto, en antagonista de si mismo, incluso en niñera, es decir, en una parodia. Gracias a eso, también tiene sentido su carácter de superhombre, capaz de saltar de una avioneta en una zodiac y sobrevivir al intento. Y eso es solo el principio, porque ¿qué importancia tiene la verosimilitud en una historia cuya naturaleza la define la ausencia de límites?

Al contrario que En busca del Arca Perdida, donde el leitmotiv argumental (la búsqueda) importaba tanto o más que la consecución última del macguffin (el hallazgo), El Templo Maldito renuncia a cualquier idea de Macguffin para no desviar la atención de la masa. Ya no nos importan las motivaciones de los personajes, ni las disputas o duelos que las financian, ni la codiciada búsqueda de un arca o unas piedras mágicas o el mismísimo Santo Grial. Ni siquiera nos importa que se consiga el objetivo de marras, o que esta vez los malos no sean los nazis: no en vano, la película se desmarca de cualquier contexto reconocible en occidente. Porque en El Templo Maldito no importa la Búsqueda ni el Hallazgo sino el Ritmo. Esto por encima de todo lo demás.

En esta montaña rusa cinematográfica por excelencia, los propósitos de Indiana nunca están del todo claros. Representa la búsqueda y la huida, el interés por lo desconocido y el enfrentamiento contra quienes se oponen a sus propósitos, pero sobretodo, se representa a si mismo como un icono situando a su arquetipo más cerca del género caricaturesco que el de cualquiera de las películas aventureras de Howard Hawks o John Huston, incluso consintiendo su recreación autoparódica (cuestión constantemente asociada a Indiana Jones) o la constante eclosión de la sorna, rodeado de otros personajes que no son sino clichés del género (la chica rubia rescatada, el malvado líder de la secta, los peones despeñándose por el acantilado…), viviendo la aventura por la aventura, sin otra coartada emocional distinta a la evasión, todos lo saben, verdadero propósito de esta película.

Indiana Jones y El templo maldito es, pues, una concatenación de momentos imposibles, puro cine de entretenimiento; en realidad, es el cine espectáculo por antonomasia. Nunca igualado, ni siquiera imitado. Tampoco por Spielberg, que debió quedar agotado de tanta hipérbole multirreferencial, casi por hartazgo. No así su Cine, al que cubrió de ese aire tan siniestro que tan bien le hará a su filmografía durante las décadas posteriores, pues si El Arca Perdida es vitalista, El Templo Maldito es oscuro, cuasi tenebroso, a pesar de los insertos cómicos de Harrison Ford y Kate Capshaw(1). Aquí el descenso a los infiernos de Indy es más que evidente, sobretodo cuando se sabe desposeído de voluntad en aquella cueva maldita, merced de una voz interna que le revela su naturaleza más oscura, ese poder dual protagonista de (casi) todas las cintas de George Lucas, en un contexto repleto de antorchas, cánticos ceremoniales y sangre.

Indy deja de ser un aventurero, de pose heroica y codicia sin límite, para ser un mito. Y como mito se presenta en esta película, Indiana Jones y el Templo Maldito, la expresión máxima del ritmo y de su arquetipo; una película cuya excelsitud solo admiramos unos pocos. Esa es nuestra suerte.


© J. P. Bango


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(1) La química que desprende la relación entre los protagonistas lo es gracias al entusiasmo de Kate Capshaw, que nunca se había visto en una igual, y nunca se vería en otra, al menos delante de las cámaras, exiliada ad eternum –esas son cosas que solo propicia el amor y el conformismo- en su papel de madre de los hijos de Spielberg. También la imaginamos como brillante administradora de sus cuentas corrientes…

21 abril, 2008

HAYAO MIYAZAKI: La épica de lo natural (TRAMO FINAL)



Es por tanto muy reseñable la forma en que Miyazaki convierte un problema tan cotidiano como el de la degradación del ambiente en una solución mítica, valiéndose de elementos de la cultura mitológica japonesa, como son los kodamas, literalmente “espíritus de árbol”, humanoides y de apariencia adorable, que aparecen constantemente a lo largo del metraje. Por su parte, los kami (literalmente dios, en japonés) son dioses milenarios que protegen los bosques primigenios, y que pueden adoptar la forma de animales de grandes proporciones a la vez nobles y terribles, como es el caso de los lobos o los jabalís.

En un aspecto menos “cultural”, resulta interesante la fijación de Miyazaki de retratar la inocencia de sus personajes durmiendo, o lo que es lo mismo, en su forma más natural: ocurre en “Nausicaa”, cuando la protagonista se duerme en el bosque subterráneo y el chico se queda prendado de ella, en “El Castillo Ambulante”, Howl percibe la juventud de la protagonista cuando la ve dormida, y aquí, cuando Ashitaka se enamora de Mononoke al verla dormida, serena, indefensa, como cualquier criatura de la naturaleza, que es frágil e inocente, pero a la vez tiene una fuerza que llegamos a desconocer. Es en definitiva una pieza más en el complejo engranaje del ecosistema que lo sustenta todo, una estructuración panteísta del mundo que se opone frontalmente al antropocentrismo salvaje de que hace gala el despótico hombre.

Este concepto antropocentrista de la realidad, de falta de empatía con la naturaleza, es el principal origen del conflicto en La princesa Mononoke: es ni más ni menos que el Emperador de los humanos quien quiere la cabeza del Espíritu del Bosque, y para un fin puramente egoísta, como es alcanzar la vida eterna. Todos los demás a su servicio son simples marionetas que se mueven por dinero y órdenes de otro aún más poderoso, en referencia al macrosistema de poder en el que vivimos inmersos, en el que el ser humano encuentra la perfecta justificación a sus actos achacándolos a una orden superior.

En esta tónica de negación del antropocentrismo es muy significativo que Mononoke no sea ni loba ni mujer, sino una mezcla casi irreconciliable de ambas especies. El hecho de haber sido criada desde niña por lobos (como ocurre en otras leyendas, como la de los fundadores de Roma, Rómulo y Remo) hace posible esta ambivalencia de la identidad. Así, mantiene una lucha interior debido a este ser bifurcado, y rechaza totalmente al hombre como si fuera intrínsecamente malo, cuando no es necesariamente así, como finalmente le demuestra Ashitaka. Ella por tanto piensa que lleva el mal dentro de sí, y ese odio a sí misma es el motor principal de su afán de destrucción de la humanidad: quiere destruir a los humanos porque desea que no quede nada de todo aquello que odia de sí misma. Opuesto a este carácter destructivo emerge el pensamiento de Ashitaka, de resonancias claramente budistas. Él representa el carácter que lucha por la conciliación del hombre y el medio ambiente, el espíritu valiente, no derrotista, que hace posible el cambio.

La lucha por tanto es el leit motif de este filme, lucha entre especies, pero también la lucha interior de Mononoke, lucha de Ashitaka por sobrevivir, lucha entre los propios hombres, y entre los propios animales.

Finalmente quisiera anotar que siempre se ha acusado al anime de su carácter eminentemente escapista. Sin embargo Miyazaki, aunque confirma este carácter, lo hace desde una perspectiva comprometida con la preservación del medio ambiente.

Toda la ternura y la magia que vemos en sus películas nos hacen retornar a esa visión infantil que es casi siempre la perspectiva de sus personajes. Con él volvemos una y otra vez a ser el niño, o la niña, que disfrutaba de forma inocente con la naturaleza que le rodeaba. A Hayao Miyazaki le debemos este regalo, y esta responsabilidad.

17 abril, 2008

Hayao Miyazaki: la épica de lo natural (III de IV)


A estas alturas ha quedado bastante clara la preferencia de Miyazaki por las protagonistas femeninas y en edad infantil por dos cosas; primero porque las niñas guardan en ellas la semilla de la procreación, y también porque sólo a través de la mirada de un niño Miyazaki puede desplegar todo el mundo mágico que alberga la naturaleza sin perjuicios, y con la potencia vital que sólo un niño puede tener. La siguiente película de Miyazaki es en este sentido muy elocuente.

