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13 septiembre, 2008

Nacho Cerdá. Bordeando la muerte



Es una lástima que directores españoles como el que nos ocupa sean tan desconocidos para la gente de su propio país mientras que, de puertas afuera, consiguen alcanzar un cierto estatus que les permita que su obra sea exhibida en una mayor medida. Puede ser el resultado, una vez más, de la lamentablemente interesada política de distribución -y por ende, difusión- presente en España, algo que vistos los tiempos que corren no es de extrañar cuando, con sólo echar un vistazo a los carteles de los cines, uno se da cuenta de que en la inmensa mayoría de las películas que tras ellos se esconden no prima más que la facilidad, la inmediatez y la diversión, dejando a un lado propuestas sugerentes, inquietas y verdaderamente personales como las que aquí nos ocupan.

Ignacio (como inocentemente firmaba en su primer trabajo conocido, The awakening) o Nacho (como posteriormente quedó fijado, en paralelo a su maduración artística) Cerdá es un joven realizador catalán curtido en el mundo del cortometraje, formato donde realmente, y hasta el momento, ha causado suficiente impacto. Estudió periodismo y se marchó a EE.UU. a formarse en el mundo del cine a través de varios cursos, en el marco de los cuales realizó su mencionado primer corto, y desde entonces no ha parado de rodearse de un equipo técnico y artístico en gran medida internacional, en lo que viene a ser una muestra inequívoca de la poca confianza que tiene hacia el entramado cinematográfico patrio y sí hacia la particular sensibilidad que el público americano siente hacia el cine de género, sabedor de que sus radicales propuestas podrán hacerse hueco más fácilmente allí.

Goza de tan sólo cuatro obras en total (si no tenemos en cuenta su participación en el film coral europeo 99 euros, invisible en nuestro país, y su making of para la película El maquinista), y una quinta en eterna preparación. Las tres primeras son los trabajos cortos que conforman su denominada Trilogía de la muerte (recientemente editada en dvd por parte de Versus, en un pack realmente cuidado), compuesta por The awakening, Aftermath y Génesis, tríptico que desmenuza la muerte en sendas vertientes y auténtico (y justificado) impulso en su carrera al escaso terreno del largo, en el que de momento sólo ha realizado la inquietante Los abandonados a la espera de la terminación final de su misterioso documental Ataúdes de luz.

Pero, ¿qué aporta en realidad Nacho Cerdá al panorama del terror (inter)nacional? Sin duda una visión radical e igualmente personal, fresca y sin miedo a las cortapisas en el forjamiento de la creación, que apunta directamente al tema de la muerte y no duda en enfrentarse a ella de cara, abordándola desde prácticamente todos los ángulos posibles para así enriquecer su visión, y afrontándola con la suficiente entereza como para no dejar de mostrar todo cuanto su temible imaginación le sugiera. Su afán por el estudio de la naturaleza humana y el significado del instante final que a todos nos espera no se marca límites auto-censores, y eso es algo que sin duda le ha imposibilitado su salida adelante en circuitos que no fueran minoritarios, cuestión de sobra sabida por él mismo y que refuerza aún más la valentía que recorre su propuesta. Vayamos por partes.

El interior del triángulo escaleno que es la Trilogía de la muerte está claro y no hace falta más que echar la vista hacia tal nombramiento grupal para intuirlo; son justamente los antitéticos pero adyacentes lados de ese triángulo los que lo sostienen fijamente, conformando una extraña pero no menos armoniosa unidad, y reflejando la poderosa luz de sus vértices directamente en sus lados opuestos, reverberando su iluminación en el todo, que es la unión de la vida con la muerte y su irreversible impacto en el entorno.

Una simbología trigonométrica, la anterior, que se hace explícita en The awakening . Cuando un joven estudiante manosea y mira ensimismado en clase el billete de un dólar (que tiene impreso en él una pirámide con un ojo en su interior, que representan a Dios y a la Santísima Trinidad que lo envuelve), resuena en su interior una extraña voz que le transporta al sueño. Al despertar, encuentra todo lo que le rodea inmóvil, no sólo sus compañeros sino también el reloj de la clase que marca el tiempo; él no le dará importancia en principio, pero poco a poco su angustia irá creciendo, y será cuando vea a todos sus compañeros dirigiendo su mirada impenetrable e inamovible hacia él y se percate del dibujo con el símbolo anterior impreso en la pizarra (a la vez que le impactan brevemente distintos recuerdos de su vida), cuando tome consciencia de su propia muerte.

La captación del instante de la muerte desde un plano puramente espiritual es, pues, el objetivo de esta pequeña película. Dotada de un evidente tono amateur que no esconde sus defectos interpretativos, la narración, sin embargo, fluye sencilla y se acompaña de una cierta ambientación de opresión que se incrementa cada minuto (y en la que no tiene poco valor la música atmosférica ideada), desasogando al personaje ante la incomprensión que se le plantea. La falta de una cuidada producción, aquejada de su escasez de medios, no debe impedir ver la meritoria representación de un concepto, el del fallecimiento, sugerido como indoloro e introducido mediante el sueño. Cerdá detiene el tiempo para separar alma y cuerpo, nos sorprende primero ante el extrañamiento que supone la visión sin sentido del cuerpo ausente, despojado de su ser; y nos sobresalta después cuando ese ser independiente está ya carente de su físico y lo observa con resignación, al tiempo que nos sugiere un agradable adentramiento en un lugar paralelo, donde el reloj volverá a discurrir a su manera.

Todo lo contrario ocurre en Aftermath, cortometraje de culto internacional. En esta segunda parte, el director decide pasar a la acera contraria sabedor de que no generará poca polémica con su manera de cruzar la calle: la explicitud. Si The awakening se centraba en el aspecto más voluble -por invisible e incierto- de la existencia humana, Aftermath ensalza hasta límites casi insoportables el sentido físico, real, de la vida y horroriza a través de su más viable y sin embargo caduca muestra, el cuerpo. Rodado con la misma frialdad y alejamiento que impone la aséptica sala de autopsias donde se desarrolla, el grado de pulcritud y limpieza estética (a años luz de su antecesora), de depuración en definitiva, es encomiable en este trabajo; se aprecia un pormenorizado estudio de la planificación y la situación de la cámara, que logra extraer destellos de belleza de donde aparentemente debiera salir la repugnancia y la dificultad de mirar. Existe, en fin, un fiel distanciamiento formal que no entra en batalla con una moral de la mostración, mediante la cual Cerdá quiere, simplemente, captar la verdad del instante de la degradación de la carne, pues no es su intención dejar vacía esa tan importante y habitualmente invisible fosa; no puede permitírselo si quiere completar su círculo.

Es por eso el grado enfermizo posteriormente alcanzado, cuando uno de los forenses da rienda suelta a sus más libidinosas tentaciones con uno de los cadáveres, en una culminación de su extremada obstinación por la sangre y su envoltorio; porque la materia inane del cuerpo unido a una mente inexistente despoja a aquél de su cometido, quedando reducido a un sucio escombro en el interior del cual no se aloja nada más que horripilantes órganos desechos que son tratados como tales. Tan sensible material podría haber degenerado en el habitual subproducto underground que no busca otra cosa más que el morbo; nada más lejos de la realidad: un refinado y rebuscado sentido artístico ahonda entre las imágenes, sin ningún conato de sensacionalismo, logrando Cerdá encontrar por momentos la sensación de gravedad buscada cuando inspira los fotogramas con el Réquiem de Mozart. Su ceremonia de la muerte da paso a la asunción del vacío que tras sí deja ésta.

Y es que Génesis (nominado al Goya y ganador de Sitges en el 98) cierra el círculo a la perfección. Primeramente, el espíritu; después, la carne; y por último, el poso. La pesadumbre y eterna tristeza que le queda a un mal afortunado escultor que pierde a su amada en un terrible accidente de tráfico. Aprovechando su condición de esa clase de artista tan perfeccionista que conlleva esa dedicación, intenta construir una figura a imagen y semejanza de su añorada pérdida; como resultado, obtiene una bella escultura, tan bella que habrá de pagar un caro tributo a la propia naturaleza.

Sin una fotografía tan bien adherida al momento, ensoñadora y honradora de la mujer así como oscurecedora y apocalíptica del hombre, en tanto cuerpos como almas; sin una ambientación tan misteriosa, que sabe tornarse terrorífica cuando así debe hacerlo, auspiciando la transmutación mutua; sin una música tan bella que refuerza aún más el componente nostálgico y desesperado del film; sin unas interpretaciones que se saben limitadas pero que sin embargo saben aprovechar sus registros gestuales para transmitir desarraigo y pena; sin todo ello solamente quedaría el intento de trascendencia. Con todo lo anterior y sumándole una idea del amor frustrado en vida, de la eterna e insoportable soledad del ser, de la reencarnación del alma en cuerpo y del cuerpo en alma en imposible unión de ambos, y de la permanentemente frustrada búsqueda de la completitud humana, se consigue apuntar directamente a las raíces de la belleza, cerrando con un marco que bien podría ser el de un pintor romántico.

Habrían de pasar ochos años y un proyecto empezado de por medio e inacabado aún para que Cerdá se lanzase a dirigir una película de larga duración. Con una producción a varias banderas, Julio Ruiz, mandamás de Filmax, le ayudó en gran medida a producir Los abandonados , donde vuelve a contar, así mismo, con un equipo eminentemente internacional. De tal sinergia de fuerzas no podía surgir algo primorosamente personal, y el propio Nacho es autoconsciente de tal premisa (por otro lado ineludible en la industria toda vez que te ves inmiscuido en el interior de su mecanismo cuadriculado) cuando se pone tras las cámaras en esta historia de fantasmas de familia rusa venidos del más acá.

No obstante, consigue exprimirle su justo jugo. Entroncando temáticamente con su trilogía, el realizador aborda aquí una advertencia clara: remover un pasado oscuro puede hacer removerse a la propia historia. Así, jugando a la metáfora fantasmal de un par de hermanos desconocidos que vuelven a donde nacieron y fueron abandonados para conocer sobre su propio origen, nos brinda una de terror un tanto convencional por los consabidos sustos y efectos de turno, no exenta de cierto estancamiento en la progresión narrativa (quizás como causa de haber arrastrado los particulares ritmos del formato corto), pero envolviéndola en una forma muy notable, que se adhiere directamente al terreno de la mugre y la carroña, del chasquido y el espanto, de la molesta permanente amenaza, sabedora la protagonista de su inminente fatalidad. Una producción lograda que permite recrear ambientes siniestros como sólo Cerdá ya daba indicios de saber hacer: angulando la cámara en posiciones temiblemente subjetivas y amenzadoras, ahuyentando al espectador su mirada de tal calvario atmosférico.

Así pues, tras esta nueva muestra de posibilidad mortuoria que tanto parece gustarle, en esta ocasión aquélla que nos guía por la peligrosa senda en espiral de la degeneración racional, que conduce directamente al precipicio de la (in)voluntaria inexistencia, llegamos al final del camino trazado por Nacho Cerdá. Un camino espinoso, por el que más vale andar mirando siempre con suficiente perspectiva, la misma que habremos de tener cuando contemplemos su próxima Ataúdes de luz, con la que intentará la improbable ceguera: levantar de su tumba al cineasta Sergio del Monte, personaje extraño por definición, asesinado en los años 70 a los pocos días de rodaje de la película de ese mismo nombre con la que ahora se estrena la de Cerdá, afanado en propagar la misma cegadora luz que éste cuando quiso revolucionar la imagen en movimiento y en efecto lo consiguió causando la muerte cerebral a sus productores tras el visionado de los primeros y aparentemente desaparecidos rollos de la película. La muerte de la imagen cinematográfica, física-fílmica en contraposición a su atávico impacto en el espectador, a estudio. La muerte, cercada.

