29 junio, 2008

LOS CRONOCRÍMENES: EL SER Y EL TIEMPO


ATENCIÓN SPOILERS: El análisis que están a punto de leer contiene datos esenciales del desarrollo de la trama. Quedan pues advertidos nuestros fieles. Allá cada uno y su conciencia...



Una vez cada cierto tiempo, ocurre en la pantalla grande algo realmente especial; ocurre en contadas películas, y debido a las tendencias acumulativas de los últimos cines, ocurre cada vez con menos frecuencia. Pero de vez en cuando, una película logra alinear fondo y forma, guión y realización, intenciones y resultados, en una ecuación cósmica capaz de hacernos disfrutar de una forma nunca antes experimentada.

En efecto, es el caso de “Los Cronocrímenes”.

Nacho Vigalondo ha estrenado su película. Una sentencia vulgar a priori, máxime cuando estamos acostumbrados a presenciar los tránsitos de su figura multiplicada en opiniones, banalizada hasta la náusea en el sistema ocular arácnido de los foros de Internet. Pero lo cierto es que ahora nada de eso importa. “Los Cronocrímenes” está siendo proyectada en los cines de toda España, y todos podemos asistir a esta inyección de puro talento narrativo, a este oasis laberíntico que en sus 80 minutos escasos plantea una intensa y gratificante dialéctica con su audiencia. Una película en suma en la que, paradójicamente, se olvida el reloj hasta los mismos créditos finales.

Vigalondo viene demostrando desde los inicios de su carrera en el cortometraje que a su talento le sobran las situaciones amplias: desde “Código 7” a “Domingo”, pasando por la nominada al Óscar “7:35 de la mañana”, su maestría en el empleo del contexto, y su facilidad para no consumir sus creaciones en el mero ejercicio de estilo (sin duda el gran cáncer del cortometraje español actual), le han valido la merecida fama de gran talento, promesa blanca, semilla nueva y demás epítetos monacales. Riguroso e imaginativo teórico de su propio arte, al modo de los cineastas europeos de los 60 (costumbre ésta desafortunadamente en desuso en el cine actual), y fiel a sus acostumbradas premisas minimalistas, en ésta, su ópera prima en el largometraje, le bastan cuatro personajes y un par de escenarios para elaborar un soberbio ajedrez de la lógica y la condición humana.


Resulta arduo enfrentarse al ejercicio crítico preciso de una película soslayando los giros de trama, cuando la misma se alimenta casi exclusivamente de esos giros. En plena era dorada del spoiler, del giro inesperado aunque lógico de los acontecimientos, Vigalondo recicla las herramientas estructurales implantadas por la nueva ficción televisiva americana para ofrecernos, mediante su alquímica labor de cineasta, nada menos que el espectáculo de nuestra propia inteligencia. Efectivamente, la honestidad de su trabajo le convierte en mediador tanto como en artífice: sin semiologías vacuas, sin alardes de realización, con una factura feísta y funcional, nos sorprende con un artefacto sin fisuras, lineal desde el fragmento, capaz de mostrarnos la información en la misma proporción con que nos invita a extraer nuestras propias conclusiones, con un hábil juego de manos que nos desintoxica de la habitual (lineal, incoherente) tónica de las películas sobre viajes temporales.

No obstante, sería injusto adjudicar a este filme la condición de mero ingenio narrativo (que no sería poco). En especial porque este aparato, aún brillante en su concepción, no es más que la perfecta autopista para un festival ontológico en torno a Héctor, el protagonista transformado en inocente antagonista, para finalmente acabar perpetrando un crimen atroz con objeto de alcanzar algo así como un final feliz. Y esto se hace evidente en la medida en que no son tan importantes las paradojas temporales como las emanadas del propio comportamiento del personaje, obligado por éstas: así, durante la frenética cinta, asistimos en primer lugar a la configuración de una Némesis casi mitológica, la icónica momia rosa, para más adelante reconducir el punto de vista hacia una segunda versión de Héctor, que cae en la cuenta de su condición de antagonista y acaba convirtiéndose en una revisión desmitificada del monstruo que le perseguía, en un villano esforzado en serlo. Es esta dinámica de decisiones puestas en práctica según informaciones sesgadas, la que ocasiona que la resolución de un problema cree otro mayor, en una cebolla estructural cuyas capas son presentadas desde el núcleo hacia el exterior, y a cuyo término nos espera una conclusión inquietantemente inofensiva.


La oposición de las cartesianas inclemencias de los viajes en el tiempo al carácter marcadamente humano del protagonista (a pesar de las explicaciones del científico sobre su “doble”, no acaba de entender qué hace su mujer “con otro tipo”), produce por tanto la chispa de un acontecimiento cinematográfico diferente y único, en el punto exacto entre la obra de entretenimiento y la de autor, sin caer en la ingenuidad conceptual de la primera (véase “El efecto mariposa”), ni en la augusta presuntuosidad de la segunda (véase “Primer”). Definitivamente Nacho Vigalondo se revela con su ópera prima como el autor ideal, equiparable en carácter y funciones con el científico al que significativamente interpreta en su propia película: un compañero inteligente y humilde que nos acompaña siempre un paso por delante, preparándonos el terreno para una fiesta sorpresa dedicada exclusivamente a nosotros: la prodigiosa, turbadora e inesperada fiesta de su cine.

No hay comentarios: