25 junio, 2006

Sáinz Pardo: L L U V I A I


Ménage à trois con Iván y su obra AQUÍ


La obra de Iván Sainz-Pardo es tan corta como fascinante; con apenas cuatro cortos accesibles, Pardo ha creado un universo propio totalmente reconocible: el suyo es un mundo de cadencias hipnóticas, sentimientos inarticulados, detalles y reacciones cotidianas que adquieren nuevo sentido a través del objetivo de su cámara, una cámara sorprendentemente sobria e incisiva, que huye del artificio fácil y se preocupa de la atmósfera, la evocación, la sugerencia.


Los proyectos de Iván destilan pericia técnica y buen gusto por los cuatro costados; sus estudios como operador de cámara para televisión y de dirección en la Escuela de Cine y Televisión de Munich han sido muy bien aprovechados en lo que a conocimiento del medio se refiere, pero no nos llevemos a engaño, Sainz-Pardo no es tan solo un virtuoso como tantos proliferan, más preocupados por el golpe de efecto o el esteticismo vacuo: hasta en sus cortos más primitivos, y a pesar de los excesos contemplativos también característicos de este autor, cada plano de Iván tiene una intención, un sentimiento que sugerir, y en algunos casos, parecen estar transidos de una extraña sensación de revelación "mística" de los ritmos invisibles que pueblan nuestra existencia.

Descanse en paz y Cualquier lugar son los primeros cortos de Iván Sainz- Pardo que han llegado a mis manos; se trata de obras que lucen rudimentarias en comparación con El laberinto de Simone o El sueño del caracol, pero que anticipan, a través de medios más modestos, algunas de las ideas que aparecerán posteriormente.

Cualquier lugar es un corto prácticamente mudo y sin pretensiones narrativas: su intención es más bien la de sugerir un estado de ánimo, una idea, a través de una cadencia de imágenes rítmicas que se tornan fascinantes y crispantes al mismo tiempo: un niño se balancea en un columpio durante días, siempre en la misma posición, con una determinación casi obsesiva, como si fuese uno de esos juegos de péndulos dotado de movimiento eterno. Mientras se produce su inacabable sinfonía de chirridos y crujidos, punteada por la omnipresencia de un piano, alrededor del columpio pasa la vida: los niños que juegan en el parque, los adultos que van a trabajar o salen de trabajar, imágenes urbanas y pequeños detalles que componen un poema visual aún tosco pero dotado de una extraña atracción y fascinación. El realizador cae finalmente en la tentación de explicarnos sus intenciones con una voz en off, a través de una frase inspiradora, "cuando estás en paz contigo mismo, cualquier lugar es tu hogar".

Personalmente hubiera preferido que todo hubiera seguido oculto, misterioso, puesto que las imágenes, teñidas de un sepia que intenta extraer la máxima expresividad a la pobreza del formato, unidas al peculiar montaje, ya hablaban por sí solas de esa extraña sensación de equilibrio y cotidianeidad mágica que Iván Sainz-Pardo suele transmitir.


"Desciende la bruma, lentamente, sobre un paraíso de ángeles caídos. Mar de espectros y sombras, cosecha de cipreses apuntando hacia un cielo gris plomizo, mientras el silencio se extiende, una vez más, adueñándose de todo.

El musgo cubre parcialmente las lápidas y las cruces en un húmedo abrazo. Y la mañana, quebrada, parece transcurrir a cámara lenta, como en una proyección lánguida y fatigada.

Poco a poco el ruido de los motores irrumpen en la espesa solemnidad de este cementerio abarrotado de nichos y flores. Una hilera de automóviles atraviesan la entrada, y un grupo de personas, cabizbajas y apesadumbradas, escoltan un ataúd de madera. Lentamente, desfilan dejando atrás la herrumbrosa puerta de la entrada.

Se han agolpado todos en torno a una zanja y dos jóvenes, ataviados con un mono azul, se preparan para introducir el ataúd. Un cura recita algunas palabras de una amarillenta Biblia, y un hombre mayor junto a la que parece ser su esposa, amagan con derrumbarse."

El párrafo anterior pertenece a un relato hermano del siguiente corto de Iván, Descanse en paz.

Descanse en paz es otro proyecto rodado en video en el que, aparte del interés de su autor por el montaje rítmico, aparece una característica temática propia: la fascinación por la muerte, teñida en este caso de un cierto humor negro. La anécdota argumental es muy sencilla: nos encontramos en un cementerio en la celebración de un funeral; la cámara recorre las lápidas, los gestos de los asistentes, las cruces y las estatuas, mientras el montaje se acompasa con un fondo musical plagado de notas ominosas.

Repentinamente, la música cambia de tercio, se tiñe de ritmos hacia un aire tenso, de película de suspense, y así mismo lo hacen las imágenes en un flashback fragmentado que narra el accidente del difunto; el flashback termina con el amargo despertar del difunto dentro de su ataúd en un giro digno de Roger Corman o del "Alfred Hitchcock presenta..." En este momento el corto se torna más narrativo, más arrítmico, casi desaparece la música mientras asistimos a la agonía y desesperación de este pobre individuo en una situación dantesca; pero poco a poco los gritos y golpes del habitante del ataúd se van haciendo rítmicos, hasta convertirse en una especie de danza electrónica que deja al espectador tan perplejo como a uno de los enterradores, que finalmente no da crédito a lo que oye y se marcha del cementerio.