En exclusiva para El zoom erótico de http://www.vadecine.es (Roberto García-Ochoa)

26 mayo, 2008

SENSACIONES EMOCIONANTES, RECUERDOS EMOCIONALES


Pasando las 125.000 visitas, os adjuntamos un artículo de otro de nuestros más fieles colaboradores. De Indy, claro, pese a la decepción general con el truñaco que nos ha calzado Spielberg con su innecesaria cuatra entrega. Maldito Lucas.

Sólo será necesario escuchar de nuevo los grandiosos acordes del tema principal que John Williams ideó para la saga para empezar a comprender ante qué clase de espectáculo nos encontramos. Otra vez. Y serán cuatro.
Bastará volver a ver a Harrison Ford ataviado con su inconfundible sombrero y característico látigo para que se nos olviden de sopetón los 19 años pasados desde la última vez, y ciertamente nos importarán poco las arrugas, las cuales el Doctor Jones, si mantiene esa mordaz socarronería y lúdico cinismo habituales en él, sabrá disimular de manera similar a la mejor de sus escurridizas evasiones. Y nosotros lo gozaremos.
Emociones. Es lo que siempre me han deparado las aventuras de Indiana Jones, y lo que, espero, me siga ofreciendo esta cuarta entrega. Sensaciones de riesgo -figurado y ciertamente exagerado, sí, pero eso es precisamente lo que pide el cuerpo cuando uno se sitúa frente a héroes como éste- cuya mayor dificultad es lograr transmitirlo, cosa que no todos son capaces de hacer. Spielberg sí.
Porque el paso de los años proporciona sin duda una perspectiva diferente de las cosas, dota de una madurez que te hace mirar de manera cada vez más certera, más aproximada a la realidad, despojando así la absoluta despreocupación de la que, ¡ay, suerte!, goza un niño, gozaba un niño como yo. Pero los recuerdos permanecen imborrables, eso también es suerte. Y a mí, al hablar de este nuestro querido “correrías”, se me viene inevitablemente a la memoria el verle saltando de camión en camión peleándose contra los malos malísimos, dentro de una carrera frenética en busca del Arca Perdida; y si no, bien pronto me lo encuentro dentro de un ominoso Templo Maldito, haciéndome sufrir lo indecible creyendo que ya se había convertido al lado oscuro y que realmente estaba dispuesto a arrancar corazones -literal y figuradamente-; pero, por si acaso, siempre me queda la simpatía que irradia el verle junto a su bonachón padre partir rumbo al poniente, entonces sabedores todos que hay cosas mucho más importantes que el preciado Santo Grial, cerrándose así, verdaderamente, una secuencia de imágenes maravillosa.
Son recuerdos, todos ellos, que transportan a la niñez. Pero no sólo por el hecho de recordar en sí, sino porque suponen la constatación de una de las mejores y más elaboradas formas de disfrute jamás llevadas a la gran pantalla, aquéllas que sólo un niño sería capaz de vivir plenamente. Pero no, aquí da igual la edad. Y es justamente ahora cuando se entremezclan excelsos sentimientos pasados con auténticas emociones presentes, reales, actuales. Ése es el incendiario cóctel que causa esta explosión de felicidad de la que les vengo hablando.
Por todo ello, por esta clase de deleite desenfrenado y rebosante de adrenalina, que quiere desentenderse de cualquier forma de análisis y vivir únicamente de la emoción, no me pararé a enumerar las incontables virtudes cinematográficas que engrandecen y justifican más aún la recordada y mítica figura del aventurero. Porque ese niño grande que todos llevamos dentro ni siquiera desea saber quién es Harrison Ford; sólo sabe que Indiana Jones le causa admiración. No conoce a Steven Spielberg; sencillamente brinca de su asiento cuando éste le impresiona con esa fugaz y trepidante escapada. Tampoco es consciente de la magnitud de John Williams; sin embargo con el paso de los años seguirá silvando algo. Ni sabe de localizaciones o iluminación; tan sólo ansía acompañar a su héroe en medio de la selva, del desierto o dondequiera que lance su látigo, ya sea día o noche. Sólo de mayor, ya vuelto a la realidad desde los designios del cuento, será consciente del significado de una palabra. ÉPICA.

Roberto García-Ochoa Peces

07 febrero, 2008

AMANECE. La rutinaria tristeza


"Soy Jairo López. Vivo en Tenerife y tengo una productora con 3 amigos
más llamada Digital 104 (www.digital104.com). Entré en el blog por el
también canario Roberto Pérez Toledo ("Vuelco"). Siempre he querido
que hagan una crítica de mi corto "Amanece" (2006). Me llevó casi dos
años todo el proceso. Personalmente quedé muy contento con el
resultado, pero los jurados que seleccionan cortos para los festivales
se ve que no tanto, jeje. Se puede ver desde la web en:
http://www.digital104.com/amanece/ (ver corto). Está a calidad
reducida, evidentemente.
Un saludo"

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Amanece. La rutinaria tristeza.

Igual. Es la palabra que invariablemente responde día tras día un hombre mayor a la asistenta familiar tras preguntarle ésta sobre cómo se encuentra hoy. Sin mayor exaltación, sin mayor preocupación, con la misma desilusión y sequedad; no hace falta mayor diálogo para reflejar semejante apatía vital.

Igual. Es como parece permanecer todo en la triste y desesperante vida de una solitaria mujer sólo acompañada por ese antipático y desganado hombre, padre suyo para su desgracia, recordatorio omnipresente de un terrible e inconfensable suceso del pasado. Su único y verdadero punto de fuga le viene dado por la preciosidad de su niña pequeña, y sin embargo son escasos los momentos de disfrute, debido a la obligación de un pobre trabajo que le posibilite el sustento.

Así las cosas, con tan poco material de partida, se consigue fabricar un retrato existencial sobrio, justamente pausado, carente de cualquier alarde en desproporción y correcto en su puesta en escena, de la que cabe resaltar alguna idea inteligente: dentro de la escasez de diálogo general, sólo aquellos pasajes más alterados y reveladores de la amargura diaria de los protagonistas se nos muestran en off, fijados en momentos auspiciadores de su soledad –ella, durante su regreso a casa desde el trabajo, se apesadumbra recordando una discusión, y algo más, presagiando así al espectador sobre lo que significa para ella este caminar diario; él, mientras observa una foto, rememora inenarrables hechos-. Punteando estas difíciles imágenes y contribuyendo a su importante significado conviven unas melodías poco apartadas del tono general del trabajo; canciones alicaídas para transmitir sensaciones de unas almas lastimeras emborronadas por el dolor y la aflicción del invariante y temeroso paso de los años.

Igual. Así es como parece va a desembocar la historia en los últimos momentos, condenada a repetirse de manera fatal, irremediable. La búsqueda desesperada de dos seres perdidos en sus respectivas islas de desamor mutuo parece no tener fin, no encontrar salida alguna hacia una luz más visible que la de la incomprensión. El espectador podría pensar, en estos momentos claves, sobre la viabilidad de una resolución nefasta a tanta oscuridad, sobre su idoneidad, y sin embargo permanece atento al encuentro final cuestionándose acerca de si la pureza de ese “papá” traerá (¿de nuevo?) la oculta felicidad, una palabra difícil de averiguar, sin duda, en este provechoso cortometraje.


Roberto García-Ochoa Peces

21 diciembre, 2007

ARREBATO, O EL VAMPIRISMO EN LA IMAGEN




Iván Zulueta, director de esta obra maestra del cine español, se interesa desde pequeño en el arte en general y en la estética pop en particular. Rodeado siempre de gente inmersa en el terreno cultural (su padre fue director del festival de cine de San Sebastián; tiene como profesor a José Luis Borau, una de las figuras del cine español de siempre;…), se especializa en el diseño de carteles, creando las imágenes de algunas películas importantes de nuestro cine, como “Viridiana”, de Luis Buñuel, o “Furtivos”, del citado Borau, así como algunos carteles para varias películas de su amigo Pedro Almodóvar (he aquí parte de la “conexión” entre ambos autores, más allá de las posibles coincidencias temáticas, en menor medida estilísticas, en sus películas).

Nos encontramos, por tanto, ante una persona sin lugar a dudas inquieta, con la necesidad de crear, pero cuya obra en cuanto a lo relacionado con el cine se refiere no es todo lo prolífica que un admirador suyo desearía: realmente sólo tiene otro largometraje además del que comentamos, “Un, dos, tres, al escondite inglés” (1969), y unos cinco cortometrajes. ¿Por qué es esto así? Dejando a un lado la inequívoca independencia (en todos los sentidos) de sus trabajos, que le dificultan sobremanera llegar a un público amplio (y, por ende, a un productor razonablemente emprendedor), el problema, o problemón, ante el que se topa es a todas luces (re)conocido: drogas. La consumición y adicción le resultan inevitables en aquel ambiente en el que todas las nuevas posibilidades estaban al alcance de la mano (y no en menor medida para él…), y en el que se tienen las ganas de “probar” y experimentar lo desconocido, lo inalcanzable hasta ese momento. Y, precisamente, de las drogas y de otras adicciones se habla en “Arrebato”, envolviéndose así realidad y ficción de manera irreversible y quedando el espíritu del instante muy presente en el film.

Porque, sí, “Arrebato” es una película sobre la adicción y sus riesgos; oscura a menudo, optimista y feliz en algunos momentos, inquietante siempre, absurda y surrealista a ratos, y terrorífica al final, muy próxima al más gélido escalofrío. Pero, ante todo, es una película, dejémoslo meridianamente claro, rara, muy rara, que apenas encuentra parangón internacional (quizás un David Lynch podría asomársenos al pensamiento, pero no debemos olvidar que éste realizó su debut en el largo con “Cabeza borradora” justo al tiempo que nuestro Iván rodaba su rareza…; ¿coincidencia caprichosa del destino, el juntar a dos genios con similares inquietudes artísticas, en un mismo tiempo?), y que resultó incomprendida para el público de la época y fue apenas valorada por ciertos sectores críticos, siendo muy difícil de ver desde entonces (algún pase aislado sin más en algún festival), forjándose por tanto una fuerte estela de película de culto que ha permanecido con el paso de los años. Por fin su edición en DVD, por parte del diario “El País”, permitió su deseado (re)descubrimiento.

Resulta poco menos que un despropósito el contar su argumento, pero se intentará: José Sirgado (Eusebio Poncela) es un director de cine (de cine, por decirlo de alguna manera, también “raro”) que se encuentra en una crisis, se intuye creativa, pero sobre todo personal y sentimental. Continuas broncas y desapegos con su pareja Ana (Cecilia Roth) le traen por el camino de la amargura, a lo cual hay que añadir su enganche a la heroína, así como, por si fuera poco, la inquietud que le supone el recibir paquetes de un antiguo conocido admirador suyo que se hace llamar Pedro (Will More), obsesionado con el medio cinematográfico y su perfección. Todo lo que pudiera contar a partir de aquí carecería de un sentido más o menos decente, puesto que la película deviene en una espiral de rareza, inquietud, terror, fascinación, o, en resumidas cuentas, cuelgue (una palabra que le viene muy al pelo) de mucho cuidado; sin embargo, comentaré las que, a mi modo de ver, son sus líneas más destacables.