Porque en El viaje de Chihiro (2001), a pesar de que la niña protagonista tiene un comportamiento inicialmente opuesto al de las hermanas de “Mi vecino Totoro” (a ella no le gusta nada el hecho de dejar la ciudad para vivir en el campo, en referencia a la infancia de nuestros tiempos, tan desarraigada de la naturaleza), demuestra más adelante tener el mismo poder de Mononoke, de relacionarse con dioses y bestias. También aquí los adultos quedan en segundo término: es el caso de los padres, que al principio del filme se convierten en cerdos al comer “comida de dioses” en un parque de atracciones abandonado (en un curioso paralelismo con el cuento de Pinocho, que se convertía en burro por fumar y beber en un entorno similar), y que a partir de ese momento se convertirán en la meta de Chihiro, que habrá de madurar sola para conseguir que todo vuelva a la normalidad.

En el extraño mundo al que llega Chihiro (cuyo acceso también nos remite al útero simbólico de Totoro), hombres y animales son uno sólo, y así no es difícil encontrar a un hombre con patas de arácnido, o a trabajadores con cara de sapo.

Con “La princesa Mononoke” (1997), Miyazaki elabora la que podría considerarse su aventura épica definitiva. En ella encontramos a un protagonista, el príncipe Ashitaka, que tras sacrificar a un demonio (según sus palabras “que viene de occidente”) para defender a su pueblo queda dañado por una maldición que le corroe por dentro y que no descansará hasta destruirle. Para evitarlo debe viajar a occidente siguiendo una pista. Allí conoce la sociedad de Lady Ebosy, una mujer que tiene como súbditos a todos aquellos menospreciados por las sociedades convencionales (prostitutas, leprosos) y a quienes da un trato preferente porque necesita su colaboración para conquistar el mundo; y por otra parte descubre el mundo natural, en el que se enamora de la princesa Mononoke, una adolescente criada por lobos. En breve entenderá que ambos mundos están en guerra, y que depende de la conciliación de los dos bandos que su maldición desaparezca.

Verdadero resumen mítico, o reconstrucción simbólica del conflicto hombre - naturaleza, La princesa Mononoke es una cinta en la que prácticamente cada personaje es el trasunto de un hecho abstracto que define la actual diatriba del hombre y su entorno. Así, el príncipe Ashitaka, corroído por el cáncer, es el hombre inocente, convertido en víctima del mal que sufre la naturaleza, el individuo estigmatizado por el comportamiento de otros (como asegura Mononoke: “dices que sufres una maldición. El mundo está maldito”). Asimismo las corporaciones que perjudican el medioambiente quedan representadas por Lady Ebosy, concepción perversa del matriarcado (sólo ella, como mujer, es capaz de aniquilar a los dioses), que mantiene una industria armamentística gracias a la destrucción del bosque: talando los árboles consigue debilitar el poder de los dioses, en palabras de la propia líder: “Cuando el bosque desparezca y no haya más lobos, esta será la tierra más próspera del mundo.”

El problema que aparece aquí en la relación hombre-naturaleza es la eterna externalización de la mirada del hombre con respecto a la naturaleza. No nos damos cuenta de que vivimos gracias a esta, que pertenecemos a ella, y que destruyéndola nos destruimos a nosotros mismos. El hombre, que ha creado a dios, juega a ser dios.

En esta suma de intenciones, el llamado Espíritu del Bosque se define como un compendio de consecuencias de ambas partes: por un lado, es la esencia misma de la naturaleza, simbolizada en una criatura con forma de alce y rostro humanoide. Por otro lado, al serle amputada la cabeza, se convierte en una especie de materia negra contaminante que lo arrasa todo a su paso, relacionándose con el espectro opuesto de esta lucha, la contaminación. El Espíritu del Bosque es por tanto un símbolo de los límites de lo natural, que al ser forzados al extremo acaban por romperse. La naturaleza en definitiva se representa como una madre que da la vida, pero que también la quita: un dios de la vida y de la muerte.

De ahí que sea necesario que el ser humano restaure el anterior estado de las cosas. Corresponde a él la responsabilidad de reparar el daño causado: cuando le van a devolver la cabeza al espíritu del bosque, Mononoke enuncia que ya es demasiado tarde, a lo que Ashitaka contesta: “Manos humanas deben devolverla”. Una vez que la naturaleza es contaminada por el hombre, se convierte en una enfermedad que se propaga. La responsabilidad del hombre en esta reintegración de lo natural es total...

10 abril, 2008

Hayao Miyazaki: La épica de lo natural (II)


En "Laputa, un castillo en el cielo" (1986) Miyazaki vuelve a entonar un canto a la paz y al respeto a lo natural de manos, una vez más, de una niña, última heredera de una dinastía proveniente de una isla flotante. Ésta deberá encontrar la isla, mezcla de engendro tecnológico y organismo natural, para descubrir sus orígenes, y proteger al mundo del uso destructivo que pretende hacer de la fortaleza su malvado antagonista.

No es que la parte científica sea dañina, pues Miyazaki deja claro que somos nosotros quienes orientamos los avances tecnológicos en una dirección u otra. De hecho aparecen robots entrañables que se dedican a proteger la naturaleza que vive en la isla.

En beneficio de la tierra, junto con su fiel compañero Pazu, sacrificará la isla y con ella a ellos mismos. Pero finalmente sólo destruyen la parte tecnológica, lo natural sigue flotando gracias a la piedra Levi (levitation) que pertenece a la naturaleza y que le brinda ese halo de protencción y magia, como el espíritu del bosque en Mononoke, o los insectos en Nausicaa.


Miyazaki vuelve a formular una particular defensa de lo natural con "Mi vecino Totoro" (1988), la aventura de dos niñas que descubren al gran Totoro o Rey del Bosque, y que establecerán con él una gran amistad. Mucho más amable que las anteriores fantasías épicas, este filme huye del tono tremendista, y se limita a una línea narrativa sin apenas conflicto, más sensible al camino de descubrimiento del mundo que ocurre en la infancia. Sin embargo, no faltan en la cinta muchas obsesiones del autor, como la madre enferma, el medio silvestre como forma de escape, o la absoluta inocencia de la infancia.

En esta película la naturaleza lo embriaga todo, y por ello Miyazaki tiene más margen para atender al matiz: el medio natural se presenta como un entorno mágico, en el que podemos encontrar seres como los "duendes o conejitos del polvo" (que tanto nos recuerdan a los "susuwatari" de hollín que aparecen en El viaje de Chihiro), o los "totoros", personajes imperceptibles para los adultos y que sólo los niños pueden ver, al ser los únicos puros de corazón. Gracias a este carácter minimalista y contemplativo, puede decirse que Miyazaki tiene oportunidad de detenerse aquí mucho más en el objeto simbólico, concretamente en el que se refiere a la maternidad, a la naturaleza como madre, como nos sugiere la "vagina" gracias a la cual la pequeña Mei entra por primera vez al mundo de Totoro, a través de un simbólico útero conductor, también presente de alguna forma en "Alicia en el País de las Maravillas", y que años después Guillermo del Toro emularía en "El laberinto del Fauno". Un carácter maternal de la naturaleza que también quedará patente cuando Mei se pierde en un intento desesperado de ir al hospital donde se encuentra su madre y se detiene frente a unos ídolos de piedra que representan figuras protectoras, en este pasaje Miyazaki transmite la sensación de que Mei no está desamparada en ese momento.

07 abril, 2008

HAYAO MIYAZAKI: la épica de lo natural (I)


Japón es un país de contrastes, donde tienen lugar tanto la tradición más arraigada como el más fiero sistema capitalista. En el cine esto también ocurre: tras la posguerra, la tradición propia se homologa con los códigos del cine internacional, y concretamente norteamericano. Esto se debe a que a pesar de que el país del sol naciente posee una cultura autosuficiente y única, es extremadamente mimético, y copia (y asimila) todo aquello que le gusta. Asimismo, es característica de la tradición japonesa la mezcla de refinamiento y barbarie mediante la estetización de la crueldad. El origen de estos contrastes dispares puede deberse a que Japón es la única potencia capitalista del mundo actual que nunca ha conocido una verdadera revolución burguesa, al pasar del feudalismo y del imperialismo a la edad moderna, sin etapas intermedias.