El corto es una extraña amalgama de intenciones y efectos que funciona por su desparpajo y su innata capacidad para sorprender; su giro final hacia un humor casi surrealista es como una catarsis frente al tono intencionadamente recargado y ominoso que jalonaba el arranque.

Ambos cortos, Descanse en paz y Cualquier lugar, son como ensayos estilísticos y afinación de instrumentos para los dos proyectos que vendrían después, rodados en alemán y en formato cinematográfico panorámico; el primero de ellos es El sueño del caracol, donde el ojo para el encuadre y el detalle misterioso y sugerente de Sainz-Pardo brilla ya en todo su esplendor.


El argumento, nuevamente, es simple: una joven tímida e introvertida se enamora del dependiente de una librería, y, siendo incapaz de mostrarle su afecto, se dedica todos los días a visitarle, llevándose cada día un libro diferente; los libros permanecen envueltos en sus papeles, como reliquias maravillosas, amontonándose en la estantería de la joven que sueña con un amor que le resulta inalcanzable. Sainz-Pardo extrae oro de las miradas, de los pequeños objetos (libros, cuadros, vasos...), de los personajes que pueblan el mundo de estos dos jóvenes; las imágenes son en un blanco y negro azulado, lleno de sombras y luces afiladas, que desata una imposible y delirante atmósfera romántica teñida de candor y cierta sensación de amargura, como si desde el principio se cerniese sobre los dos protagonistas un inexorable destino trágico.


El espectador con capacidad de observación se dará cuenta de que, a partir de este corto, Sainz- Pardo desarrolla numerosos códigos propios de imágenes y símbolos; por ejemplo, la presencia de la muerte viene precedida por la aparición de un una polilla, un insecto tan cotidiano como extraño; el veterano realizador japonés Seijun Suzuki, paradigma de la modernidad en los 60 y poseedor de un estilo bizarro y desconcertante, también empleaba las polillas y las mariposas como elemento perturbador en sus películas, ya que, más o menos en sus propias palabras, se trataba de "bichos aparentemente hermosos, pero si te acercas demasiado a ellos, te das cuenta de que son horribles y repugnantes". Posteriormente en El laberinto de Simone también veremos una polilla que aparece como mensajero de acontecimientos ominosos.

Inevitablemente, la aparición de este insecto desata un hecho trágico: el joven dependiente muere en un accidente de coche, justo el día en que su enamorada decide dar el paso de revelar sus sentimientos. Tras conocer la desastrosa noticia, la chica vuelve a casa y desenvuelve uno a uno los libros que ha comprado, para encontrar con estupor que el dependiente le había dejado tímidos y románticos mensajes de amor en cada uno de ellos esperando que ella los leyera.

El sueño del caracol es una historia triste, desatadamente romántica, acerca de la incomunicación a pesar de las evidencias; como los personajes de Deseando amar de Wong Kar Wai, los dos protagonistas se quieren en silencio, pero sin la carnalidad característica del oriental sino más bien de una forma casi platónica. Los dos jóvenes intuyen el sentimiento recíproco el uno en el otro, pero como tantas veces, los sentimientos se ocultan bajo un pesado manto de convenciones y, en última instancia, de miedo al dolor del rechazo.


Técnicamente impecable, el único pero que puedo encontrar a este corto es su selección musical, en la que aparece una canción romántica en español que rompe el tempo creado por la imagen y el montaje; la temática de la canción es acorde con la trama, pero no así sus sonidos ni su ritmo, que resultan casi intrusos en la atmósfera romántica y casi fantástica creada por Sáinz Pardo. Afortunadamente, en su posterior obra también este aspecto sería limado, dando como resultado uno de los cortos más fascinantes y mejor acabados que he tenido el placer de presenciar; El laberinto de Simone, y que en un próximo artículo les comentaré.

By Toshiro Kurosawa.

Próximamente: Nueva entrada en el Zoom Radiático.

6 comentarios:

Pedro dijo...

Sainz Pardo es una auténtica joya, ademas de los aspectos técnicos que maneja primorosamente, es muy personal y además extremadamente sensible.
Ya no digo mas que se me ve el plumero.

Anónimo dijo...

¿la ruta naturallo proximo? espero que no digais lo que dice todo el mundo de el

Anónimo dijo...

me gusta mas roger que ivan pero vosotros le haceis una critica a ivan porque es famoso

Pedro dijo...

rogelio va camino del olimpo, te veneramos roger, que no te venereamos

Dani Lebowski dijo...

El laberinto de Simone es sin duda uno de los mejores cortometrajes de la historia del cine español.

De eso no hay duda.

Ivan tiene todavía mucho que demostrar, pero por el momento, lo ha hecho de maravilla.

Anónimo dijo...

Efectivamente, lo más impresionante de Iván es la capacidad para transmitir sensaciones (más allá del artificio técnico que lo acompañe). En sus dos obras en cine experimenta campos opuestos y lo hace de forma impecable, dejando al espectador tal y como quiere. De hecho, son dos films en los que el silencio, la música y la armonía estilística entre cámara y actores se torna en ambientes mágicos, casi oníricos. Sin duda, genial.

La gran intriga es cómo se desenvolverá en un film donde prime la narrativa dialogal...¿lo sabremos con 'Ainhoa'? Quizás...

Por cierto, estoy a la espera de ese post sobre Simone (que por cierto, algo me dice que ahora estará buena... :D)

Saludos from La Bellota!