La película contó con un muy bajo presupuesto (el mismo director ha reconocido que lo calculó exactamente en función de los rollos de celuloide que utilizaría), y durante el rodaje parece que existió un colegueo muy “sano”, donde todos eran amigos. Esto, unido al personal mundo creador de Iván, dio como resultado una película donde se puede palpar el espíritu a todas luces independiente en el que se forjó; un mundo completamente nuevo y, sobre todo, muy extraño y misterioso, al cual no podemos dejar de mirar, absortos por las tibias imágenes que pasan fugaces ante nuestros atónitos ojos.

Este particular asombro nos lo brindan en bandeja los personajes, haciendo mención especial al interpretado por Will More, Pedro, la muestra perfecta de lo que es un “freak”: un personaje genuinamente raro, extraño, pero igual de fascinante, por cuanto la, en principio, incomprensión de su mundo particular se nos plantea; sin embargo, poco a poco y a medida que avanza la historia, cada vez se nos “acercará” más, brindándonos así la posibilidad de sonsacarnos un cierto “cariño” hacia él. No deja de ser un personaje aislado en sí mismo, incapaz de adaptarse al convencionalismo de la vida tal cual, que se niega a acatar los síes ortodoxos de la existencia para poder evadirse hacia lo que él más ansía en su vida: el cine y el intento más próximo posible de atrapar con su cámara la esencia del mismo. Pero para mí no es un loco, en absoluto; es más bien un apartado (en esta ocasión casi por sí mismo, por decisión propia) que busca “la verdad”, su verdad. No deja de resultar curioso, a este respecto, que cuando se mete coca al cuerpo, salga de su estado infantil para presentársenos como una persona más o menos razonable, capaz de emitir y valorar juicios ajenos… Evidente metáfora planteada por Zulueta, rebelde siempre. Por cierto, que por lo que se ha podido saber, el propio Will More no distaba mucho de su propio personaje en la película, de hecho fue una elección personal de Zulueta, amigo suyo, que siempre lo vio en el papel y no se imaginaba a otro que pudiera interpretarlo mejor…; de nuevo aparece aquí la fina película separadora de ficción y realidad.

Y la valoración de Pedro nos lleva irremisiblemente a la comparación con su admirado José Sirgado (Poncela), puesto que éste también busca “algo” en el cine, intentando hacer películas de manera más o menos personal pero no obteniendo nunca nada; o al menos no se nos da la impresión de que sea feliz con ello, apareciendo apático y decaído desde el principio. Al contrario que Pedro, José es incapaz de evadirse a su mundo particular con lo que hace, aunque ese mundo pudiera derivar en algo aparentemente absurdo y banal, y por ello no tiene otra salida que la autodestrucción que le supone la heroína. Pero es justamente cuando recuerda su encuentro con Pedro (a través de la prima de éste, y amiga suya, interpretada por la siempre entusiasta Marta Fernández Muro), en una casa en el campo a las afueras de Madrid -simbolizándose así una posible vía de escape, o libertad-, cuando comienza su progresiva inquietud y fascinación hacia él y su universo particular, así como hacia su visión y obsesión por el cine, llenándole de alguna forma, dándole que pensar, y preocupándole también sobre lo inexplicable del contenido de las cintas que le envía…

La película roza la ciencia ficción cercana al terror por momentos, como cuando conocemos a Pedro y éste es capaz de “arrebatar” no sólo a José ante una serie de imágenes aceleradas en una pantalla de televisión, sino también a nosotros mismos, al espectador, alucinado ante lo que observa, inquieto y cuestionado sobre ese ambiente enrarecido constantemente respirado en el film; una de tantas muestras sobre la capacidad de seducción de esta película, de puro hipnotismo ante sus imágenes (muchas veces a priori inexplicables, pero siempre verdaderamente fascinantes).

Pero no todo es misterio y cripticismo aquí, también existe el cariño más puro. La contemplación sincera, el disfrute despreocupado y feliz, aparecen claramente reflejados en algunos de esos momentos de arrebato que nos brinda el entrañable Pedro. Momentos como la fascinación de José ante el álbum de cromos de “Las minas del rey Salomón”, o de Ana (C.Roth) ante un sencillo muñeco de Betty Boop (convirtiéndose posteriormente en ella y brindándonos un baile muy especial y sintomático sobre la ilusión y optimismo natural del personaje), o del mismo Pedro cuando corretea entusiasmado y alegre alrededor de su cámara tomavistas del paisaje soleado; instantes que nos remiten a la infancia, a la pureza y al corazón mismo de los personajes. Es el optimismo del que hablaba anteriormente, no todo es negrura.

Aunque al final sí es cierto que todo resulta muy negro, negrísimo. La progresiva consumición de los personajes se hace cada vez mayor, obcecados por el medio fílmico y sus más profundas entrañas, llevándonos a momentos a la par inexplicables y terroríficos. Imágenes que nos cuestionan acerca del propio medio, de su capacidad de vida propia, de la toma de partido del propio cine; un ejercicio de metalenguaje auténtico llevado al extremo, al límite de lo concebible y tolerable para el espectador, que sufre ante lo que ve, cuestionándose si se lo cree o no, pero que, sobre todo, permanece increíblemente perplejo, retenido, absolutamente arrebatado ante la pantalla, cual José Sirgado ante la inefable cámara en los instantes finales. Es entonces cuando cobra pleno sentido la famosa frase pronunciada por él al principio de la película, ataviado con unos prominentes colmillos postizos: “no es a mí a quien le gusta el cine, sino al cine a quien le gusto yo”…

Una exploración, en definitiva, de la imagen y su impacto en el vidente, de su efecto fascinador e inquietante, de su intrínseco sentido ambivalente. Y una exploración nada convencional, absolutamente despeinada de todo, al margen, radical, independiente; libre, al fin. Un cine que permanece fresco con el paso del tiempo, un cine necesariamente distinto para salir de la vulgaridad comercial estandarizada -en menor medida entonces; de manera lamentablemente presente y constante ahora-. Una película de merecido culto. Cine atrevido a crear.

Roberto García-Ochoa Peces

14 diciembre, 2007

CHICHANDO (2 DE 2)



¿QUIÉN PUEDE MATAR A UN NIÑO?

Esta película se contrapone de una manera evidente al establecido prejuicio de terror igual a oscuridad más sustos (y, opcionalmente, música pseudo-satánica y derivados, tal y como suele darse en las películas de género que se hacen en estos tiempos…); aquí ocurre todo lo contrario: el terror viene derivado de la (supuesta) inocencia de los niños y todo acontece en medio de la claridad, luz y sofocante calor del día. Ante todo la originalidad y lo atónito como premisa principal, pocos clichés establecidos (salvo el evidente y principal sobre el que se atreve a jugar a romper el director), y dureza, mucha dureza para un film que rompe moldes e (infranqueables) muros como pocos se atreven a hacer.

Ya el prólogo refleja una buena declaración de intenciones por parte del autor. Acompañado por el tema musical principal de la película (algo así como pequeños y dulces tarareos de niños, concluidos con una, digamos, “extraña” sonrisa final por parte de los mismos…) se nos muestra una dura serie de imágenes de archivo con parte de los más importantes “puntos negros” de la historia reciente: guerras, catástrofes y semejantes desastres por el estilo avasallan al espectador con escalofriantes imágenes, indicándole las tristes cifras de desaparecidos como consecuencia de las respectivas iniquidades y dejando clara la primera conclusión: los grandes perjudicados son y siempre serán los niños, los inocentes y desvalidos niños. Pues bien, es a partir de este momento y durante los cien minutos siguientes cuando el director uruguayo se dedicará a desmontar ese tan establecido valor universal que es la infancia, esa tan feliz y desdichada etapa de la vida representada por esos “adorables” chiquillos que tanta felicidad causan a su alrededor… Y lo hará, cómo no, usando sus mejores armas para tan cruel propósito: el terror, el más puro terror, entendido éste como el mayor miedo que una persona puede sentir hacia algo, más aún si ese algo es (supuestamente) bello e incorrupto…

Y en este caso los desdichados sufridores de la perversa y retorcida mente del genio son una pareja de turistas ingleses -ella en estado, para más inri-, los cuales llegan a una población costera española en pleno verano, con un calor de justicia, contentos y esperanzados de poder pasar una agradable estancia en tan (en principio) idílico lugar. Y todo va sobre ruedas: el pueblo está en fiestas y reina la alegría, los niños juegan a romper la piñata (terrible paralelismo de imágenes con algo que se verá posteriormente) y el alborozo es general, contagiando así a nuestros queridos compañeros de viaje. Lástima tener que experimentar las chirriantes sirenas de las antiguas ambulancias (precisamente ahora se cumplen 30 años del estreno del film) y el espanto general causado por la aparición de diversos magullados cadáveres en el agua…; no todo podía ser tan ensoñador para los amados veraneantes. Ante la estupefacción y el mundanal ruido del lugar, la pareja decidirá entonces moverse a una cercana isla que es donde se desarrollarán los hechos siguientes.

Todo empieza a enrarecerse nada más pisar el nuevo suelo, cuando se comprueba cómo aquí, en este igualmente caluroso lugar (excelente fotografía de Jose Luis Alcaine, que refleja a la perfección lo pegajoso, sofocante e incómodo de la estancia, todo ello de manera natural y limpia, sin ningún tipo de artificio propio de este tipo de producciones), reina una inquietante tranquilidad y sólo se observa vida en todos los niños que reciben alegremente el bote de la pareja, todos salvo uno: éste pesca aislado y despreocupado, y es cuando Tom, el protagonista, se acerca a saludarle, cuando nos percatamos de la tibia mirada del niño, seguro en sí y absolutamente reacio a sus intentos de acercamiento, provocando ya cierta inquietud y miedo en el espectador. Son los primeros síntomas de la maldad. A este ambiente de extrañamiento general contribuye sobremanera la dificultad extra de la comunicación idiomática, que aunque sea poco necesaria en general, es cuando se precisa -la imposible conversación con la holandesa es el ejemplo claro- cuando realmente se refuerza la idea del aislamiento total de los protagonistas: están en medio de la nada más amenazante sin posibilidad además de comunicación clara alguna.

Podría destacar a ése incómodo pequeño actor en particular, pero realmente sería una evidente injusticia, ya que son absolutamente todos los niños que participan en la producción los que dan vida y pavor a la misma; es la masa nunca mejor entendida, un ente extrañamente interrelacionado y conexionado que, lógicamente, no tendría valor ni mérito sin un atento director y equipo detrás de las cámaras. Es realmente complicado manejar a tan amplio grupo de chavales y hacerles creer lo que se quiere contar, pero créanme que aquí se logra eficientemente.

La película y su ambiente se enturbian progresivamente, a los hechos me remito: la sucesión de terribles acontecimientos (a cada cual más cruel, doloroso, increíble y sádico) se torna explícita y produce un verdadero sentimiento de incomprensión, odio y rabia contenida en el espectador, que, abatido, acompaña en sus penurias a los protagonistas y que, finalmente, terminará por empatizar con los abruptos métodos empleados por Tom, rompiendo así definitivamente con la utopía inicial propuesta por el realizador. Una vez más Chicho nos la vuelve a jugar y se sale con la suya.