Esta condición de Japón como país de contrastes se verá reflejada en el cine, tanto a nivel formal como a nivel temático. A nivel formal el cine japonés tiene preferencia por el signo como transcriptor narrativo, y este como sintagma del rito, que a su vez es contemplado de una forma estética, presentacional; y a nivel temático existe tendencia a la mezcla de elementos occidentales y orientales, así lo demuestran géneros como el anime, y autores como Takeshi Miike ("Audition", "Full Metal Yakuza") o el propio Hayao Miyazaki.


Este gusto por el signo y la asimilación de códigos de representación del cine norteamericano se aliaron ya en el pasado para dar respuesta a algunos de los miedos postatómicos que obsesionaban a los ciudadanos nipones en los años 50. Así surgió Godzilla, como un monstruoso símbolo que encarnaba aquellos temores en el soporte de un género, el de catástrofes, muy próximo al que se encontraba en boga en aquellos años (a partir principalmente del estreno de "El coloso en llamas"). Este temor era muy parecido al que vivían los norteamericanos durante la guerra fría con la paranoia anticomunista, y que también tiene su trasunto cinematográfico, como es "La invasión de los ladrones de cuerpos" (Don Siegel, 1956).

La intranquilidad nipona se va a heredar de generación en generación, y así en los años 90 los protagonistas se convertirían en mutantes que viven en un NeoTokyo devastado, pero futurista, con robots adiestrados para destruir. Miyazaki retrata esa angustia actualizada en el pánico a la destrucción de la naturaleza. Para ello usa a seres naturales, en concreto humanos, que se dedican a destrozar todo y que convierten una naturaleza sana, en una contaminada, corrompida, que termina volviéndose en contra del hombre para proteger lo poco que queda intacto.

Esto se puede ver ya en una de sus primeras películas. Hablamos de "Nausicaa del Valle del Viento" (1984) donde Miyazaki nos presenta un mundo devastado tras un Apocalipsis medioambiental, cuyos restos reposan en un frágil equilibrio de tres bases: por una parte los humanos, que subsisten en microsociedades altamente contaminadas. Por otra parte, los insectos, que han evolucionado de una forma aberrante a gigantescas criaturas. Por último, las zonas contaminadas, cubiertas por esporas venenosas que convierten el aire en un gas letal.


En esta tesitura, el denominado Valle del Viento es una zona que por ubicación geográfica resulta inmune al desastre y que se vale de la energía eólica para desarrollarse (en clara referencia a energías renovables), muy al contrario que las otras sociedades humanas, cuyos habitantes han de vivir con máscaras de gas, y que por este estado han generado un gran resentimiento. Este resentimiento se traduce en el deseo común de destruir todo y empezar de nuevo, algo que sin embargo rompería definitivamente ese frágil estado de equilibrio en el que ha quedado la naturaleza, ocasionando el definitivo fin del mundo.

Nausicaa, la princesa de este Valle y protagonista del filme, no se da por vencida, estudia el medio en el que vive, escucha a la naturaleza, y descubre que bajo la zona contaminada existe una tierra sana y un aire puro. Este lugar ha sido creado gracias al sacrificio de los árboles que regeneran la tierra absorbiendo la contaminación de la superficie. Con esto Miyazaki aclara que la naturaleza tiene sus propias formas de protección, de supervivencia en las peores situaciones.


Nausicaa cuenta con un claro componente mesiánico: tiene el poder de amansar a las fieras, en un paralelismo con el mito japonés de la niña que podía hablar con los insectos (y que Dario Argento recoge en el argumento de su filme "Phenomena"). Es la representación más clara del líder pacifista (no se perdona haber reaccionado de forma violenta ante aquellos que han matado a su propio padre) con ciertas resonancias crísticas, como subrayan su muerte y resurrección finales que posibilitarán la salvación del mundo. En definitiva, supone la prueba fehaciente de que en la juventud reside el germen del cambio.

24 enero, 2008

Andrew Niccol: la belleza de la mentira

Andrew M. Niccol es un nombre semi-desconocido, quizás familiar para aquellos que vimos en el realizador de "Gattaca" un nuevo talento a tener en cuenta, y sin embargo, con una más que corta filmografía, ha sabido hilar sus contenidos, temas y mensajes que han mutado en peliculas de impactante visionado y señas directas. Este es un pequeño repaso.

Gattaca (1997). La historia de Gattaca es tan terriblemente actual como toda la obra de Niccol, el director neozelandes sabe hacer buen uso del principio en el que se basan los mejores relatos de ciencia-ficcion: "la cinecia-ficcion es un reflejo de la sociedad actual vista desde la perspectiva del futuro", es decir, lo que nos cuentan no es un suceso que puede ocurrir, si no uno que ya está ocurriendo y que disfrazamos de cuento condicional para sustraer el esperpento de nuestro mundo presente. El mundo de los válidos y no válidos, no deja de ser un simil entre un hemisferio y otro, una discriminacion que separa un primer mundo del tercero, basandose en el concepto de que el capitalismo se nutre del pobre para impulsar al rico, es decir, colocando a los que sufren en la base de la pirámida para que el cúspide sean los que disfruten, una Metropolis postnuclear y perfecta donde las diferencias subyacen en lo genético, donde solo los "superhombres" son dignos de una buena vida, algo que particulartmente suena a ideologia nazi. Gattaca es la historia de un hombre imperfecto, que por su valentia, esfuerzo e inteligencia es capaz de elevarse por encima de aquellos que se consideran mejores por haber sido "fabricados" asi. No deja de ser notable que esa perfeccion manofacturada sea una ilusion, un ejemplo del mundo en el que la cirugia estética, las drogas o cualquier otro elemento de autoengaño nos hacen odiar nuestro aspecto y desear ser "chicos y chicas de anuncio" para poder sentirnos felices con nosotros mismos, lo cual es una tremenda estupidez alimentada por la superficialidad que tratan de vendernos. No es solo la manipulacion genética o la experimentacion con fetos, tan puesta en evidencia por las diversas moralidades que nos impiden saber si un feto es o no un ser humano y si debe someter a su sacrificio, una polémica tan compleja en lo que ni a Niccol, ni a mi, nos gustaría entrar, por eso en la pelicula, la manipulacion genética es más secundario que la mentira de ser quien no eres, ambos personajes (suplantador y suplantado) se necesitan, y al terminar su tarea, los dos inutiles y "huyen" como mejor pueden (magnifico plano entre el horno y la nave espacial), no deja de ser tambien un mensaje espiritual, de ahi "los hijos de Dios" o el final que puede ser entendido como un ascenso a los cielos por el sacrificio, "es como si volviese a casa".

El show de Truman (1998). Aunque no esté dirigida por Niccol, es igualmente obra suya por el popular guión (segun algunos expertos, el mejor de los ultimos años), a mi nunca me acabó de ocnvencer la vision cincuentera de Peter Weir, pero la acepté como la gran historia que es. Esta pelicula platea una paradoja digna de estudio, como si los viajeros de "Terminator" o "12 monos" se tratasen, tenemos un sujeto que, al tratar de evitar un futuro, no solo no lo evita si no que es el causante de este, y se nos plantea la duda de si no lo hubiese evitado no se habría creado. De esta forma, el show en el que vive Truman, es un avance futurista de la telebasura, una vision del camino que tomaba la tele-realidad de aquellos dias y como esta podía crear engendros, famosos que lo son sin mas mérito que el de existir en la proyeccion catódica, y al mismo tiempo, un sangrante ataque contra la prensa del corazón y los talk-shows; pero esta vez, el tiro sale por la culata e impacta, la pelicula no solo no conciencia a la gente de lo absurdo que es convertirse en un voyeur de la ventana indiscreta, si no que impulsó la creacción del formato "Gran Hermano" (que tanto Orwell como Warhol previeron) que a estas alturas, llena de desperdicio las vidas de aquellos que no tienen con que llenarla, dinalmente, esta profecía alertadora se ha convertido en una terrible realidad, donde cuatro ineptos analfabetos son vitoreados por su escaso intelecto, sus gritos y su mala educacion, como heroes nacionales. Triste destino el nuestro.