Podría obtenerse una lectura derivada hacia la ciencia-ficción para intentar explicar determinados comportamientos y situaciones, pero probablemente cometeríamos un error, ya que “¿Quién puede matar a un niño?” debe entenderse como una retorcida e hiperbólica parábola acerca de la dificultad de comprensión externa hacia esta época de la vida, de la complejidad de la educación en la misma, de las (tan habituales) concesiones paternas que provocan la creación de un espíritu rebelde e inconformista hacia la sociedad y lo establecido por parte de los imberbes. No se entienda esto como una inclinación reaccionaria por parte del autor, pues nada más lejos de la realidad: es sencillamente un terrorífico aviso.


Texto: Roberto García-Ochoa Peces


11 diciembre, 2007

CHICHANDO (1 DE 2)



LA RESIDENCIA

Esta película de 1969 es una joya del terror patrio. Y existen no pocos motivos para semejante afirmación; el más evidente de ellos es el hecho de qué persona está detrás de las cámaras: el gran Narciso Ibáñez Serrador, “Chicho”; sinónimo de calidad en la realización de obras de ambiente siniestro e incómodo, temas reflejados a la perfección en esta angustiosa película.

El film está ambientado en una antigua mansión de la Provenza francesa, lugar de bonita naturaleza y espléndido sol, nada más contrapuesto al ideal profundamente oscuro propuesto en la cinta, es lo que tiene Chicho: la búsqueda del contraste como medio ideal para la reflexión (ésto más claramente expuesto en su posterior “¿Quién puede matar a un niño?”), una reflexión vital ambientada en un lugar tan aparentemente idílico como majestuoso; pero nada más lejos de la realidad: una vez adentrados en los recovecos de este viejo caserón ya nada será igual: la luz, en todos los sentidos que se le quieran dar al término, ya no volverá a aparecer…

Así, la historia comienza con la llegada (magnífico el plano con el cual acaban los créditos: el candado del recinto cerrándose, muy indicativo de lo que se verá más tarde…) a esta mansión, que sirve de residencia a chicas con problemas de educación y derivados, de una nueva inquilina: la angelical Teresa. Una chica que parece no haber roto un plato en su vida y que, en cambio, es traída a este lugar para así reformarla. Y es que de “reformas” (nunca mejor puestas las comillas) sabe mucho la señora Fourneau, la institutriz de la residencia. Espléndida interpretación de Lilli Palmer para dar vida a esta conservadora, estricta y dominante mujer; perfectamente trazada por el director desde su primera aparición: dictando un texto acerca de Molière y el reflejo de caracteres en su obra, creando así un paralelismo de personalidades entre la mujer y el escritor: a la vez que se nos define al mismo, se nos define a la institutriz; y es que cuál mejor manera de “esbozar” el carácter de alguien que empezando por mostrarle haciendo un dictado a una concurrencia…

En el arte de la sugestión y el suspense existen pocos como Chicho, y es que en estas primeras secuencias del film, cuando la regidora enseña la mansión a la nueva chica, se nos dan ya pequeños y punzantes momentos de terror (a los cuales ayuda, por supuesto, la excelente música ambiental): una mano que aparece por allí, una puerta que se cierra por allá, un tiesto que se cae por otro lado…todo esto en una atmósfera aparentemente de lo más tranquila y cuando el film aún no ha acabado de arrancar, avisándonos así el director de que el ambiente que seguirá no será precisamente de ese estilo y que, probablemente, el personaje de la chica no lo pasará muy bien en estas sus nuevas estancias. Una excelente declaración de intenciones.

Pronto conoceremos a otros personajes relevantes en la historia, como Irene, la protegida de Fourneau: su prolongación en las residentes, la (atractiva, por qué no) “señorita de hierro”. A destacar, ineludiblemente, la secuencia de la primera cena de Teresa junto a sus compañeras: ese plano en el cual la cámara va aproximándose poco a poco hacia Irene, que come una manzana con inigualable osadía y superioridad, resulta poco menos que avasallador en la descripción de la personalidad de ésta; quedando claro quién es la chica a temer (y a odiar) por parte de la inocente y bondadosa Teresa y el resto de sus compañeras. Además, posteriormente, esa superioridad en este caso psicológica, se manifestará superioridad física mediante otra crispante secuencia en la que Teresa es humillada por Irene de manera aberrante.
Igualmente espléndido pero, me temo, mucho más cruel y sádico, es el momento del azote a una desobediente residente, su “pecado”: no querer copiar el dictado de Fourneau, o, lo que viene a ser lo mismo, rebelarse contra la jefatura y mando de la institutriz, obteniendo como resultado una malsana secuencia lésbico-sadomasoquista de igual magnetismo y repugnancia, remarcada por una excelente fotografía oscurantista, dejándose de esta manera a las claras la idiosincrasia de determinadas personalidades. Además, y para acentuar aún más el poderío y deísmo de la institutriz sobre las residentes y sus comportamientos, se muestra esta misma parte montada en paralelo junto con otras imágenes en las que, a la vez que la rebelde es azotada, las demás residentes rezan el padre nuestro para no ser castigadas por “dios”…

Pero aún queda un personaje clave más: el escondido hijo de la institutriz, Luis. Recluído en una habitación de la parte superior de la mansión por orden y castigo de su madre, se nos muestra a un chico con ganas de vivir e imposibilitado a ello, con ganas de relacionarse con las chicas y vetado a la única relación posible que le queda: la más que proteccionista materna, cuyo yugo pesa en forma de imposición: “ninguna de esas chicas te conviene; algún día encontraremos una mujer para ti, una mujer que te quiera como lo hago yo…”, le dice. De esta manera, se forma un ser que sólo es capaz de vivir “retales” de vida, trozos sueltos e inconexos formados a su manera, incapaz como le ha sido impuesto de formar uno solo y coherente…

La película avanza inexorablemente y los sucesos se desencadenan sin remisión: el terror y el componente sexual desvirtuado (muy presente e importante a lo largo de todo el film) se hacen cada vez más evidentes e imponentes. A este respecto existe otra magistral secuencia en la que las chicas van a ducharse. Lo tienen que hacer vestidas y con un fino y transparente atuendo, a la vez que la recta institutriz se pasea mirando y controlando la situación, dictando los tiempos y los errores. Se crea así un ambiente de excitación, morbo y, sobre todo, sexualidad reprimida cumbre en la película.
Servidor es una de las escenas más abiertamente lésbicas y de auto-censura y represión sexual que haya visto. Todo esto con la presencia del coartado Luis haciendo de “voyeur” invisible y atrapado, como cual cucaracha que observa y pasa desapercibida.

Uno de tantos otros aspectos remarcables de la película es la gran fotografía de Manuel Berenguer, que consigue reflejar fielmente esa atmósfera opresiva y hostil general en el film mediante el uso de tonos oscuros y apagados, dejando los claros básicamente para exteriores y secuencias interiores concretas como, por ejemplo, la mencionada de las duchas, primando en esta ocasión los cálidos, que se adaptan adecuadamente con el momento. No se puede ni se debe obviar tampoco, por supuesto, la extraordinaria banda sonora de Waldo de los Ríos, que en ocasiones crea sensaciones realmente angustiosas y cargantes, acordes al sentido de la cinta.

No podré terminar este comentario sin dejar de remarcar las extraordinarias secuencias de asesinato presentes en la película. Me es ineludible puesto que ahí es donde, verdaderamente y por encima de cualquier otra cosa, queda expuesta la absoluta maestría de Chicho en el arte de crear terror y angustia. Ambas son consecuencia de un cuchillo. En la primera de ellas la víctima anda pululando desprevenida cuando, de repente, aparece por detrás y por un momento la sombra del asesino; instantes después el fatal cuchillo se clava infaliblemente en la víctima en varias ocasiones, mostrando apenas sangre y sí la expresión desencajada del apuñalado, reflejada en el cuchillo; todo esto con una ralentización de la imagen. La secuencia va acompañada del motivo musical principal del film, una suerte de canción a la par melancólica y triste, por lo que adaptada a este momento nos traslada la pesadumbre de la víctima y su sentimiento de final, con la peculiaridad de que en última instancia, cuando se asesta la puñalada definitiva, el tema se desvirtúa y suena por un momento como rayado, dando así por finalizada la secuencia y también una vida. Algo magistral y fuera de lo normal.
En la segunda, un personaje intenta escapar de la mansión cuando, justamente en el momento que la música va “in crescendo” tensionándonos aún más, aparece la mano que abre la puerta a través de la cual entra el asesino; entonces la cámara vuelve a enfocarnos a la temerosa y desesperada víctima para que, un segundo después, vuelva a aparecer la mano que anteriormente había abierto la puerta, esta vez sujetando el cuchillo que siega el cuello del desorientado, quedando congelada en ese momento la imagen y sonido durante un par de segundos. La sensación de desasosiego, pesimismo y entristecimiento en el espectador queda marcada a fuego. Sencillamente antológico.

En fin, se podrían comentar muchas cosas más (como por ejemplo su grandioso, sorpresivo, degradante pero consejero final), sin embargo seguirían siendo insuficientes para hacer mérito a esta obra maestra del cine de terror nacional. Quizá se podría mencionar como aspecto negativo ciertos abusos en la caracterización de algunos personajes, pero aún así no es algo que pueda restar importancia a la calidad del filme. Y es que Chicho es mucho Chicho.

03 octubre, 2007

Juan Carlos Fresnadillo: maneras de supervivencia. Un repaso a la obra del director tinerfeño.




- Introducción a la supervivencia.

Con sólo dos películas y dos cortometrajes en su haber, este “joven” director canario, de 39 años, se ha ganado un cierto prestigio no sólo a nivel nacional, sino también internacional. Ya en su debut hace once años, con el cortometraje “Esposados”, obtuvo un reconocimiento nada desdeñable: la nominación al Óscar (primero español, además, en contar con este honor). Aun sin premio, es una buena manera de comenzar cualquier carrera y marcar, de esta manera, una labor a seguir. “Intacto” (para el que suscribe, lo mejor salido de su, por el momento, escasa filmografía) no hizo más que corroborar que un nuevo talento español había emergido, recibiendo varios premios por el trabajo, entre ellos el Goya al mejor director novel. Un año después, en 2002, realiza “Psicotaxi”, curiosidad sin más, pero ha sido con su última película, la gran producción “28 semanas después”, con la que el gran público lo ha “reconocido”, en el sentido de que no todos los días el espectador tiene la oportunidad de ver, en los títulos de crédito, un “Directed by” acompañado de un nombre español en una producción de tal calado comercial. Film, además, que le ha supuesto el gran salto al estrellato fuera de nuestras fronteras, ya que es de esperar, visto el aceptable resultado obtenido tras este irregular pero a la vez arriesgado trabajo -donde por primera vez ha debido encarar unos mecanismos de producción más ostentosos de lo que estuviera acostumbrado-, que sea capaz de sobrevivir en las altas esferas y sea propuesto para facturar nuevos ¿productos? por la gran industria (de hecho, parece que la productora Dreamworks ya le ha contratado para realizar su próxima película). Deberemos esperar para comprobarlo, pero de lo que no cabe duda, visto lo visto, es que este español tiene la capacidad de brindarnos trabajos a tener en cuenta. Veamos el porqué de esta afirmación.

De cada una de las cuatro realizaciones del director se puede extraer una lectura de supervivencia, si bien a distintos niveles, concepciones y resultados. Supervivencia autoral, del director en relación al medio y las posibilidades que este ofrece, y supervivencia factual, de resultado material e intrínseco a la historia particular ofrecida por cada trabajo. Como no podía ser de otro modo en una persona con inquietudes fílmicas que van más allá del mero entretenimiento, existe una evolución; sin embargo es una evolución, en mi opinión, entrecortada, por cuanto nos ofrece su tercer trabajo, el insignificante cortometraje “Psicotaxi”, una obra realizada inmediatamente después de su gran trabajo, “Intacto”, y tras una primera aproximación a los trabajos de breve duración como es “Esposados”, una muy digna aproximación al cine negro enredado de la comedia más tradicional española. Es por eso que su obra no puede ser valorada de igual manera que si, por ejemplo, el mencionado “lunar” hubiera estado situado en su debut filmográfico, su lugar lógico y razonable, por otro lado. Quizás no se tratase más que de un capricho puntual hecho para un determinado festival en un contexto de cierta urgencia, pero no por ello deja de estar ahí, y la manera en que se sobrevive a través de él no es la acorde -ni tanto a nivel del realizador como de su trabajo- con sus dos anteriores y excelentes propuestas, quedando relegada a un merecido segundo plano. Más allá de este “detalle”, lo que nos queda son otras tres obras que habrá que situar muy bien en cada una de sus respectivas fases para poder llegar a entender y valorar con justicia el camino emprendido por Juan Carlos.


- Fase primera: supervivencia cotidiana.

En primer lugar, como ya ha quedado dicho, “Esposados”, su divertido y a la vez oscuro primer cortometraje. En el formato corto queda patente la supervivencia más primaria del director, el necesario viaje iniciático donde plasmar sus primerizas inquietudes, donde foguearse y entrenarse para metas mayores. En cuanto a la narración, está en consonancia, como no podía ser de otro modo: se trata aquí acerca de la supervivencia más habitual y conocida por todos nosotros, la de una pareja con recursos económicos más bien escasos (los habituales en la España, se supone, del último cuarto de siglo), obligados a pelear contra la rutina diaria y entre sí mismos, destinados a soportarse indefinidamente cuando no es el deseo real individual, todo ello enmarcado en un ambiente de lo más gris, fielmente capturado por una gran fotografía en blanco y negro.




El género negro en su vertiente de film de atracos pronto queda mascullado por la comedia cañí más nuestra, más reconocible, más auténtica. Antonio es el hombre amargado y resignado que quiere el dinero que le proporcione una inmediatez a la hora de realizar cualquier cosa siempre deseada, como un viaje por ejemplo, y por ello trata de obtenerlo, a hurtadillas, de su propia casa…; Concha, por el contrario, es recta y disciplinada, sin mucha alegría aparente, y encargada de mantener ese escaso margen de orden posible en una situación vital tan rutinaria; roles, como se ve, de lo más prototípicos, adecuados sin embargo a la historia y sus necesidades dramáticas. Pero todo puede cambiar en la vida, y siempre hay factores externos que pueden acarrear un cambio de “nivel”, otra forma de encarar la existencia, la supervivencia diaria; uno de ellos es la suerte, factor clave que proporciona el giro a todo en esta historia, y tema principal y omnipresente de “Intacto”, siguiente trabajo del director (¿enlace de autor, quizás?).

Así, la forma de vida cambia, pero la vida en sí misma es difícil que acompañe a lo primero: los comportamientos, las obsesiones, los sueños, las tristezas, permanecen irremediablemente, y no menos para nuestros protagonistas: Antonio mantiene intactos sus sueños, que creemos por un momento reales gracias al inteligente montaje, pero da de bruces con su mujer, que prefiere la cercanía de las fiestas más típicas. De esta manera se llega al final, donde se enlaza una negra secuencia brillantemente ejecutada a nivel visual, con todos los elementos en concordancia al hecho -pesada lluvia, puntillosa oscuridad, primeros planos apremiantes,…-, con, de nuevo, la comedia, pero esta vez produciéndose un choque de lo más penoso y triste, muy en relación al carácter del personaje, y que remarca sin duda el aciago destino de nuestros simpáticos amigos conyugales, como no podía ser de otro modo. El final recurre al sueño mostrado con anterioridad, haciéndose así gala de una ironía muy desesperanzadora, impresión general que recorre todo este interesantísimo primer trabajo, que no hizo más que abrir la veda hacia unas pretensiones y obsesiones más y mejor ampliadas en la fabulosa “Intacto”.







- Fase segunda: supervivencia refinada.

Tuvieron que pasar cinco años desde el simpático fatalismo de ese primer trabajo de Fresnadillo para que nuestros ojos pudieran ver su siguiente, el ya mencionado “Intacto”; ese largo período de tiempo puede ser una buena prueba de la exhaustiva preparación de la película, y es algo que sin duda queda reflejado en el resultado final. Producción muy seria en todos los sentidos -desde el reparto, que incluye a un actor de la talla de Max von Sydow y a otros grandes nombres como Eusebio Poncela o Leonardo Sbaraglia, todos ellos magníficos, hasta el refinamiento visual de gran calado del que presume la cinta-, todo en ella va un paso más allá, comportando una complejidad, que no complicación, en cuanto a todas las sensaciones que puede llegar a generar, que hacen que no deba ser tomada, para nada, a la ligera.




Ya la misma historia nos pone sobre aviso: en el mundo existen personas con el “don” de robarle la suerte a otros, premisa que es llevada a cabo con el sencillo gesto de tocar a la otra persona. En esas se ve envuelto, de manera imprevista, Tomás (Sbaraglia), único superviviente de un accidente aéreo. Y de ello trata de aprovecharse Federico (Poncela), persona que retuvo ese “don” tiempo ha, pero que le fue arrebatado por Sam (Sydow), el “Dios” de todo este embrollo y regente de un casino en medio de ninguna parte (aislada y fría localización en el Valle de Ucanca, Tenerife; y aséptico, gélido decorado el lugar donde habitualmente le vemos aparecer, muy adecuado a la figura que representa), lugares apropiados donde decidir la suerte de los demás. Y es que de esto último se trata: de jugar, traficar, incluso morir, con la suerte de los demás, un juego peligroso de no pocas relevancias morales en el que se adentra Tomás de la mano de Federico, debido a la necesidad de aquél de huir -es un prófugo de la justicia-, centrada su persecución en el personaje de Sara (Mónica López), poseedora de un pasado impactante. Queda claro, así, que cada personaje juega un papel muy representativo dentro de la historia: Federico es el fracaso y las ganas de revancha; Tomás, la inocencia que poco a poco va descubriendo y controlando su propio poder; Sara, la amargura existencial debido a un pasado traumático y doloroso; mientras que Sam es la figura enigmática, demiúrgica, de la historia, y del que, al final, descubriremos que el origen de su poder es más sencillo (aunque terriblemente trágico) e imprevisto de lo que podríamos haber supuesto.




Imágenes icónicas -acompasadas, por cierto, de una música no poco inquietante y bien sopesada- recorren la película, como cuando se roba la suerte mediante una mano que toca a otra, o con un abrazo más o menos efusivo (magnífica la secuencia donde se escogen unos “cautivos”, personas normales y corrientes que se venden al experimento por un billete, sin saber, pobres, a lo que se exponen, anonadados ante los arrumacos que les dan los jugadores, apostantes de dinero con los ojos vendados -reverberación de simbolismos aquí-; todo ello en una culminación de lo más extraña y oscurantista a los ojos del subyugado espectador), o en la primera prueba para Tomás, cuando tendrá que depender de que un revoloteador insecto verde se pose en su cabeza para no perder uno de sus dedos, deparándonos una de las secuencias más magnéticas y atrayentes del film, o en la posterior y estupenda secuencia del bosque, donde cada participante ganará o se dará de bruces (nunca mejor dicho) con la cruda y dura realidad, o, por supuesto, en los geniales duelos entre Sam -que inicialmente se nos presenta con la cabeza cubierta, en un nuevo ademán de acrecentar su figura de poder fáctico y oculto- y la persona que ose retarle, mediante el juego de la ruleta, con un único agujero vacío en el cañón de la pistola… Todo ello, junto a las tan importantes fotografías, perpetuas imágenes del pasado que ofrecen uno de los pocos asideros melancólicos al espectador, así como la idea que reluce al final de que el origen de la suerte de cada individuo tiene una relación directa con el sentimiento de amor personal y verdadero (léase de aquí el origen del “poder” de Sam, la causa de que no muriese en los campos de concentración, así como el de Tomás, en relación a su novia, y la “suerte” de Sara, con respecto al momento del accidente), conforma un denso film donde la supervivencia ya se ha vuelto, por todo lo descrito, adulta y refinada, así como estilizada formalmente hablando. En cuanto al autor, creció definitivamente, y ya no necesitaría de los cortometrajes para su quehacer diario; sin embargo volvió a hacer uno…





- Fase tercera: la supervivencia del espectador.

Porque del año siguiente (2002) data “Psicotaxi”. Aquí no me extenderé mucho: la cámara, en mano, acompaña al inefable gurú del misticismo y las ciencias ocultas Alejandro Jodorowsky en un pequeño trayecto hacia su hotel, contándonos él algunas experiencias vitales de dudoso honor y alguna lección ¿filosófica? de la vida. En mi opinión son tres minutos de viaje hacia ninguna parte, porque si bien es un personaje a todas luces interesante y con mucho que aportar, ni el metraje, ni el formato, ni la realización dan para más, por lo que queda como una sencilla curiosidad. Quizás su irrelevancia quiera estar en consonancia con el personaje y no sea más que eso; quizás sea justo todo lo contrario y mi mente no llegue a captar tal nivel de reflexión abstracta. En cualquier caso, la supervivencia aquí es la nuestra, sin lugar a dudas.





- Última fase: supervivencia extrema.

Y por fin llegamos al final. Estrenada el mes pasado, julio de 2007, y tras otros cinco años de sequía, llegó a nuestras pantallas “28 semanas después”, secuela de “28 días después”, películas de género con un presupuesto ya considerable. Y volviendo a mi tesis acerca de los postulados del director, aquí la supervivencia alcanza su grado máximo y más explícito, que se hace evidente tanto a nivel de lo que se nos cuenta -es ésta una agresiva película de zombis centrada en una familia que debe apañárselas como mejor pueda para sobrevivir a tan elevada amenaza-, como fijándonos en cómo se nos cuenta, donde Fresnadillo debe ejercer de maestro de ceremonias bajo las imposiciones de una producción hecha para el gran público y con la necesidad, por tanto, de saber equilibrar la débil balanza que oscila entre lo aprendido de sus trabajos anteriores y su gusto personal por una determinada manera de hacer cine, y las preferencias y clichés establecidos más someramente entre el cine de entretenimiento más banal y superfluo, costumbres y tipologías, estas últimas, muy arraigadas en la cartelera actual. Difícil tarea de la que sale, como alguno mismo de los personajes de su película (y es que el símil me parece perfecto) vivo, pero con secuelas.




Un ejemplo sintomático no tarda mucho en salir a relucir, en una de las primeras secuencias del film: la manera de rodar el primer ataque de los enfurecidos y enrabietados zombis a la casa de campo en la que conviven el padre y la madre de la familia junto a otras personas es de un nerviosismo y de una violencia muy, puede que sí, acorde con la situación (en declaraciones del propio director, “quería que la cámara se contagiara del virus anquilosado en los muertos vivientes, moviéndose en consonancia”), pero ese trucaje no hace sino empeorar el resultado final, una suerte de batiburrillo visual en forma de ataques epilépticos incontrolados en la imagen, donde el espectador no acierta a distinguir prácticamente nada en un montaje tan urgente y ciertamente confuso, por lo que lo verdaderamente importante, la narración, en este caso visual, queda extinguida.