S1m0ne (2002). Para hablar correctamente de esta pelicula, hay que situarse en el contexto, muy cercano pero olvidado, en el que Hollywood parecía desmoronarse por las huelgas. La llegada de los "actores virtuales" suponia un fin de las autenticas estrellas que protestaban por como se les estaba dejando de lado en favor de pixels en una pantalla, ni que decir tiene que el ambiente se cambió y las tornas se volvieron a colocar de la manera mas beneficiosa para la industria: ahora los actores no solo no protestan por los seres virtuales, si no que prestan sus voces, sus rostros o incluso sus movimientos, para ayudar al desarrollo de estas tecnologias; sin embargo, planteamos un problema, las estrellas virtuales son más efimeras y brillan con menos fuerza, recordemos el caso de Aki Ross, la actriz virtual protganista de la infravolarada "Final Fantasy: la fierza interior" (2001), y como se anunció en su día que iba a ser protagonista de mas peliculas, como la primera actriz virtual que quisieron que fuera, evidentemente, no fue así y el personaje acabaría en cualquier papelera de reciclaje, y es que el pixel cambia y evoluciona a más velocidad que la carne, por ello los personajes mueren antes ante especies superiores realizadas con herramientas mas correctas, sabemos asi que no hay un futuro James Dean, Marilyn Monroe o Humprey Bogart virtuales, que lleguen a tener su misma fama y sobrevivir a las inclemencias del tiempo y la memoria. Una vez mas, Niccol nos cuenta como la mentira, por muy hermosa que sea, dura poco.

10 enero, 2008

Rob Zombie, el retratista sociópata


El reciente estreno de "Halloween: el origen" nos ofrece la oportunidad de dar un pequeño análisis de conjunto a la aún corta carrera de Rob Zombie, el músico de metal industrial. Si bien nos centramos en su carrera como realizador de largometrajes, obviando sus videoclips, la extensa lista de largometrajes que se nutre de su música, su colaboración en el muy recomendable documental "Metal: a headbanger's journey" (Sam Dunn, Scot McFayden y Jessica Joy Wise, 2005) y su labor como guionista en la futura "The Haunted World of Superbasto" (Doug Lawrence, 2008). Es conveniente ensalzar algunos de los puntos que lo convierte en uno de los pocos autores del cine fantástico actual, tan sobresaturado como carente de personalidad y talento, Zombie demuestra tener de sobra de ambas cosas y el como va a administrarlas es la incógnita de cada nuevo proyecto. Por supuesto, recomendamos este enlace para escuchar mientras lee el presente artículo.


La casa de los 1000 cadáveres (2003)

Película maldita desde su nacimiento, malinterpretada y a duras penas estrenada, este difícil comienzo es una auténtica declaración de intenciones. En un tiempo en que las fotocopias se suceden en el cine de terror, Zombie dice que no está todo contado y presenta un punto y aparte, que, ojo, puede ser hasta definitivo. Así es, su debut es una revisión del american gothic que plantea una perspectiva posmoderna, más allá del diseño granguignolesco, al tomar en consideración que el espectador de este tipo de productos es, con los precedentes actuales, absolutamente consciente de que los protagonistas son materia prima para el psycho killer de turno. Una vez asumida la falta de sorpresa, el planteamiento se forma ideal: los supuestos protagonistas, aquellos adolescentes que podemos calificar de normales, enervan e invaden el espacio de los destinados a enterrarlos, y estos, conscientes, como el público, de su papel, optan por convertir la matanza en un carnaval, a la espera de las grotescas formas de dar muerte, prolongando la agonía con su disfuncional comportamiento. Esta perversión se presenta si misma como un cine de madrugada y canal televisivo, y le permite jugar a Zombie con un montaje lisérgico y brutal, el “todo vale”. Para enorme acierto del conjunto, tiene a bien acabarla con lo que es la consecuencia más evidente: el delirio visual, la fantasía hecha carne, la gratuidad no como algo negativo si no como algo festivo. Sin duda, uno de los productos más honestos de los últimos años en el género.

Los renegados del diablo (2005)

Si ya estaba el atrevimiento del debut, la secuela debería ser una confirmación, y lo es, pero tambien es una negación de lo anterior. En otras palabras: Zombie parte de cero y trae de nuevo la atmósfera sucia y la violencia deslenguada de los setenta, y lo acompaña de un lirismo a cámara lenta que tiene mucho más que el simple homenaje a Peckinpah. Para demostrar a los incrédulos que es un autor “serio” plantea una película seca y dura, pero evitando las concesiones y con ecos muy críticos; coge de su anterior entrega la capacidad para ponernos en la piel de quien moralmente parece opuesto a nosotros si bien el antagonista, hombre “de ley”, no es mejor que aquellos a los que persigue. Eso sí, la redención tiene venir a través del freak sacrificado, del monstruo consumido por las llamas. Bella metáfora, consciente o no, de lo que es poner los pies en esta industria.

Grindhouse: Werewolf Women of the S.S. (2007)

Lo que diferencia su fake trailer de los realizados por Edgar Wright, Robert Rodriguez y Eli Roth, es una manera distinta de entender el exceso. En el caso de Wright el exceso viene dado por la repetición, en de Rodríguez por cierta tendencia al macarrismo y en el de Roth por la acumulación. El segmento de Zombie es diferente: lo que aporta es el grado de sorpresa, de sueño mondobruttiano, de fantasía sicalíptica y chiste kitsch. Es por eso por lo que resulta el menos cómico de todos los trailers del proyecto Grindhouse, con la excepción del cameo de Nicolas Cage no hay una intención clara de humor, de gag, ni tan siquiera de parodia. Uno se para a pensar en que probablemente Zombie rodaría gustoso este proyecto de nazisploitation con la mayor seriedad.

Halloween: el origen (2008)

Al plantearse el remake de “La noche de Halloween” (John Carpenter, 1978) surgen dos opciones: la fidelidad al que es comúnmente aceptado como clásico del género o la interpretación nueva y libre. Encontrar un equilibrio entre ambas es harto difícil, asi que la opción de Zombie es simple: la primera mitad es su verdadera visión, el estudio de la sociedad a través de la mirada del outsider, el marginado, el psicópata [1], aquel que se aleja de la sociedad es quien la puede observar desde la distancia… y una segunda mitad que repite la aceptable fórmula clásica, pero que no sorprende demasiado. Hay que destacar uno de los grandes logros técnicos de Zombie, que demuestra su talento como director durante la primera mitad, donde la mayoría de las acciones importantes vienen marcadas por enfoques y desenfoques, algo que solo es posible a partir de una planificación exhaustiva. Mucho se habla de los cambios con respecto a la original como principal error que explica que la segunda mitad resulte menos interesante, pero lo cierto es que humanizar a una leyenda como Myers no reduce su capacidad de asustar, y breves apuntes como la relacción paterno-filial de Myers y Loomis [2], o la conversión de Loomis en el otro "villano", el espectro de la sociedad que se nutre de los psicópatas y cuyas opiniones sobre su libro y la alusión a su primer matrimonio lo convierten en un personaje tan complejo como Myers. A modo de epílogo conviene aclarar las diferentes versiones existentes de la cinta: las principales diferencias entre el workprint y la copia vista en cines reside en la huída de Myers (aprovechando una neglicencia en el workprint y de manera intencionada en la copia de cines) y en el final (la aparición de la policía y un epílogo en el workprint, eliminados en la copia de cines, que concluye con un video casero en super 8).


[1] No en vano, el libro escrito por el Dr. Loomis sobre Michael Myers se titula ‘Devil’s eyes’, los ojos del diablo.

[2] Loomis pretende salvar al joven Myers y es, 15 años después, cuando se rinde, el momento que Myers elige para escapar (en la versión vista en cines). La oportunidad de redención de Loomis se presenta en dos partes: salvando a un "nuevo hijo" (Laurie) y reconociendo su parte de culpa a la hora de (re)educar a Myers.

14 diciembre, 2007

CHICHANDO (2 DE 2)



¿QUIÉN PUEDE MATAR A UN NIÑO?

Esta película se contrapone de una manera evidente al establecido prejuicio de terror igual a oscuridad más sustos (y, opcionalmente, música pseudo-satánica y derivados, tal y como suele darse en las películas de género que se hacen en estos tiempos…); aquí ocurre todo lo contrario: el terror viene derivado de la (supuesta) inocencia de los niños y todo acontece en medio de la claridad, luz y sofocante calor del día. Ante todo la originalidad y lo atónito como premisa principal, pocos clichés establecidos (salvo el evidente y principal sobre el que se atreve a jugar a romper el director), y dureza, mucha dureza para un film que rompe moldes e (infranqueables) muros como pocos se atreven a hacer.

Ya el prólogo refleja una buena declaración de intenciones por parte del autor. Acompañado por el tema musical principal de la película (algo así como pequeños y dulces tarareos de niños, concluidos con una, digamos, “extraña” sonrisa final por parte de los mismos…) se nos muestra una dura serie de imágenes de archivo con parte de los más importantes “puntos negros” de la historia reciente: guerras, catástrofes y semejantes desastres por el estilo avasallan al espectador con escalofriantes imágenes, indicándole las tristes cifras de desaparecidos como consecuencia de las respectivas iniquidades y dejando clara la primera conclusión: los grandes perjudicados son y siempre serán los niños, los inocentes y desvalidos niños. Pues bien, es a partir de este momento y durante los cien minutos siguientes cuando el director uruguayo se dedicará a desmontar ese tan establecido valor universal que es la infancia, esa tan feliz y desdichada etapa de la vida representada por esos “adorables” chiquillos que tanta felicidad causan a su alrededor… Y lo hará, cómo no, usando sus mejores armas para tan cruel propósito: el terror, el más puro terror, entendido éste como el mayor miedo que una persona puede sentir hacia algo, más aún si ese algo es (supuestamente) bello e incorrupto…

Y en este caso los desdichados sufridores de la perversa y retorcida mente del genio son una pareja de turistas ingleses -ella en estado, para más inri-, los cuales llegan a una población costera española en pleno verano, con un calor de justicia, contentos y esperanzados de poder pasar una agradable estancia en tan (en principio) idílico lugar. Y todo va sobre ruedas: el pueblo está en fiestas y reina la alegría, los niños juegan a romper la piñata (terrible paralelismo de imágenes con algo que se verá posteriormente) y el alborozo es general, contagiando así a nuestros queridos compañeros de viaje. Lástima tener que experimentar las chirriantes sirenas de las antiguas ambulancias (precisamente ahora se cumplen 30 años del estreno del film) y el espanto general causado por la aparición de diversos magullados cadáveres en el agua…; no todo podía ser tan ensoñador para los amados veraneantes. Ante la estupefacción y el mundanal ruido del lugar, la pareja decidirá entonces moverse a una cercana isla que es donde se desarrollarán los hechos siguientes.

Todo empieza a enrarecerse nada más pisar el nuevo suelo, cuando se comprueba cómo aquí, en este igualmente caluroso lugar (excelente fotografía de Jose Luis Alcaine, que refleja a la perfección lo pegajoso, sofocante e incómodo de la estancia, todo ello de manera natural y limpia, sin ningún tipo de artificio propio de este tipo de producciones), reina una inquietante tranquilidad y sólo se observa vida en todos los niños que reciben alegremente el bote de la pareja, todos salvo uno: éste pesca aislado y despreocupado, y es cuando Tom, el protagonista, se acerca a saludarle, cuando nos percatamos de la tibia mirada del niño, seguro en sí y absolutamente reacio a sus intentos de acercamiento, provocando ya cierta inquietud y miedo en el espectador. Son los primeros síntomas de la maldad. A este ambiente de extrañamiento general contribuye sobremanera la dificultad extra de la comunicación idiomática, que aunque sea poco necesaria en general, es cuando se precisa -la imposible conversación con la holandesa es el ejemplo claro- cuando realmente se refuerza la idea del aislamiento total de los protagonistas: están en medio de la nada más amenazante sin posibilidad además de comunicación clara alguna.

Podría destacar a ése incómodo pequeño actor en particular, pero realmente sería una evidente injusticia, ya que son absolutamente todos los niños que participan en la producción los que dan vida y pavor a la misma; es la masa nunca mejor entendida, un ente extrañamente interrelacionado y conexionado que, lógicamente, no tendría valor ni mérito sin un atento director y equipo detrás de las cámaras. Es realmente complicado manejar a tan amplio grupo de chavales y hacerles creer lo que se quiere contar, pero créanme que aquí se logra eficientemente.

La película y su ambiente se enturbian progresivamente, a los hechos me remito: la sucesión de terribles acontecimientos (a cada cual más cruel, doloroso, increíble y sádico) se torna explícita y produce un verdadero sentimiento de incomprensión, odio y rabia contenida en el espectador, que, abatido, acompaña en sus penurias a los protagonistas y que, finalmente, terminará por empatizar con los abruptos métodos empleados por Tom, rompiendo así definitivamente con la utopía inicial propuesta por el realizador. Una vez más Chicho nos la vuelve a jugar y se sale con la suya.

Podría obtenerse una lectura derivada hacia la ciencia-ficción para intentar explicar determinados comportamientos y situaciones, pero probablemente cometeríamos un error, ya que “¿Quién puede matar a un niño?” debe entenderse como una retorcida e hiperbólica parábola acerca de la dificultad de comprensión externa hacia esta época de la vida, de la complejidad de la educación en la misma, de las (tan habituales) concesiones paternas que provocan la creación de un espíritu rebelde e inconformista hacia la sociedad y lo establecido por parte de los imberbes. No se entienda esto como una inclinación reaccionaria por parte del autor, pues nada más lejos de la realidad: es sencillamente un terrorífico aviso.


Texto: Roberto García-Ochoa Peces


11 diciembre, 2007

CHICHANDO (1 DE 2)



LA RESIDENCIA

Esta película de 1969 es una joya del terror patrio. Y existen no pocos motivos para semejante afirmación; el más evidente de ellos es el hecho de qué persona está detrás de las cámaras: el gran Narciso Ibáñez Serrador, “Chicho”; sinónimo de calidad en la realización de obras de ambiente siniestro e incómodo, temas reflejados a la perfección en esta angustiosa película.

El film está ambientado en una antigua mansión de la Provenza francesa, lugar de bonita naturaleza y espléndido sol, nada más contrapuesto al ideal profundamente oscuro propuesto en la cinta, es lo que tiene Chicho: la búsqueda del contraste como medio ideal para la reflexión (ésto más claramente expuesto en su posterior “¿Quién puede matar a un niño?”), una reflexión vital ambientada en un lugar tan aparentemente idílico como majestuoso; pero nada más lejos de la realidad: una vez adentrados en los recovecos de este viejo caserón ya nada será igual: la luz, en todos los sentidos que se le quieran dar al término, ya no volverá a aparecer…

Así, la historia comienza con la llegada (magnífico el plano con el cual acaban los créditos: el candado del recinto cerrándose, muy indicativo de lo que se verá más tarde…) a esta mansión, que sirve de residencia a chicas con problemas de educación y derivados, de una nueva inquilina: la angelical Teresa. Una chica que parece no haber roto un plato en su vida y que, en cambio, es traída a este lugar para así reformarla. Y es que de “reformas” (nunca mejor puestas las comillas) sabe mucho la señora Fourneau, la institutriz de la residencia. Espléndida interpretación de Lilli Palmer para dar vida a esta conservadora, estricta y dominante mujer; perfectamente trazada por el director desde su primera aparición: dictando un texto acerca de Molière y el reflejo de caracteres en su obra, creando así un paralelismo de personalidades entre la mujer y el escritor: a la vez que se nos define al mismo, se nos define a la institutriz; y es que cuál mejor manera de “esbozar” el carácter de alguien que empezando por mostrarle haciendo un dictado a una concurrencia…

En el arte de la sugestión y el suspense existen pocos como Chicho, y es que en estas primeras secuencias del film, cuando la regidora enseña la mansión a la nueva chica, se nos dan ya pequeños y punzantes momentos de terror (a los cuales ayuda, por supuesto, la excelente música ambiental): una mano que aparece por allí, una puerta que se cierra por allá, un tiesto que se cae por otro lado…todo esto en una atmósfera aparentemente de lo más tranquila y cuando el film aún no ha acabado de arrancar, avisándonos así el director de que el ambiente que seguirá no será precisamente de ese estilo y que, probablemente, el personaje de la chica no lo pasará muy bien en estas sus nuevas estancias. Una excelente declaración de intenciones.