A lo largo de la película se intenta dar una importancia nada escondida a la familia y a los conflictos que de una situación tan extrema como la propuesta en el film puedan surgir en su seno. Pero de nuevo los resultados no son redondos: con personajes tan poco perfilados y dramatizando situaciones que tienen como origen una difícil verosimilitud narrativa, nada puede ser tenido muy en consideración, recreándonos con momentos que “casi” logran la belleza y ¿complejidad? buscada -me estoy refiriendo, concretamente, a la escena del beso de la pareja, desencadenante de todo, y a los encuentros finales entre padre e hijos-. Situaciones como las anteriores (varias y no menos importantes a lo largo del minutaje, de similar calado resolutivo) ponen de manifiesto la dificultad de compensación entre lo que son buenas ideas e intenciones por parte de un director probadamente solvente, y su puesta en escena, enmarcada en una película de estas características, cuando el dinero, por encima de cualquier otra cosa -incluídas las posibles pretensiones artísticas- es lo que apremia. Y de todo ello se contagia el guión, que es lo menos favorecido de la función (si bien pudiera sobrellevarse en una producción con pocas pretensiones de relevancia como ésta), repleto, de principio a fin, de situaciones harto inverosímiles.

Ahora bien, tampoco es necesario ahogarse en la piscina: hay que saber reconocer el “difícil” papel del director en una empresa de estas magnitudes, más moviéndose por primera vez “ahí arriba”, a pesar de que pudiera parecer una contradicción considerando los medios de que se dispone, y valorar en consonancia. Y el resultado es, siempre que no miremos muy allá (que, tal y como he dicho, es lo que creo se debe hacer aquí), un muy digno y disfrutable entretenimiento, que probablemente contentaría a los mandones de turno, y, lo que es más importante para ellos incluso, al público en general. Un producto a medio camino entre lo que se pretende y lo que se logra, donde la figura del director queda diluida en medio de tanto aparato técnico, y su intento de reconocimiento y autoría en medio de todo ello brilla por su ausencia, quedándose en una simple labor de efectiva (depende siempre de para quién) artesanía.



Todo esto es lo que, hasta el momento, nos ha ofrecido el director canario. Queda clara, por su trayectoria, su capacidad; y centrándonos en su última película, queda pendiente de revisión su solvencia para manejarse en las altas cúspides cinematográficas (monetariamente hablando); por todos es bien sabido que la supervivencia artística ahí nunca ha sido fácil. Yo, particularmente, preferiría que volviera a la inventiva y curiosa senda de “Intacto”, pero esa ya es otra historia…


Texto: Roberto García-Ochoa Peces

26 septiembre, 2007

Crónica Escorto '07




Un evento de esta índole está compuesto de multitud de aristas a explorar, de variados vértices que se unen a través de ellas con el objetivo de intentar conformar algo grande, porque de eso se trata: de dignificar un formato y celebrar a su alrededor una fiesta digna de mención. Este año, segundo, se trataba de la (necesaria) confirmación, de ese importante paso adelante que, sabedores de su riesgo, tomamos temerosos pero empeñados. A la hora de realizar una valoración hay que tener en cuenta, por tanto, la ambición de mejorar y, por ende, el riesgo implícito que ello conlleva, sabiendo perfilar en la medida más justa posible cada una de esas “caras” presentes en el festival.

En lo que sigue, trataré de desmenuzar la historia de esta segunda edición, que no ha sido poca, dejando entrever (siempre bajo mi particular punto de vista, pero intentando aproximarme a ese concepto tan mítico que es la llamada objetividad) el grado de pulimento de las citadas aristas festivaleras.


DÍA 1, MIÉRCOLES 5 DE SEPTIEMBRE

Todo comenzó de manera bastante precipitada, al menos para mí. Tras los rápidos y esperados reencuentros con los siempre atentos pero concentrados y trabajadores Cerezo, Coti (directores) y Méndez (ayudante de los mismos), y con unos primeros instantes de apasionada charla cinéfaga en compañía del sabio Carlos Díaz Maroto (jurado de sección oficial), su inseparable compañero Luis y el gran J.P. Bango (crítico y jurado de spots), nos disponíamos a disfrutar de las primeras proyecciones de Escorto’07, pero antes quedaba pendiente una labor: el boletín. Corrían los primeros minutos del festival y corría yo intentando dar a luz a un primer número de esta iniciativa diaria (abordada en indeseada urgencia y junto a la primorosa ayuda del amigo J.P.) que tenía como primordial objetivo servir de ayuda a que los asistentes al evento lo conocieran y, en consonancia, disfrutaran un poco mejor. El desconocimiento y la falta de preparación al respecto de la conserjería del centro propiciaron que servidor se perdiera la presentación oficial y, por si fuera poco, no pudiera constatar la maestría del primer corto exhibido, Avant Petalos Grillados, pero por suerte el DVD reparó tal falta, y no hizo más que confirmar las ávidas alabanzas escuchadas previamente para esta suerte de marcianaza alucinatoria enmarcada en los parámetros de la ciencia-ficción más freak. Sin duda de lo mejor del festival.



Una vez dentro, a disfrutar de la función. Cinco cortometrajes más a concurso, entreverados por la gracia ocasional de algún spot, así como por la inicial “corrección” de Álvaro Manso, presentador diario que se iría soltando a medida que transcurriesen las horas y los días. Estas primeras películas, bañadas en una enriquecedora temática social de fondo, suponen un buen síntoma de lo que depararía la sección oficial: trabajos bienintencionados y, en general, correctamente realizados, pero sin traspasar esa definitoria línea que separa lo remarcable de lo puramente mostrativo. Así, nos sorprendimos para bien con la muy estimable y entrañable La parabólica (merecidamente ganadora del segundo premio); nos vimos oprimidos y enclaustrados en la hostil, difícil y (muy) triste Tras las puertas; aprendimos y entendimos un poco mejor realidades paralelas, tanto en lo moral como en lo loablemente formal, con Lo obvio y lo obtuso; sentimos la dificultad y cochambrería de la adopción en El pan nuestro; y, por último, comprobamos de primera mano cómo un tema de tan lamentable actualidad y sensibilizador de conciencias como es el maltrato a la mujer, puede ser fallido en su puesta en imágenes por el intento de impacto en el espectador mediante un giro tramposo.

Aliviador descanso tras tan sensibilizadora sesión temática, aprovechado para distribuir el mencionado y trabajoso boletín para, minutos después, disponernos a contemplar y charlar acerca de dos obras de imprescindible reseña en el festival. Primero, la inefable Un perro andaluz, del maestro Buñuel; después, la sorprendente e inmerecidamente oculta Garabatos, de Angelino Fons. Sobre la primera, poco que decir que no esté ya dicho y que no quedara mencionado durante el posterior y siempre interesante debate. En él, los cuatro miembros del jurado presentes ese día en el certamen (un profundo conocedor cinematográfico como es Tonio Alarcón, profesor y crítico de cine; la “enciclopedia con patas” -en feliz definición del anterior- Carlos Maroto, escritor cinematográfico; el experimentado director Angelino Fons, que posteriormente también nos aclararía sobre su citada película; y Antonio Pérez Reina, montador profesional que dio razonadas muestras de ser un extraordinario comunicador más allá de esa su encomiable labor) se encargaron de la necesaria contextualización de la obra en su época y corriente artística, ayudando así a “comprender” un poco mejor la misma al público, pero dejando claro, por otro lado, que como espectadores, deberíamos ser capaces de abstraernos a la historia contada para dejarnos arrollar por la propia fuerza intrínseca de las imágenes, algo a todas luces imprescindible en una vanguardia tan oblicua como el surrealismo; sin embargo, también quedó revisado el hecho de que esto resulta poco menos que una utopía en los tiempos y espectadores de hoy día. Tras tan compleja obra, otra muestra más de transgresión en el lúcido y corrosivo cortometraje de Fons, más sorprendente y plausible aún si tenemos en cuenta su realización en pleno franquismo. Una pena que no esté más visto; todos quedamos maravillados.



Fin del día, y a cenar, que hambre había. Y, con ello, a volver a comprobar una de las mejores bazas del festival: sus comidas y el forjamiento, en ellas, de unas agradables, espontáneas y estupendas charlas de toda índole -aunque, sí, mayormente cinéfilas-, rodeándote de gente a la que poco o nada conoces y descubriendo, así, que esto une… ¡y de qué manera!

DÍA 2, JUEVES 6 DE SEPTIEMBRE

Comienza la sección informativa. Comienza el segundo día. Tras la experiencia del primer año, era de esperar el ver cortos que resultasen, como mínimo, interesantes en esta muestra, y la previsión se cumplió a lo largo de los tres días restantes, especialmente en el último, reservándonos para entonces la programación alguna(s) joya(s) de indiscutible valor; pero centrémonos en este segundo día. Al acabar la proyección de los tres cortometrajes exhibidos quedó un silencio en la sala, un momento de pausa donde reflexionar sobre lo visto, porque fue una mañana triste, bien llamada “de los malos rollos” por mi compañero de butacas, el bueno de Tonio Alarcón. Y es que fueron tres piezas de una infeliz unidad temática: las relaciones personales (de pareja o familiares), llevadas al extremo de la crueldad -muy innecesaria al final, por cierto- en Propiedad privada, con un gran mérito en nuestro sufrimiento debido a la portentosa Natalia Dicenta; del engaño y su resignada asunción en Miramar St; y del desapego e insolidaridad en la bien realizada Distancias.

Tocaba, pues, alegrar el espíritu, y la cafetería de la estación siempre es un buen lugar para ello a través de una apetecible (que no del todo degustada, desayunar pasadas las 11 es lo que tiene…) comida. La digestión brillaba por su ausencia en el festival, ya que la sangre corría hacia los dedos tan rápida como estos mismos eran capaces de teclear sin piedad. Por suerte, si son dedos (y mentes) tan ágiles como la de dos expertos tales como Tonio Alarcón y Carlos Maroto, aquéllo no debería suponer ningún problema, y así fue. El segundo número del boletín subía, así, de caché, y Bango y yo tan contentos y agradecidos con los amables y eficientes nuevos colaboradores. Bueno, yo no tanto: mis manos (pero sobre todo mi mente) se mueven mucho más despacio, por lo que mi sufrimiento delante de la pantalla del ordenador no se vio “recompensado” hasta el día siguiente.

Pero no pasa nada, la tarde terminó de alegrarnos. Los programadores de Escorto tuvieron a bien moldearnos a su antojo este año, y si por la mañana eran malos rollos, ahora, al revés: ¡diversión!; tarde de juegos -con un distinto nivel de significación y relevancia, obviamente- en forma de cortos. Simpatía juguetonamente picante en Equipajes; “juego” de pareceres e impresiones actorales en la repetitiva y alargada Casting; irreverencia mimética con objetivos evasivos de la cansina realidad vista en Ludoterapia; crítica social embadurnada con una feliz inventiva visual, con la inmigración y un niño como telones principales, todo ello enmarcado en una mal lograda “stop-motion”: El viaje de Said; profunda reflexión de la soledad y sus consecuencias disfrazada de aparato sexual con Elena quiere; y, por último, relegado al final para que el bueno de Iván Sáinz-Pardo nos regalase una sorprendente aparición casi mística en medio de la sala, La marea, corto que probablemente no valore en su justa medida dada mi admiración hacia su mencionado director y esas sus formas tan extrañadas, crípticas, lynchianas y sin embargo tremendamente significantes, sabiendo jugar con el espectador instándole a descifrar el enigma oculto de sus imágenes, pero que me pareció rayó al más alto nivel de competición oficial.