Pronto conoceremos a otros personajes relevantes en la historia, como Irene, la protegida de Fourneau: su prolongación en las residentes, la (atractiva, por qué no) “señorita de hierro”. A destacar, ineludiblemente, la secuencia de la primera cena de Teresa junto a sus compañeras: ese plano en el cual la cámara va aproximándose poco a poco hacia Irene, que come una manzana con inigualable osadía y superioridad, resulta poco menos que avasallador en la descripción de la personalidad de ésta; quedando claro quién es la chica a temer (y a odiar) por parte de la inocente y bondadosa Teresa y el resto de sus compañeras. Además, posteriormente, esa superioridad en este caso psicológica, se manifestará superioridad física mediante otra crispante secuencia en la que Teresa es humillada por Irene de manera aberrante.
Igualmente espléndido pero, me temo, mucho más cruel y sádico, es el momento del azote a una desobediente residente, su “pecado”: no querer copiar el dictado de Fourneau, o, lo que viene a ser lo mismo, rebelarse contra la jefatura y mando de la institutriz, obteniendo como resultado una malsana secuencia lésbico-sadomasoquista de igual magnetismo y repugnancia, remarcada por una excelente fotografía oscurantista, dejándose de esta manera a las claras la idiosincrasia de determinadas personalidades. Además, y para acentuar aún más el poderío y deísmo de la institutriz sobre las residentes y sus comportamientos, se muestra esta misma parte montada en paralelo junto con otras imágenes en las que, a la vez que la rebelde es azotada, las demás residentes rezan el padre nuestro para no ser castigadas por “dios”…

Pero aún queda un personaje clave más: el escondido hijo de la institutriz, Luis. Recluído en una habitación de la parte superior de la mansión por orden y castigo de su madre, se nos muestra a un chico con ganas de vivir e imposibilitado a ello, con ganas de relacionarse con las chicas y vetado a la única relación posible que le queda: la más que proteccionista materna, cuyo yugo pesa en forma de imposición: “ninguna de esas chicas te conviene; algún día encontraremos una mujer para ti, una mujer que te quiera como lo hago yo…”, le dice. De esta manera, se forma un ser que sólo es capaz de vivir “retales” de vida, trozos sueltos e inconexos formados a su manera, incapaz como le ha sido impuesto de formar uno solo y coherente…

La película avanza inexorablemente y los sucesos se desencadenan sin remisión: el terror y el componente sexual desvirtuado (muy presente e importante a lo largo de todo el film) se hacen cada vez más evidentes e imponentes. A este respecto existe otra magistral secuencia en la que las chicas van a ducharse. Lo tienen que hacer vestidas y con un fino y transparente atuendo, a la vez que la recta institutriz se pasea mirando y controlando la situación, dictando los tiempos y los errores. Se crea así un ambiente de excitación, morbo y, sobre todo, sexualidad reprimida cumbre en la película.
Servidor es una de las escenas más abiertamente lésbicas y de auto-censura y represión sexual que haya visto. Todo esto con la presencia del coartado Luis haciendo de “voyeur” invisible y atrapado, como cual cucaracha que observa y pasa desapercibida.

Uno de tantos otros aspectos remarcables de la película es la gran fotografía de Manuel Berenguer, que consigue reflejar fielmente esa atmósfera opresiva y hostil general en el film mediante el uso de tonos oscuros y apagados, dejando los claros básicamente para exteriores y secuencias interiores concretas como, por ejemplo, la mencionada de las duchas, primando en esta ocasión los cálidos, que se adaptan adecuadamente con el momento. No se puede ni se debe obviar tampoco, por supuesto, la extraordinaria banda sonora de Waldo de los Ríos, que en ocasiones crea sensaciones realmente angustiosas y cargantes, acordes al sentido de la cinta.

No podré terminar este comentario sin dejar de remarcar las extraordinarias secuencias de asesinato presentes en la película. Me es ineludible puesto que ahí es donde, verdaderamente y por encima de cualquier otra cosa, queda expuesta la absoluta maestría de Chicho en el arte de crear terror y angustia. Ambas son consecuencia de un cuchillo. En la primera de ellas la víctima anda pululando desprevenida cuando, de repente, aparece por detrás y por un momento la sombra del asesino; instantes después el fatal cuchillo se clava infaliblemente en la víctima en varias ocasiones, mostrando apenas sangre y sí la expresión desencajada del apuñalado, reflejada en el cuchillo; todo esto con una ralentización de la imagen. La secuencia va acompañada del motivo musical principal del film, una suerte de canción a la par melancólica y triste, por lo que adaptada a este momento nos traslada la pesadumbre de la víctima y su sentimiento de final, con la peculiaridad de que en última instancia, cuando se asesta la puñalada definitiva, el tema se desvirtúa y suena por un momento como rayado, dando así por finalizada la secuencia y también una vida. Algo magistral y fuera de lo normal.
En la segunda, un personaje intenta escapar de la mansión cuando, justamente en el momento que la música va “in crescendo” tensionándonos aún más, aparece la mano que abre la puerta a través de la cual entra el asesino; entonces la cámara vuelve a enfocarnos a la temerosa y desesperada víctima para que, un segundo después, vuelva a aparecer la mano que anteriormente había abierto la puerta, esta vez sujetando el cuchillo que siega el cuello del desorientado, quedando congelada en ese momento la imagen y sonido durante un par de segundos. La sensación de desasosiego, pesimismo y entristecimiento en el espectador queda marcada a fuego. Sencillamente antológico.

En fin, se podrían comentar muchas cosas más (como por ejemplo su grandioso, sorpresivo, degradante pero consejero final), sin embargo seguirían siendo insuficientes para hacer mérito a esta obra maestra del cine de terror nacional. Quizá se podría mencionar como aspecto negativo ciertos abusos en la caracterización de algunos personajes, pero aún así no es algo que pueda restar importancia a la calidad del filme. Y es que Chicho es mucho Chicho.

03 diciembre, 2007

CHARLOT Y CHAPLIN:EL NIÑO-HOMBRE Y EL HOMBRE-NIÑO




Antes de que la mafia se hiciera con el control de la producción industrial de mitos, existió un tiempo en que estos aparecían por pura necesidad de los sistemas sociales, casi como surgen las revoluciones. El primer mito propiamente cinematográfico en aparecer fue (como siempre son los mitos, quieran o no hacerlo evidente) no una persona, sino un personaje: Charlot. A su aparición era el primer hombre real que proyectaban los cinematógrafos, empeñados hasta entonces en la absurda creencia de que el cine sólo podía ser arte si convertía las grandes obras literarias en melodramas con malos y buenos de cartón piedra. La poética del cine surge del referente literario, pero también de la comedia muda, del trastazo, del circo, del espectáculo infantil. ¿Quién no desea ser un niño, reírse como un niño, disfrazarse, golpear, jugar impunemente, como un niño? Charlot lo consiguió en sus películas, y desde su carácter de creador, Chaplin también. Pero algo debe quedar meridianamente claro: Charlot no es Chaplin. Salta a la vista, con sólo revisar la biografía del genio, que él era un hombre que quería ser niño. Y quizá como medida terapéutica autoimpuesta, creó a Charlot, un niño que quería ser hombre.

Un rápido repaso a la filmografía del personaje y a la biografía de su creador explicará esta oposición de caracteres con más elocuencia: una filmografía y una biografía en franca coherencia con el tiempo en que transcurren, debido a lo cual resulta inevitable la división en tres etapas especialmente emblemáticas del siglo XX: los años veinte y los posteriores a la crisis del 29: la década de los 30 y de los 40.