Más tarde, Mirindas asesinas, clásico de Álex de la Iglesia que logra inquietar y hacer reír a partes iguales, y que sin duda sale beneficiado de su pobreza económica a través de esas imágenes en tal mal estado, lográndose una ambientación certera. Pocos detalles del corto nos quedaron por conocer escuchando el monólogo de Jorge Guerricaechevarría -guionista del trabajo y habitual del director-, ya que fue él quién habló prácticamente todo el tiempo durante el coloquio, quedando los restantes miembros de la mesa relegados a un claro segundo plano. Pero no importó, porque hizo gala de una saludable campechanía, provocó risotadas mediante la locución de anécdotas varias y nos dio a conocer un poco mejor cómo es el trabajo de un guionista en su relación con el director y la película final. Además, como buen creador de historias, nos hizo aprender terminología: el “hasbeen” causó impacto inmediato en el respetable.



Posteriormente, algunos pudieron seguir disfrutando de su dicharachería en el restaurante en el que cenamos. Otros tantos nos ocupábamos en deleitarnos con la “nueva cocina” y sus exquisiteces. Y, mientras tanto, otros muchos se limitaban a sufrirla con resignación, sacando partido de algún buen trozo de tortilla que calmase su ansia. Fue precisamente en esos momentos tan variopintos cuando tuve la oportunidad de comprobar “in situ” el hondo pozo cinéfilo de un gran tipo como Roberto Alcover Oti, crónico y crítico del festival, que acudió ese mismo día con tremendas ganas de ver y descubrir; así como constatar la amabilidad y delicadeza de Lía, secretaria de Escorto y pareja del anterior.



DÍA 3, VIERNES 7 DE SEPTIEMBRE

Cansancio. Ésa es la sensación que siento tras levantarme esta mañana, pero me temo que no es sólo mía, el compañero de habitación J.P. está aún más “zombie” que yo; sin embargo la culpa es de los dos y del propio festival, que da pie a comentar alegremente la jugada hasta altas horas de la madrugada… No obstante, las ganas siguen muy en alza, por lo que, una mañana más, nos disponemos a realizar el consabido recorrido centro cultural-estación, estación-centro cultural para reponer fuerzas y abordar el último día de exhibiciones a concurso. Entretanto, hay tiempo para reparar en la inusitada confrontación de camisetas frikis de algunos de los que allí nos damos cita, así como para inmortalizar esos momentos.



Una vez en nuestro particular templo festivalero, el centro cultural, asistimos a la segunda ración de sección informativa. Tres nuevos cortos, lamentablemente vistos en familia (prácticamente en su totalidad escortiana) y muy diversos, sin duda. Se opta por modificar el orden de exhibición, anteponiendo Madres al previsto Reciclaje. Después, lo comprendo: somos testigos de ¡23! minutos verdaderamente difíciles de aguantar en este “corto” absolutamente fallido, un intento de homenaje a la maternidad hecho con un estilo que no puede ser menos acorde al fondo, y con una realización muy deficiente (planificación, encuadre, enfoque… me resultan muy desafortunados); provoca deserciones, y la mía no se consuma por puro compromiso. Reciclaje, sin embargo, siendo mucho menos ambicioso y costando menos dinero logra lo que se propone, de alguna manera inquietar y, un poco, hacer pensar al espectador con esta historia de despojos humanos y malsanas imaginaciones arriesgada en la(s) pantalla(s) y claramente inspirada en Cabeza borradora, de Lynch. Presentes en un ambiente algo revuelto en el público (en lo que colabora de manera no poco decisiva la proyección del spot Cerezo vs. Niñato, con escapada fugaz de aquél) llegamos al último trabajo programado antes de irnos a comer: Perpetuum mobile, una nueva demostración de que informativa esconde gemas a descubrir, en este caso a través del contraste animado de la vitalidad de un niño frente a la parsimonia de unos autómatas, con genial cita final de Da Vinci. Pero aún hay tiempo para una estimulante sorpresa final: la proyección del intimista y reflexivo Conciencias, cortometraje de uno de los directores de Escorto, Coti.



Mudamos localización de avituallamiento y, en consecuencia, recorrido. Y tras los primeros instantes a muchos no nos parece una buena idea, vista la acritud de cierto camarero, pero, poco a poco, a medida que descubrimos el forjamiento de su estatus de “personaje” (constatado definitivamente al día siguiente) y que los guisantes entran sin mayor problema, nos decidimos a seguir pasándolo bien charlando desenfadadamente, esta vez en compañía de los responsables de la magnífica imagen del festival, los alegres y habladores Álex Alonso y Cristóbal Garrido. Al mismo tiempo, observamos los restos de diversión del día anterior: caras fatigadas, ojos bien rojos, conversaciones anecdóticas regadas de euforia,… prueban la llegada del sector más festivo (Refo, Iván Sáinz, Juanjo Iglesias…) al certamen, animando aún más si cabe el cotarro.

Deshaciendo el nuevo camino (por suerte todas las distancias eran cortas) nos encontramos, otra vez, en el centro cultural. Toca tercer número del boletín, aquél con el que se terminaron de confirmar, de manera clara, las dificultades de su realización. Sufro, literalmente, para rehacer mi artículo del día anterior y adaptarlo al nuevo día, todo ello en un tiempo limitado por la necesidad de revisión, maquetación junto a los restantes textos (excelentes Tonio, Carlos, Oti, Luis y, obviamente, Bango, en su adaptación a las contrariedades y en sus resultados; agradecido me hallo) y, por supuesto, impresión. Ésta, irremediablemente, queda relegada a cuando restan escasos minutos para el comienzo de la gala diaria, pero, ¿qué ocurre si, sólo faltando ese último paso y después de todo el estresante trabajo anterior, el conserje te dice que hoy no se puede imprimir en color porque existen “otras prioridades”? Supongo que la solución menos enervante es la resignación y aceptación de su tirada en blanco y negro. Así que dejamos la tarea pendiente al señor (no sea que me fuera a ocurrir lo del primer día) y entramos de lleno a la intensa tarde que nos aguarda en el interior de la sala oscura.

Con un Manso igual de corrosivo y eficaz que los días anteriores pero con un superior tino en la gracia, y rodeados de un cada vez mayor gentío, comienzan a sucederse los últimos cortometrajes a concurso, como siempre acompañados de los spots (en general, muy superiores a los del año anterior -y quiero relevar, principalmente, los finalistas-, confirmándose una de las bazas más simpáticas y laudables del festival), aderezado todo, en esta ocasión, por los bellos solos de piano interpretados por una nerviosa pero delicada joven:



Lo importante es saber valorar en su justa medida las ganas e ilusión de un niño frente al intento de seriedad de un ofuscado Resines; Padam… (a la postre sorprendente ganador del premio del jurado) denuncia la dificultad de relación y comunicación, enmarcada en prejuicios raciales, sobrellevado por su tono de comedia y la buena (y premiada) caracterización que Ana Rayo realiza del excesivo e irritante personaje femenino; Violeta, la pescadora del mar negro hace gala de una malsana e indeseable atmósfera, explícitamente fea y desagradable, sin concesión a la esperanza en un marco vital donde no puede haberla, con un argumento justamente sencillo ya que aquí son las desoladoras imágenes las que proporcionan sensaciones, todo ello a través de una animación no del todo clara que aumenta la sensación de desasosiego en el abrumado espectador; entre los tres mejores. Con Temporada 92-93 se lastra un buen tema como el de las pasiones futboleras debido a una premisa de los más estúpida y absurda; del esperado y siempre solvente Sánchez Arévalo y su Traumalogía salgo muy decepcionado, ya que sólo alcanzo a ver un tumultuoso y desconcertante popurrí de sentimientos personales en forma de tragicomedia mareante, aunque el primer premio de Escorto bien contradice mi criterio; por último, y situado en medio del contraste de sensaciones ofrecidas por un indiferente Carlos Maroto y un ilusionado y expectante Jose Manuel (buen amigo que quiso descubrir este día qué se esconde tras el festival), nos exponemos a Garto, como bien se comentó después: un estupendo vehículo promocional donde quedan patentes los logros de una exquisita animación a costa de no contar absolutamente nada.



Descanso. Comienzan a verse por el hall algunas de las caras conocidas que posteriormente tomarán parte en el debate; sin embargo, nuestro cometido ahora es repartir el pendiente boletín. Pero permítanme añadir otras preguntas a la formulada anteriormente: ¿qué ocurre si, cuando vas a por el esperado taco de papeles, de ochenta folios, te dicen que ya ha sido dado a otra persona? ¿Y si el co-responsable de la publicación, Bango, te dice que a él no le han dado nada? ¿Y si la dirección del certamen tampoco sabe nada? Es más: ¿cómo reaccionar si, más tarde, te enteras de que realmente el texto nunca se llegó a imprimir? Inevitablemente, se apodera de ti una triste pesadumbre por un trabajo que lleva detrás una importante y esforzada colaboración desinteresada por parte de gente ajena pero totalmente predispuesta y amable.

Empero, un día tan importante y con tan relevantes visitas no puede ser empañado por, entiendo, semejante cuestión paralela, por lo que, sin mayor inconveniencia, seguimos adelante. En primer lugar, con la proyección de tres piezas de los respectivos contertulios de hoy: la insoportable sesión sensiblera y causante de malestar -no sólo psicológico- de Huellas, de un sobrado Liberto Rabal, que tuvo la soberana desfachatez de presentarse en el escenario con una litrona (curioso ¿y elocuente? contraste con el intento de concienciación presente en su trabajo), demostrándose así, a las claras, los evidentes riesgos que se corren al invitar a determinadas “personalidades” que, no obstante, pudieran ayudar a dar un mayor renombre al festival. Después, el logrado ejercicio de agobio y negrura presentes en El tren de la bruja, el interesante trabajo del magnífico Koldo Serra, para, por último, ser testigos de la irreverencia y poder de sintonía con el respetable por parte de Nacho Vigalondo y su Choque. A continuación, y como última actividad del día, un lema a todas luces atrayente para el debate: “Del corto al largo”, expuesto por los anteriormente citados (y excitados sobre la mesa, por vicisitudes pseudoparanormales relacionadas con las botellas de agua). Siempre es enriquecedor escuchar, de primera mano, testimonios y opiniones de los que en mejor posición están para hacerlo (visto el tema), y desde luego se aprende; sin embargo, a la salida de la charla, tuvimos la sensación de que podría haber dado mucho más de sí, sobre todo si los que estuvieron ahí arriba hubieran lucido algo de la siempre necesaria autocrítica, puesto que así la comprensión de la situación actual en el mundillo hubiera sido global. Como fin de fiesta, la estupenda sorpresa de Nacho enseñándonos su corte… de pelo.



Dispuestos ya a amainar el severo trajín de hoy, siempre hay tiempo, antes, para dedicar un cordial y escondido saludo a Radiocine, medio de la tímida pero incansable y buena compañera Eva, así como para terminar rematando la faena con la experiencia Lynch más explítica de todos los días (como véis, no soy yo el que persigo al tipo, sino el tipo el que me persigue a mí). Contarlo sería impropiamente desmerecedor -e injusto- de tal honor, por lo que lo dejo al recuerdo de los que a mi alrededor lo ¿vieron?