Charlot nace al largometraje quizá con la vuelta de tuerca más compleja a su personaje: “El chico” (The Kid, 1921). También acaban de nacer los años veinte, y con ellos la especulación optimista y el insolidario desenfreno festivo de Grandes Gatsbys. Pero Chaplin es un burgués que odia a los burgueses, porque comprende que no hay nadie mejor a quien odiar que a uno mismo. Quizá se siente un traidor. De ahí su filiación a los marginados, de ahí su apego a los niños huérfanos, los seres más indefensos de la naturaleza. Tras experimentar el amargo trago de la muerte de su hijo al poco de nacer, Chaplin descubrió al niño Jackie Coogan, y encontró en él a una especie de alter-ego en quien depositar su afecto paternal frustrado. Así nace su primer largometraje: como una disección implacable de su momento vital, es el retrato de un niño que cuida a otro niño. Porque la convivencia de Charlot con el huérfano al que encuentra por accidente sólo tiene un patrón de conducta: el padre adoptivo permite al niño hacer todo lo que un niño permitiría a otro. Esta relación de franca igualdad se opone frontalmente a la opinión que Chaplin y Charlot tienen de la ley: sus agentes, más que personas, son ruedas pertenecientes a un engranaje que no responde a razones. Cuando el vagabundo encuentra al niño y el policía lo culpa del abandono, no intenta siquiera explicarle el malentendido: sabe que sus decisiones, aún basadas en el error, son inapelables. Más adelante descubriremos otras ruedas del engranaje del sistema, igualmente definitivas en la historia: los dickensianos agentes del orfanato, que intentan arrebatarle a su hijo por el capricho de la adinerada y ridícula madre biológica que lo abandonó en un paroxismo de melodrama (de nuevo la parodia literaria, la configuración en imagen cómica de aquello que en palabras resulta augusto). La paradoja y la crítica son aquí patentes: el mismo sistema que le ha obligado a adoptar a un niño pretende arrebatárselo cuando la relación entre ambos se haya consolidada. La mezcla insólita de drama (literatura) y comedia (circo, vodevil, cine) en tan ajustada proporción se da aquí por primera vez en la historia del cine, pero este cóctel genérico no es casual, porque en esta película el mundo infantil se opone y trenza al adulto como la comedia al drama. No hay más que recordar la secuencia que establece paralelismos entre la pelea de los niños y la de los adultos. Charlot descubrirá el mundo exterior al microcosmos de su vecindad debido a la irrupción del mundo adulto, y una vez derrotado en su deseo más íntimo sólo le quedará disfrazar la realidad de cielo cursi plagado de ángeles.

Este temor al mundo adulto es también el principio del comportamiento de Charlot en “La quimera del oro” (The Gold Rush, 1925). Tras ser emboscado en una trampa perpetrada por la joven actriz de la película (Lita Grey) y su madre, el director hubo de casarse con ella y sustituirla en la ficción por otra. De nuevo Chaplin, el hombre, quiere volver a ser aquel niño huérfano que en su día quiso ser adulto para poder controlar su propia vida, y aún adaptando del original literario de Jack London con distintivos propios de comedia, le sale una película sobre el desengaño en la que Charlot, el niño, busca la madurez a través del oro prometido de Alaska para terminar encontrándose en un mundo de clima inhóspito, hombres gigantescos y mujeres insensibles, donde el canibalismo es una opción, el asesinato una costumbre y se da la bienvenida al año nuevo con disparos de revólver. En semejante infierno, el hombrecillo indefenso es un inadaptado: la mujer a quien ama juega con él sin remordimientos y se mofa de su inocencia con otras mujerzuelas, y a nadie le importa la poética pureza de la nieve, sino el implacable valor económico del oro que esconde. Por eso la película se cierra con optimismo, en un final en que el oro y el amor conviven sin incongruencias: Chaplin sabe que, de no ocurrir en la ficción, no ocurrirá de otro modo. No son la época ni el lugar adecuado.

En su siguiente largometraje, “El circo” (1928), Charlot se aleja de la literatura, y es significativo que destile su estilo cada vez más fílmico a través de la representación de un espectáculo como el circense. De nuevo en la confrontación de Charlot contra el mundo vuelve a oponerse la infancia a la madurez, en un duelo metahumorístico no exento de cierta hipocresía: humor espontáneo (niñez, comicidad, circo) contra humor meditado (madurez, seriedad, literaturización). En la cinta, la cualidad cómica de Charlot es descubierta accidentalmente por el severo dueño de un circo en cuya pista el hombrecillo irrumpe acosado (una vez más) por la persecución policial. Convencido de su futuro en el espectáculo, el dueño decidirá someterlo a una prueba de ingreso en su negocio. Pero este examen, articulado en torno a diversos gags tópicos e iniciado con un absurdamente imperativo “¡haz gracia!”, no dará los resultados esperados en un Charlot cuyo humor radica única y puramente en su inocencia. Precisamente lo que ocurre en las bambalinas de la prueba (la confusión de sillas entre Charlot y el irascible dueño del circo) será más humorístico que la prueba misma. Sin duda esta sensación de objetivismo humorístico, como apuntábamos antes, no salva la hipocresía inmanente a toda ironía metaficcional, pero mantiene intacta la brillantez con que aquí se nos habla de la decepción del espectador natural del circo (el niño) al presenciar la paradoja que supone el humor como negocio: el dueño malvado, la bailarina hambrienta, los payasos tristes. La presión neurótica del que tiene que ser gracioso. El adulto, en su ambición desmedida por controlar, somete incluso la sonrisa de un niño a su particular tiranía del dinero. Y Charlot es engañado como un niño desvalido, utilizado, domado por el domador de leones, como lo fue Chaplin por Lita Grey y su augusta madre: el dueño lo contrata como utillero sabiendo que, por menos dinero, su torpeza natural derivará inevitablemente en el espectáculo que todos desean ver. Pero aún le queda otro sapo que tragar: la bailarina de la que se encuentra enamorado ama a su vez al nuevo equilibrista (con esa voluntad endogámica de los siempre itinerantes). Por eso Charlot ríe cuando el funambulista está a punto de caer desde lo alto. Ríe la inminencia de la desgracia como un niño cruel insatisfecho en su deseo, y se duele de que esta no suceda... y lo mejor de todo es que consigue que nosotros riamos con él, que odiemos con él, como en Monsieur Verdoux conseguirá que matemos con él.

“Luces de ciudad” (City Lights, 1931) será su última película en la primera de las dos etapas en que hemos dividido nuestra clasificación, y que culminan con la muerte definitiva de Charlot (que no de Chaplin, insistimos). Ha ocurrido ya la crisis del 29, y los Estados Unidos se hayan sumidos en las consecuencias de sus propios excesos. En esta dependencia del exceso, el millonario suicida del film constituye el motor de la acción por cuanto de su situación etílica depende la aceptación o el desprecio hacia Charlot: ebrio, le regala un coche, le colma de atenciones y se constituye en deudor de su vida; sobrio lo hace ahuyentar de su casa como una enfermedad. Suele decirse que los niños y los borrachos poseen la verdad, y la sobriedad del caballero sólo puede interpretarse como la sublimación económico-esquizoide del carácter contradictorio de los adultos.

Pero no cesa aquí esta dualidad. También el propio Charlot, en su relación con la chica ciega que lo confunde con un caballero acaudalado, ha de dejar a un lado el niño y comportarse como un adulto, intentando disfrazar la realidad a una inocente empleando la fabulación y el trabajo, “literaturizando” su vida en la asunción de cuentacuentos, como décadas más tarde, aprendida la lección, haría Benigni en su “La vida es bella”. No deja de ser un presupuesto pesimista el identificar ceguera con inocencia, y sin duda dice mucho de lo que a partir de ahora serán los valores a explotar en la filmografía de Chaplin. La contradicción de esta doble vida de niño-adulto dará con los huesos de Charlot en la cárcel cuando, al intentar impedir el robo en casa del millonario, este recupere la consciencia y lo acuse, obligándole a escapar (una vez más de una policía que no atiende a razones) con el dinero y ofrecerlo a su amada invidente para que recupere la vista y contemple por fin las luces de la ciudad, aunque sea sin él.

Existe ya cierta amargura en el final de “Luces de ciudad”, porque en una época como esta ya no hay cabida para finales felices, para el engaño. De ahora en adelante, los films de Charlot no serán los de siempre, sino los de un Charlot que agoniza entre crisis económicas, bélicas y cinematográficas (la irrupción del sonoro). Porque si bien Chaplin nunca se había mostrado indolente ante la insalvable paradoja clasista en la llamada “sociedad de las oportunidades”, a partir de ahora su cine será progresivamente más oscuro, ácido y duro que nunca: el niño se muere. Y la pesadilla kafkiana del siglo XX comenzará con “Tiempos modernos” (Modern Times, 1936).