DÍA 4, SÁBADO 8 DE SEPTIEMBRE

Es sábado, y nos enfrentamos al último día del festival. Circunstancias propicias para vivir un gran día; no fue menos. La mañana que comienza a augurar, en forma del corto maestro de Escorto’07 para el que esto suscribe: For(r)est in the des(s)ert: una historia de lo más extraña en su estilo, extraordinariamente sugerida, increíblemente plasmada, magnéticamente oculta tras el bosque de sus hipnóticas imágenes, que viene, en el fondo de todo, a hablarnos frente a frente de la eterna soledad y el desesperante inmovilismo del ser humano; absolutamente fascinante, e incomprensiblemente fuera de sección oficial. Antes de semejante shock, las ilusiones y leves virtudes de Con lengua; después, otra verdadera maravilla: Vestido nuevo, donde se nos narra, más allá de la incomprensión adulta hacia los niños, una delicada, tierna, significativa y lúcida pequeña mirada a la irracionalidad en la que estamos inmersos, revestida de una loable crítica hacia los valores establecidos. Y culminando la estupenda sección informativa de este año (este último día, por cierto, presentada por una inesperada y solvente Lía López), una sorpresa en forma de prueba de pantalla para el corto 1.212, de Nicolás Alcalá. Se trataba de que el público presente valorase, rellenando una hoja a tal efecto, el inacabado trabajo; seguro que ayudará al realizador a mejorar. Para acabar la reseña de informativa, únicamente lamentar la escasa presencia de público, una auténtica pena considerando las elevadas posibilidades de disfrute expuestas.

Durante el mediodía se continúa celebrando, a su debida manera, el fin de fiesta. Como al lado de un sencillo y simpático Koldo Serra, y los que estamos alrededor nos reímos un rato: ¡llegó la hora del camarero bipolar! Ese extraño y poco agraciado señor, con sonrisa maquiavélica y pose turbadora, que goza de su merecida reseña en la intrahistoria del festival. No hay más que ver y comprobar:



No podían faltar a nuestro alrededor, como se ve, el bonachón Domingo, profesional fotógrafo del festival y mejor persona aún (y sin cuya inestimable ayuda en forma de portátil hubiera resultado imposible la realización del último boletín), y no muy lejos suyo, Eli, el entrañable realizador del making of, siempre cámara en mano robando estos y todos aquellos momentos únicos vividos. Mientras, a Raúl Méndez “Sombra” se le ve sonriente, y aprovecho para cuestionarle acerca de los rumores que dicen que subiré a dar un premio; él se sonríe aún más, y a mí los nervios me empiezan a repicar considerablemente…

Poco después de la comida, Bango y un servidor tenemos un encuentro con la amable concejala de cultura, en el mismo ayuntamiento, lugar donde se imprimirá el último número del boletín. No había tiempo para más, ya que la gala se nos echaba encima, así que -esta vez sí-, cogemos el buen taco de hojas bajo el brazo y marchamos al nuevo emplazamiento, la “Casa de ejercicios San José”, nombre propicio para algún buen chiste propinado por Álvaro Manso pero, sin duda, un lugar ideal para celebrar la esperada gala de clausura.



Mucha gente (¡por fin!), mucho ambiente, algún correteo que ultimaba preparación, y la gala que comienza. Una pieza con un reconocible compañero Asensio (realizador de vídeos y montaje de los mismos para el festival) nos invade, y me sorprende su buen hacer como actor; se trata de su spot para el festival, siempre tan correcto como todo en él. A su finalización, sale a escena una joven y bella presentadora, que me temo no puede ser la transmutación de sexo de Manso, sospecha que se confirma cuando éste aparece alocado encima del escenario caracterizado como repartidor pizzero (¿es famoso?), y es que en esta ocasión, y en perfecto complemento a la profesionalidad y buen hacer de ella, él jugaría el papel de showman más variopinto a lo largo de la función, labor en la que supo desenvolverse a sus anchas:




Después tuvimos tiempo, a lo largo de la extensa gala, de ver de todo. En este punto, la proyección de tres trabajos de los chavales del Taller de cine Escorto, un buen premio para esta loable iniciativa llevada a cabo por el inquieto Eduardo Cardoso (además, jurado de spots y moderador de alguno de los debates). Más tarde, los logrados spots de los tres máximos responsables del certamen, con un Raúl Cerezo algo más venado de lo normal, y un Coti y “Sombra”, en contrapunto, pausados:



Cómo no, también vimos los doce spots finalistas, y votamos nuestro favorito; y, por supuesto, la entrega de los 22 premios de Escorto’07 (ver palmarés), uno de ellos el sorpresivo y merecido reconocimiento honorífico a Angelino Fons, algunos otros sorprendentes en sí, muchos de ellos con algún percance en el trofeo. Todo lo anterior, no se olvide, acompañado por la agradable música de Nazan Grein, que amenizó de grata manera el evento.



Y, hablando de música (y no dándole mayor importancia al mejorable sonido ambiente presente en la gala, porque todos disfrutamos igualmente), Javier Batanero, miembro del jurado el año anterior, también se marcó una “canción de autor”, para descacharre (o estupefacción, depende de quién) de los presentes. Finalmente, con todos los premiados sobre el escenario, se clausuró la gala:



Y así se llegó al final oficial del festival, con un último cocktail en el exterior donde intercambiar impresiones y felicitaciones finales, despedirse de algunos, e invitarse a la juerga posterior con otros… u otras (alguna ventaja adicional tenía que tener ser jurado de spots y entregar uno de los premios -por otra parte, menos sufrido de lo esperado- a cuatro simpáticas chicas, del spot Flash Escorto). Luego, durante la misma, quedó clara la importancia de llevar una camiseta bonita, ya que ello puede dar pie a insospechadas conversaciones con desconocidas de lo más sugerentes. En el final último y verdadero, antes de irnos a descansar al bungalow por última vez, algunos lo pasamos muy bien siendo testigos de la socarronería y buena jocosidad de un enorme tipo como Refo, exultante por su premiado spot, acompañados también del afable Dani Romero (premiado también por el suyo), así como de muchos de los que contribuyeron a que este festival saliese adelante; ellos saben quiénes son.


CONCLUSIÓN

Como dije al principio, y como he tratado de reflejar a lo largo del texto, se pueden extraer diversos niveles de lectura de Escorto’07, pero sin duda se ha crecido respecto al primer año. Y esto queda reflejado desde el mismo hecho de tener un día más, plasmándose así la meritoria dedicación y planificación de la que han hecho gala la dirección y organización del festival, pasando por la elevada selección de ponentes e invitados al certamen, así como en la interesante aunque (y, esto es una opinión absolutamente personal) no notable muestra de cortometrajes a concurso, y llegando hasta la extrema atención prestada en todo momento a todos los ámbitos, entendiendo que es prácticamente imposible cuidar determinados aspectos menores, dada la envergadura de la propuesta global.

Y como la Vida en Escorto no sería la misma sin su Gente, no puedo terminar sin dejar de agradecer a esas personas que lo han hecho posible gracias a su trabajo y buen hacer, desde los de más arriba hasta el último de abajo, sin personalizar, porque estamos todos. El ambiente vivido fue inmejorable, y en esas condiciones difícilmente puede salir algo mal, porque vas en volandas impulsado por el feliz viento del compañerismo y la amistad. Ahí radica gran parte de la grandeza y mérito de este festival. Nos vemos el año que viene.

Texto: Roberto García-Ochoa Peces

24 junio, 2007

Conciencias, de Diego López Cotillo



Conciencias, o mejor conciencia, porque no es ésta una palabra baladí, y resulta más que suficiente, primero, el singular para ser tratada: “conocimiento de uno mismo y de sus propios estados”; o: “sentimiento interior del bien y del mal” (según la definición de la R.A.E.). Creo que esta última entrada es la que mejor encaja con el sentido de este sencillo, sincero y educativo cortometraje, pero ese “sentimiento interior” al que alude la definición se pretende aquí un sentimiento global, de grupo, pero no sólo de todos y cada uno de los compañeros de clase -y por supuesto del protagonista y la profesora-, sino que hace alusión directa también a la repercusión en el espectador, que está obligado, moralmente hablando, a extraer sus necesarias conclusiones; de ahí, entiendo, el nada inoportuno y muy significativo plural del título.

Sobrarían palabras en una sola línea para esgrimir lo que cuenta este cortometraje, pero no seré yo quien rompa su “misterio”, y únicamente me limitaré a decir que nos encontramos en septiembre, época de exámenes finales de recuperación, y tenemos en primer plano a Álex, alumno acomplejado y “maltratado” por sus compañeros, ante un momento verdaderamente importante en su vida, ya que en breve se va a enfrentar a un difícil examen -con toda la relevancia que puede conllevar tras de sí esta palabra-, un examen que va mucho más allá de lo académico…

Como digo, es éste un corto de concienciación (valga la redundancia, pero, insisto, no es algo apriorístico), y ése es su principal objetivo, así como su principal mérito. Hoy en día estamos demasiado acostumbrados a un cine hecho con el único propósito de entretener -labor muy encomiable y necesaria, por otro lado-, si bien siempre he creído que la inmediatez del producto no enriquece a la persona, más al contrario, la embrutece y banaliza en su apreciación artística, y es por eso que un trabajo como el que aquí nos presenta Diego es de agradecer: insta a la reflexión, preguntándonos, aunque sea a pequeña escala (lo cual no es óbice de nada; a menudo es a través de los pequeños hechos como mejor se pueden expresar las grandes cuestiones), sobre lo que está bien y lo que está mal, poseyendo así una meta clara y honesta, y con una forma de alcanzar esa meta bien encaminada e intencionada, si bien no redonda en su resultado final.

Porque resulta muy apropiada, a mi modo de entender, la austera forma del trabajo, ya que ayuda a relevar en su debido alcance la ética de lo contado; la pausa y la contemplación son adecuados, por tanto, al fondo de la cuestión. Si bien, y he aquí el pequeño lunar, quizá se peque de un excesivo estatismo en la planificación, con una larga duración de tomas fijas que podría llegar a cansar a un espectador más “nervioso”; sin embargo esto queda parcialmente remontado gracias a la plausible labor del joven actor protagonista, Jorge Díez. Considerando su inexperiencia, es sorprendente (o quizá no tanto, considerando que la historia no distará mucho de la realidad) cómo consigue transmitir esa sensación de nerviosismo permanente antes -movimiento nervioso del bolígrafo, últimos e innecesarios subrayados- y durante -constantes miradas temerosas, “tembleque” en el pie- el examen, así como la constatación de la relevancia que para él tiene el momento, sabedor de que se juega algo más que un aprobado, todo ello logrado mediante un registro gestual justamente contenido, tranquilo; la figura del director es también importante aquí. Es por eso que gran parte del mérito del corto debe atribuirse a su actuación, sin duda el sostén principal del trabajo.

Sin olvidar el bello y triste solo de piano que ayuda a subrayar la relevancia de aquellos momentos más decisivos, y a pesar de hacer visita, en alguna ocasión, a los lugares más comunes del ambiente colegial, “Conciencias” es un corto necesario, digno, y del que se puede aprender; y es poseedor de un halo de intimismo que nos salvaguarda de la banalidad habitual, remarcando la importancia de ciertas cosas comunes en la vida, a las que todos nos enfrentamos día a día, y a las que demasiado a menudo no prestamos la debida atención y valoración.

PROXIMAMENTE: Matamos los "Próximamente" a lo James Dean.