Woody Allen nace de “Tiempos modernos” en “Bananas”, aplastado por una maquinaria avasalladora de musculación inapropiada para su débil cuerpo, y se desarrolla en su posterior filmografía convirtiendo este mecanicismo inflexible en presión social, y su cansancio en neurosis. Resulta significativo que el mejor cineasta humorista de los últimos 35 años sea precisamente un niño que no ha sabido crecer. Porque eso, y no otra cosa, es Charlot en “Tiempos modernos”.

La película comienza con una crítica decidida al modelo taylorista de producción, desde una perspectiva cercana a (aprendida de) obras literarias previas sobre futuros distópicos, como el “1984” de Orwell o “Un mundo feliz” de Huxley: Charlot es un obrero anónimo en un sistema sin margen a la improvisación, que con sus dos manos ha de apretar sendas tuercas por plancha metálica que desfila ante sus ojos (rentabilidad inhumana de la morfología humana). El asfixiante carácter serial, lineal de su trabajo, anula todo pensamiento ajeno al sistema, de modo que un molesto abejorro puede provocar un paro decisivo en la producción. Incluso la “hora del bocata”, el único posible resquicio de libertad, está prevista por este mecanicismo destructivo en una máquina que, sin embargo, no prevé la humanidad del comensal. El carácter espantosamente alienante de su trabajo, obliga psicológicamente a Charlot a estallar en una crisis nerviosa que arrasa con todo y con todos, que destruye máquinas, que aprieta tuercas que no existen, que embadurna de aceite a los impecables directivos de la empresa. El hombre industrial, un ser tan útil para todos que resulta inútil para sí mismo, encuentra su catarsis en el comportamiento infantil, en lo imprevisto, en lo no programado.

Al ser expulsado de la fábrica, descubrimos con Charlot un mundo aún peor de lo que ya imaginábamos: la oposición ideológica lo domina todo. Ser adulto salva y condena al mismo tiempo. Incluso la chica (Paulette Godard), una huérfana adicta a los plátanos, ostenta un aspecto más resabiado y sexual de lo que venía siendo habitual en las actrices de Chaplin. Será en ella en quien encuentre la estabilidad emocional que busca, y formarán una pareja que se desmarca esencialmente de los crudos acontecimientos de su entorno. Juntos aprovecharán cualquier oportunidad para disfrutar de lo poco que queda de inocente en el mundo en que viven (como la juguetería de los grandes almacenes en que Charlot entra a trabajar como vigilante), y en una choza medio derruida harán planes de futuro como jugando “a las casitas” entre máquinas y revoluciones.

El ambiguo final de “Tiempos modernos” no hace sino ratificar la complejidad que ya se apuntaba en “Luces de ciudad”. La película concluye con el vagabundo y la huérfana encaminándose al horizonte, felices... pero perseguidos. Charlot va ahora acompañado, pero con alguien que arrastra tras de sí las iras del propio sistema. Ya no podrá nunca más dar una patada al destino, como hacía en sus anteriores películas. Ha madurado a un precio muy alto. Es la hora de morir.

Puede considerarse “El gran dictador” (The Great Dictator, 1940) como un cierre estrictamente consecuente al personaje de Charlot: en primer lugar, porque Chaplin supo ver que el vagabundo no debía envejecer (no hay nada más incoherente que un mito viejo); en segundo lugar, porque sabía que cuando Charlot hablara, dejaría de ser Charlot. Y así fue. Tanto, que al término de la película el vagabundo adopta otra personalidad, la del poderoso Hynkel, para proferir un mensaje de paz en el mismo tono agresivo que utilizaba el beligerante tirano.

La película parte del cimiento común a las últimas películas de Charlot: vagabundo inocente (aquí debido a su amnesia) enfrentado a un mundo en un aterrador proceso de cambio (el ascenso de los fascismos). Pero pronto comprobamos que aquí no hay adultos y niños, no hay responsables e irresponsables: en sus servicios a la patria en la Primera Guerra Mundial, Charlot, fiel a sí mismo, se rebela como un redomado torpe, y uno de sus superiores le espeta un severo “¡Esto no es un juego!”. Pero sólo bastarán unos minutos de metraje para conocer los bastidores de las guerras, las decisiones de los grandes gobernantes, y dudar de la veracidad de esta afirmación: en realidad todo el mundo juega, solo que a juegos distintos. Hynkel juega con su esfera planetaria a ser soberano del mundo, a investirse César con una túnica, y contra Napoloni a disputarse territorios como niños enrabietados. Mientras tanto, el “doble” vagabundo que regresa del hospital al mundo real, sufrirá el escandaloso oprobio de la discriminación (el hecho de que los dos sean exactamente iguales es una de las más contundentes ironías de la película). Los agentes nazis, “niños matones” del patio de recreo (los policías más aterradores del cine de Chaplin por cuanto tienen de amoral) dejan poco margen para jugar a aquellos a quienes detestan. Pero lo verdaderamente terrorífico aquí es que, quien dictamina qué niños deben ser detestados, es el propio director del colegio. Se trata del relativismo en estado puro, que también afectaría a Chaplin al estreno de la película: los Estados Unidos, siempre tan seguros en sus creencias, cedieron sin embargo a las presiones nazis que decretaban no estrenar la cinta en Europa, dado que de hacerlo cerrarían el paso a cualquier película estadounidense, con el consiguiente desastre para la industria de Hollywood. Harto de la deshonestidad política, sin un asidero ideológico al que recurrir, Chaplin decidió matar a Charlot. Acaso no quería que su hijo siguiera creciendo en un mundo como aquel, quizá prefería seguir siendo un hombre en busca de su infancia perdida. Y lo mató del único modo en que podía hacerlo en aquellas circunstancias: convirtiéndolo y convirtiéndose en un asesino.

Tras la utopía de “El gran dictador”, “Monsieur Verdoux” se nos presenta como el canto definitivo al cinismo. Si los Estados han perdido sus principios, ¿por qué no puede perderlos el individuo? Si alguien que mata a cientos de personas en una guerra es condecorado, ¿por qué un asesino en serie es ejecutado? De esta brillante premisa parte la película que constituyó el funeral con velas (pero sin plañideras) de Charlot, sobre un metódico francés que, expulsado de su trabajo, decide montar por su cuenta un particular negocio de engatusamiento y asesinato de viudas acaudaladas. Lejanamente inspirada en los crímenes de Landrú, la película, como antes apuntábamos, nos invita a matar con el protagonista. A fin de cuentas (nunca mejor dicho) el dinero que consiga de sus gestiones será destinado al mantenimiento de su mujer paralítica y su angelical hijo, únicos soportes morales en la por lo demás amarga vida de Verdoux. He aquí al Chaplin protector de la infancia y del desvalimiento, el Chaplin que cuida de aquello que desearía ser, el Chaplin que, desencantado del giro de la historia (o tomando conciencia de lo que siempre ha sido) desea abiertamente, honestamente, hacer de la moral un servicio, y del medio un mero instrumento para obtener sus propios fines.

No hay maldad en el personaje de Verdoux: al final de la película se ejecuta a un inocente, y con él los pocos vestigios que ya podían quedar de Charlot: el último alejamiento del personaje en el horizonte se da en dirección al patíbulo, como fiel testimonio de la muerte definitiva del niño. Verdoux desea únicamente la muerte de las viudas por lo que le reportará económicamente, el odio no tiene cabida en sus actos. De hecho, una vez muertos su mujer y su hijo, y con ellos su propia inocencia, se entregará voluntariamente a la policía, porque ya no le queda nada. Tampoco a Chaplin le queda nada por hacer en los EE.UU., un país sumido en el disparate del macarthismo que, tras la proyección de esta película, lo expulsa por considerarlo “militante comunista”. Nadie entiende nada: una vez más, los ignorantes expulsan al genio.

Porque Chaplin fue y será ya por siempre el primer genio del cine. Alguien que supo ver que para ser original había que volver al origen, que para hacer cine había que volver a lo literario y reinterpretarlo, ser niño otra vez y para siempre. Aunque el niño sea, hoy por hoy, sólo una silueta vagabunda alejándose en el horizonte.

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